Corre. Esa palabra resuena en mi cabeza mientras el palpitar de mi corazón galopa en mi pecho, la sangre recorre mis venas, la transpiración empapa mi frente, y mi mente salta de un pensamiento a otro. El ruido se disfrazó de disparo de largada, y mis piernas se movieron pavlovianamente, haciendo caso omiso a mi segundo y tal vez tercer pensamiento.
Entre mis oídos se aloja una lista que voy chequeando cada paso, cada tranco, cada segundo. Inclínate hacia adelante. La rodilla al pecho, brazo contrario extendido, bracea con fuerza, brazo estirado hacia atrás, explosivo hacia adelante. Punta del pie en alto. Pisa con fuerza, con rabia, desesperación. Empuja la tierra como si tu vida dependiera de ello. Recoge la pierna, no entera, solo hasta alcanzar los 90 grados. Ataca el siguiente paso, que tu rodilla golpee el aire. Busca el suelo, golpéalo con tus dedos, gatilla el tobillo. Mira el horizonte. Corre.
Si la carrera es larga, después de la largada, extiende los pasos, alarga los trancos. Exagera el braceo, mantente inclinado pero levanta el mentón. Alinea el tronco. Empuja la inercia, imprime potencia en tus pasos y que el viento te ruja al oído. Escucha la estática del aire. Recuerda los gritos ahogados por el movimiento, el sonido del silencio sometido a la velocidad.
Viene una curva, recuerda, paso a paso. Recoge el brazo derecho, extiende el izquierdo, imagina un peralte, inclina el cuerpo, alarga el paso de la pierna izquierda, ella solo acompaña, y recoge la pierna derecha, ella nos lleva. Inercia. Inercia. Línea de carrera, ataca por fuera y cierra hacia adentro. Termina la curva y volvemos a correr en recto. Busca el horizonte.
Una bala surca el aire y me rasguña la mejilla. La sangre se mezcla con la transpiración, la siento recorrer mi cara y caer por mi cuello, luego mi espalda. Soy más rápido. Empuja con más fuerza. Explota, revienta. Prepararo la tensión en mi cuello, la fuerza centrífuga, coordino el paso acechando una nueva curva.
Golpeo el piso, empujo con todas mis fuerzas, pero mi pierna se dobla bajo mi peso, cede, se derrumba el suelo sobre el que pensaba pisar, y caigo estrepitosamente. Ruedo junto a la inercia que un momento atrás me mantenía en pie, y me golpeo contra la pared de una choza. El adobe se resquebraja bajo mi peso y un pedazo cae sobre la tierra que cubre el suelo. Un disparo se aloja en la pared justo sobre mi. Luego otro, y así empiezó una lluvia de plomo. Logré refugiarme en la esquina sobre la que iba a doblar, pero este escondite será mi tumba si no me muevo, si no corro. Lo único que sé hacer es correr.
Por el forado que mi caída generó en la pared, decido entrar en la choza, esperando que mis persecutores piensen que seguí corriendo, lejos de sus ojos depredadores. Trato de controlar mi respiración, inhaló profundo y aguanto, mis piernas recogidas debajo de una mesa y entremedio de las sillas. Este debe haber sido el comedor de alguna familia. Sangre fresca decora el suelo y me vaticina mi destino si no me muevo. No logro ver los cuerpos, hubiera sido buena idea esconderme entre ellos. Exhalo. Casi olvido hacerlo, el mareo me golpeó la cabeza como una alarma y volví en mis sentidos. Unn calambre en el gemelo izquierdo amenaza con asaltarme y hago un masaje para intentar calmar el ácido láctico que pretende ahogarme. Está carrera aún no termina.
Escucho la milicia corriendo por la esquina, pasar por donde me tropecé y emprender la marcha sin reparar en la evidencia de mi caída. Estaba a salvo por ahora. Mi mejilla seguía sangrando, pero estaba dormida por la adrenalina. Pongo la mano contra mi pecho mientras trato de regular mi respiración eufórica. Mi cabeza está en todos lados y no logro afirmar un pensamiento ni fijar una idea. Como partió todo esto?
Recuerdo haber estado trotando en un barrio cerca de mi casa, una de tantas del Valle de Dios, la isla perdida a la mitad del océano. Deben haber sido las seis, siete de la mañana, cuando sonó un cañonazo que removió el suelo con su estruendo y levantó a todos de sus camas. Miré el lugar desde donde se había sentido el disparo, y el terror se apoderó de mi, paralizando cada músculo, cada fibra. Decenas de barcos, probablemente cientos, todos bajo una misma bandera, desembarcaban en las costas de nuestra isla, carabinas en mano, disparando desaforadamente a todo lo que se movía. Parecía una cacería.
Golpee todas las puertas que encontré, les pedí que corrieran, que una milicia extranjera estaba acechando en nuestra costa. Corrí hacia mi casa, con la esperanza de encontrar a mis amigos, con quienes vivo, pero creo que ya habían huido. No sé hacia dónde. En una isla no te puedes escapar para siempre. No podré escapar por siempre.
Mi respiración volvió a la normalidad, estaba agotado pero sentía que aún podía correr de ser necesario. Mi pulso bajó, y con eso también la adrenalina. El dolor en mi mejilla daban ganas de gritar, la mescolanza de sudor y sangre lo hacía solo peor. Mis piernas estaban destruidas por la larga carrera, especialmente el gemelo izquierdo, que no dejo de masajear con la esperanza de que se recupere. Tengo que pensar que hacer, como salir de aquí.
¿Pero qué es aquí? ¿Está choza semi destruida? ¿O la Isla? Nunca había salido de la isla. Si bien se nadar, y he navegado cerca de la costa, no tengo idea hacia dónde estará el cuerpo de tierra más cercano, o a cuantos días de viaje estará. Tampoco tengo provisiones para días, ni menos un barco. Se donde hay uno, eso sí. La familia de Baltazar, uno de los que vive conmigo, solían viaja a otras islas en un barco pequeño que tienen en un puerto, ni tan lejos ni tan cerca de donde estoy ahora. Creo que son alrededor de cuarenta minutos trotando hasta llegar allá.
Me dispongo a pararme cuando detrás mío escucho pasos, pesados, junto con un ruido de metales entrechocando. Deben ser soldados. No tengo idea por qué creo que lo son, pero deben serlo. Nuestra isla nunca tuvo una fuerza armada, nunca pensamos necesitar repeler una invasión extranjera, pues nada pasa acá. No somos un país con petróleo, ni tampoco tenemos frutas exóticas. No hay nada atractivo en el Valle de Dios. ¿Porqué está pasando todo esto?
Los soldados se detuvieron justo al lado del forado por donde entré a esta choza. Si se asomaban, era hombre muerto. Se pusieron a conversar, uno le pidió un cigarro al otro, y un tercero ofreció fuego. Estaba solo contra tres hombres armados. Escucho algo de su conversación y logró sacar en claro un poco que es lo que está pasando. Es una cacería humana, eligieron Valle de Dios porque estamos fuera de la red de islas protegidas por la ONU. No tengo la menor idea que significa esa sigla. Aparentemente quienes logren más muertes confirmadas podrán optar a distintos premios. No logro imaginar a qué premios se refieren. Para confirmar una muerte, deben mostrar un par de pulgares de manos. Aparentemente tienen hasta las doce de la noche para cazar, y después deben volver a los botes. Miré mi reloj. Son las siete de la tarde con treinta y cuatro minutos. Quedan cuatro horas con veintiséis minutos para que termine este infierno.
Cuatro horas y media de supervivencia. Si lo que decían esos soldados era verdad, había una esperanza, un límite temporal a esta condena que colgaba sobre nosotros. ¿Acaso habrían otros aún? Quizás soy el único que ha podido escapar del plomo. Seguro deben haber otros igualmente escondidos. ¿Tal vez buscarlos? No, una cosa a la vez. El problema ahora es el cómo llegar hasta las doce en pie. No se si quedarme acá, cruzar los dedos con que no me encuentren y esperar a que todos se vayan, o escaparme a algún lugar donde haya menos probabilidades de que me encuentren, como la selva, o la montaña.
Seguro todos habrán huido a lugares recónditos en búsqueda de refugio, y por lo mismo tal vez sea más atractivo para los cazadores ir hasta esos lugares a buscar a sus presas. Entonces tal vez sería mejor quedarme, esperar que no vuelvan sobre sus pasos ni revisen esta choza media destrozada. Miro mi reloj, son las siete cuarenta y tres. El tiempo jamás había pasado tan lento, cada segundo atrapado en mis cavilaciones se sentía como un año de calvario. Mi cuerpo está agotado. Van más de doce horas desde que empezamos a escapar, y no veo un momento de tregua. La palabra “corre” da vuelta mi cabeza, pero algo me dice que me quede. Me quedaré. Escondido debajo de la mesa de comedor, me quedaré acá escondido.
Han pasado un par de horas, eternas largas horas. He podido reconocer todo en la habitación donde me encuentro escondido. Mis piernas están dormidas, me duele la espalda por la posición encorvada, pero le tengo pánico a hacer ruido. La pieza no debe tener más de doce metros cuadrados. Es más larga que angosta, propia de un comedor, queda un pasillo al lado para pasar al interior de la choza. Hay dos pozas de sangre, ya no tan frescas pero se ven humedas aún. Se ven los rastros de por donde pasaron los cuerpos cuando los arrastraron hacía algún lado, imagino que para sacarle los pulgares y quién sabe qué más. No quiero ni pensar en que estarán haciéndo estos animales con los cuerpos. Está oscuro, pero la luna llena y el cielo despejado dejan colar los rayos lunares por cada orificio, acusando imperfecciones y desperfectos. Son las nueve cincuenta y uno. Faltan dos horas y nueve minutos.
Permanecer inmóvil, completamente en silencio, solo escuchando intermitentemente la brisa del viento atravesar paredes, esperanzas y sueños. Veo mi reloj de reojo, son las diez cincuenta y nueve. Una hora. Suena a lo lejos un cañonazo. Silencio. ¿Tal vez se retiren antes? ¿Puede ser que los cazadores que escuché antes se equivocaran? Imagino que aún no es momento de salir, esperaré de todos modos las doce, aquí, inmóvil, estoico, sobreviviendo. Pasan cinco, diez minutos, y empiezo a escuchar pasos. Muchos pasos, cientos, como un estruendo al galope. Gritos celebrando, algunos fanfarroneando de cuánta gente asesinaron. Diez pulgares dice uno que tiene, otro dice dieciséis. Comentan que alguien al parecer tiene veintidós. La tensión en mis hombros quiere explotar. Quiero llorar, pero me aterroriza hacer ruido. Escucho pasos más cerca. ¿Se dirigen para acá? ¿Qué estará buscando este cazador acá, donde no hay nada? Nada.
Ojo con revisar los cuerpos, no vaya a ser que se quede alguno sin cobrar. Sentí un escalofrío. Esas palabras atravesaron mi pecho, perforaron mi corazón, mi mente, me rompieron. Mi cuerpo me ruega que corra, que huya, lejos, a cualquier parte. Pero ya es muy tarde, si saliera ahora sería como meterme dentro de un enjambre furioso, sediento de sangre. Escucho los pasos cada vez más cerca. Me muerdo el labio inferior hasta sangrar, todo para no gritar. Cierro los ojos. Los abro por un segundo, y veo la sombra de un cazador doblando la esquina, a punto de asomarse por el orificio que deja ver dentro de la choza donde me refugio. En un segundo, sin pensar, como un reflejo del instinto, afloje todos mis músculos y me deje apoyar, peso muerto, sobre el suelo. Que si me pillán, entre el apuro y todo, no distingan si estoy muerto o no. Rezo en silencio, como lo haría una muñeca de trapo, como lo haría un cuerpo inerte con su último aliento.
Espérenme que acá queda uno. Pánico. Dale apúrate que queda media hora para estar en el barco de vuelta. Terror. Si, si. Déjame revisar rápido a ver si saco algo y voy, no me demoro un minuto. Las lágrimas quieren saltar de mis ojos y huir lejos, muy lejos de esta choza, de esta isla, de mi cuerpo. “Ese compa ya está muerto” empieza a sonar en mi cabeza. “Nomas no le han avisado”. Se acerca el soldado. No puedo verlo, pero ya me está viendo. Escucho como suena la carabina golpearse con su rodilla mientras se arrodilla al lado mío, como si fuera a rezar por mi alma. Escucho como estira su brazo, y con su mano revisa las mías. Y con esto, escuche que decía, ya son veinticuatro.
Se escucha como saca un machete de su vaina, sin soltar mi mano derecha. No logro concretar un pensamiento. No se que hacer. Si retiro la mano soy hombre muerto. Si me muevo, muerto. Si hago un solo sonido: muerto, un cadaver, nada distinto a los cientos que deben haber esparcidos por la isla. Lo único que juega a mi favor es que este cazador tiene prisa. Pone mi mano derecha en el suelo, la suya sobre la mía. Escucho como los pliegues de su ropa se rozan entre sí mientras levanta el brazo con el machete. Un ruido metálico atraviesa el aire inclemente y cae sobre mi pulgar derecho. Siento como atraviesa la piel, la carne, músculos, tendones, nervios. Revienta el hueso de un solo golpe y continúa atravesando el resto hacia abajo. Un corte limpio, por un experto en su rubro.
El dolor es insoportable, toda mi energía se concentra en no reaccionar, mantener paralizado mi cuerpo, encadenado al suelo, sin hacer ninguna fuerza que me delate. Afortunadamente la oscuridad de la noche tapa mi rostro, junto con la sangre que emanaba de mi labio reventado por mi mismo, y las lágrimas que caían a cántaros desde mis agotados, adoloridos ojos. Creí que me iba a desmayar del dolor, pero logré recomponerme. Antes de darme cuenta mi mano izquierda se encontraba sobre el suelo, mi pulgar listo para ser cercenado. Siento un dolor fantasma donde antes estaba mi pulgar derecho, mi cabeza da vueltas, quiero vomitar. Inhalo casi imperceptiblemente antes de que caiga la guillotina sobre mi mano, y cuando siento el metal atravesar mi piel, pierdo la conciencia. Deben haber sido breves segundos, porque cuando volví en mi, me mantuve inmóvil. Aún estaba el soldado al lado mío, mientras mis manos sangraban sin parar.
Escuché como el cazador amarraba mis pulgares a su cinto, probablemente junto a los otros veintidós. Ese es el precio por mantener mi vida. Ahora solo quiero que se vaya este soldado, esperar que sean las doce y poder atender mis heridas, con la esperanza de poder sobrevivir a este sangrado. Siento la cabeza ligera, en cualquier momento me volveré a desmayar. Antes de levantarse, el cazador toma mi mano izquierda y me quita el reloj con cuidado. Era una linda pieza metálica de acero inoxidable. Luego se acercó a mi oído y susurró: “este es el precio por vivir, bella durmiente”. Pude escuchar su risa mientras se levantaba y emprendía la marcha hacia los barcos, mientras yo caigo en un sueño profundo, alimentado por la pérdida de sangre, el cansancio, la adrenalina dejando mi cuerpo y la noche cayendo sobre mi cuerpo amputado.
Apenas desperté, salté en pánico, eufórico, con la esperanza de mantenerme con vida. Sentía un dolor insoportable en donde alguna vez estuvieron mis pulgares, como aguijones punzantes enterrándose una y otra vez en el fantasma de mis dedos gordos. Miré a mi alrededor y grande fue mi alegría cuando una cara conocida era la que me acompañaba al lado mío. No tengo la menor idea de cómo se llama, pero se que es isleña, nacida y criada en el Valle de Dios. No tengo claro donde estoy, pero aparentemente es la escuela del pueblo. Parece como si hubieran transformado en una suerte de hospital de campaña. No somos muchos, la gran mayoría con heridas de bala de cuando arrancaban. Todos tienen sus pulgares.
Me preguntaron cómo es que la única herida que tenía, además de la bala que me cortó la mejilla, era la amputacion de mis pulgares. Me comentaron que todos los cuerpos que encontraron, hombres, mujeres y niños, carecían de pulgares, pero que nadie podía entender por qué. Les expliqué todo, lo que había escuchado, como me escondí, cuando el cazador me cortó los pulgares. Sus caras pasaban de confusión a terror, luego a tristeza, lágrimas. Personas que no volverán, recuerdos en forma de fantasmas habitando cada rincón de la Isla, somos muertos en vida.
Acabamos de vivir un exterminio, un genocidio en contra de la Isla. Fuimos las víctimas de una historia irrepetible. No sabemos si esto ha ocurrido antes, ni qué hacer para que no vuelva a ocurrir. Lo único que se me ocurre es poner esta atrocidad en tinta, teñir el papel como se tiñó la isla con una gran mancha de sangre, y dejar que el viento se lleve esta historia a todos los rincones del mundo. El veintiuno de marzo de 2025, una masacre tuvo lugar en el Valle de Dios. Estás manos sin pulgares son testigo de ello. Ruego, imploro que no se vuelva a repetir. Si aún queda algo de humanidad en las personas, por favor, piedad.