No se si alguna vez estuve. De verdad. Miro hacia atrás a lo que algunos llaman historia, sucesos sucedidos sucesivamente. Para mí era un vórtice, un espiral decadente en el que me encontré, boca abajo, acostado en el suelo, estirando mis brazos para alcanzar una pala y seguir cavando, hasta lo más profundo, lo más hondo del sinsentido humano. Absoluta y completamente disociado. Estaba, sin estar. Sin ser, siquiera.
Creo firmemente que solo somos un collage de las cosas que nos pasan, las personas que nos habitan, los tiempos que nos moldean, las historias que nos forjan. Pero en que momento está amalgama de instantes se apelmazan en un ente, un ser corpóreo, sintiente, ansioso, lleno de dudas, deseos, penas, glorias, sueños, metas y creencias, volátiles e inflamables, corrosivas y temibles. Al final, cuando el viento se haga fuerte, y las piezas del puzzle amenacen con salir volando como cometas en el cielo, dejaremos de existir como somos. Y tal vez aquella brisa será solo una excusa más para decir que fuimos. ¿Acaso existo porque piensan en mí? ¿Si nadie supiera de mi existencia, que prueba habría en el mundo de mi paso por el mismo? ¿Somos seres sociales por la necesidad de permanencia?
Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Anhelos de dejar nuestra huella en algún lugar, de alguna forma. La tumba del soldado desconocido está llena de nombres que nadie sabe, que nadie recuerda, y que al fin y al cabo ni importan. ¿Son por ello acaso menos importantes? Algo me deja disconforme cuando lo pienso así. Al fin y al cabo, cuando el árbol cae, no importa si hace ruido o no. Pero no deja de ser cierto que sabemos que cayó solamente porque el paso de alguien se vio interrumpido, o porque alguna madriguera fue cegada, o porque alguien, a lo lejos, lo escuchó caer. ¿Pero si nadie nunca lo encuentra, hubo un árbol en primer lugar?
¿Qué nos hace ser? El reconocimiento extrínseco de la existencia efímera en un chasquido del tiempo. El convencimiento intrínseco de que puedo interferir la vida ajena, en potencia, si así lo deseo, de un momento al otro. El mero hecho de que alguien, algo, nos piense vivos, ya sea uno mismo u otro. Tal vez por eso mismo el ser visto es tan gratificante. Tal vez por eso escribo, desesperadamente. Y tal vez esto sea lo más honesto que haya pensado jamás: quiero que me lean, para asegurarme de ser yo mismo. Hasta que me toque dejar de serlo, cuando la próxima brisa se lleve los recortes de mi collage.