domingo, 8 de marzo de 2026

Que me regale una Canción

Lo lindo. Es que no se imaginan lo lindo que es para mí encontrar canciones que le hacen nanai al corazón. A veces hasta en portugués y sin entender una palabra, en francés con el garganteo, o dando vueltas en algún otro idioma absolutamente extraño. Simplemente no tengo palabras para expresar lo que me pasa cuando me cruzo un vídeo de un chico dándole a la guitarra y haciendo un cover a su pinta de una canción que ya me gustaba kilos. 


Es que simplemente no me imagino la vida sin música, sin ese vibranteo del auricular, de un parlancito. Cuando uno parte a un concierto y el guitarreo, el tamborileo te resuena y te hace eco en el pecho, te pinta el pensadero de colores. Y pueden ser simplemente 6 cuerdas dándole tango a un minuto, o la voz desprolija de un muchacho que se avienta a su pasión. ¿Tal vez sea eso? Reverberar con el otro, un absoluto y completo extraño, que únicamente se atraviesa en la vida de uno por chiripa.


Lindo es. Y es que pucha que es lindo que te guste la música. Es como hacerle cariño a un perro y que te muestre la guata. Como que te elija el gato para sentarse arriba, como que un pájaro se te acerque. Como un rayito de sol en una mañana de invierno. Como el calorcito de una taza de café en una mañana helada, el viento arremolinándose encima tuyo en el calor del verano. El olor a pasto mojado, el agüita dándole un beso a tus pies en la orilla de la playa. 


Y solo le pido al taita de arriba, si es que hay alguno, que si un día me calza y toca ser sordo, que me de la memoria para recordar las canciones que me empapan el alma, que me regale la vibración de un tambor, el ronroneo de una trompeta, el cariño de un violín. Que al final, me lo quite todo si quiere, pero que la música no me abandone.

El Corralero

Sentado a la orilla de la rivera, de espalda a la Casa Vieja, mis manos nerviosas buscan alguna piedrita para jugar. Tanteo alguna que sea planita y lisa, a ver si lanzándola al río logro escaparme de mi vida, saltando como lo hiciera la piedra, de un extremo al otro del río. Entre roca y guijarro pasean mis dedos cuando se encuentran con mi cuchillo, que descansa sobre el suelo, fiel a mi lado.


El Patrón, en lo que él tienta como un acto de compasión, me encargó ejecutarle al Gringo. Y la verdad de las cosas, y que esto no salga de entre nosotros, es que no quiero. Me tiene mal la idea, me mancha el alma y me revuelve la cuchara. El Patrón fue bien clarito, me dijo “Sergio, venga para acá. Vamos a hacerle un favor al Gringo, y le cortamos el gaznate. El pobre de viejo ya no da más, anda puro sufriendo”.


Y es que como pretenden que yo, que lo críe de potrillo, clave en su pecho un cuchillo, porque el Patrón lo ordenó. Déjenlo nomás pastar, y ojalá no rechace mi consejo. Le juro que lo voy a enterrar, cuando se muera de viejo.


El Patrón fue clarito, y por mucho que le rogara con la lágrima atrangantá, me dijo que en el Fundo Corralero se canta la canción que él escribe, y se toca como el dice que se toca. Así que me fui a la pesebrera con el alma en vilo, como si el puñal que me cuelga al cinto me hubiera desgarrado de adentro. Ahí me esperaba el Gringo, con menos ganas que hambre, y con más hambre que sed. El pobre no hallaba fuerzas ni para quejarse.


Me quedé la noche comentándole lo que me pasaba con el Patrón, sin decirle bien que era lo que me había pedido. El Gringo no por ser gringo  dejaba de entenderme. Yo le pasaba la mano por el crin rucio y el me mostraba el diamante blanco que marcaba la frente para que le diera un cariño. Pobre Gringo. Las pezuñas negras y la capa color pan amasado. Así mismo lo recibí al mundo, así mismo lo estoy viendo irse de a poco. Lo miro por un tiempo, y ya me voy antes que se me rompa la regadera y me quede llorando como viejo llorón que soy.


Al día siguiente le tenía afilado el cuchillo, para que no duela. Me desperté tempranito a pulirlo y limpiarlo, para que se vaya como corresponde. No lo pillé en las pesebreras, así que asumí que el Patroncito lo sacó a dar una vuelta por ahí. Buscándolo y buscándolo me lo encontré desplomado junto al Estero Bajo, pidiendo un último aliento más. Me acerqué, le hice cariño en el diamante y me lanzó un estoque con ojos resignados. Me quedó mirando un segundo como quién sabe qué ya está muerto, nomás no le han avisado. Y así mismito, me le cayó la cabeza, me terremoteo la mano y me largué a llorar.