Estaba seguro que después de la muerte había algo más. Mi mejor apuesta era reencarnar, idealmente en una persona, y en caso perfecto, con las memorias de mi vida pasada. ¿Qué tanto más loco es eso que pensar en que existe un cielo donde se está con Dios, o un infierno eterno donde todo arde? Claro, también estaba la alternativa de reencarnar en un insecto, un animal, tal vez un pez. Estadísticamente incluso, si fuese a nacer como ser humano nuevamente, lo más probable es que fuera de algún sector rural y pobre de India, China o África. Digo, estadísticamente hablando al menos. Bueno, nada de eso ocurrió.
No tenía una mala vida, y honestamente creo que en su minuto fui un poco malagradecido. Tal vez muy, pero es fácil decirlo ahora, con las cartas abiertas en la mesa y sin un as bajo la manga. Tenía una familia, que no era perfecta ni mucho menos, pero me quería, al menos a ratos. El trabajo era mediocre y estanco, pero al menos tenía algunos días buenos en que alguna carcajada me salía. Tal vez decir risa es demasiado, pero al menos así me sentía. Así lo recuerdo. Tenía amigos, que veía tarde, mal y nunca, pero los tenía, y a veces nos juntábamos a recordar lo bien que lo pasábamos de jóvenes. Todo eso tenía.
El conejo en el sombrero siempre fue matarme. Muy simple: cuando ya todo sea muy aburrido, me mato. No hablo de suicidio porque no me gusta el concepto, es una palabra un tanto manoseada. En cualquier caso, la lógica era simple, en el mejor de los casos, tengo un segunda oportunidad y todo va viento en popa. En el peor de los casos, bueno, que se yo, al menos respondería la duda existencial de todo los vivos: la muerte. Algo de curiosidad siempre tuve, es verdad. Pero ahora que estoy aquí, la verdad no es tan atractivo como lo imaginé. Suele ser así con la idealización y las ideas masticadas de sobremanera. Podríamos decir que fue un ligero error de cálculo.
Nada. Absolutamente nada. Ni siquiera yo mismo. Es todo blanco, deslumbrantemente opaco, con una leve silueta dorada iluminando el horizonte. Pero nada de nada. Ni siquiera yo mismo. Trato de mirar mis manos, mis pies, y simplemente no están allí. Es como si fuera invisible, incluso para mí mismo. Un concepto, etéreo y levitante. Puedo moverme, o al menos eso creo. No tengo puntos de referencia, no hay un arriba y un abajo, izquierda y derecha. No hay nada. El horizonte no es nada más que una idea distante que no se acerca, y que tampoco ofrece algo para alimentar la curiosidad. Esto es ser.
Digo que es ser, ya que al menos creo existir. Más que mal, todavía pienso, puedo observar a mi alrededor. Palabras y ruidos caen mudos sobre oídos que supongo sordos. No siento el aire en mis pulmones, el esfuerzo en mi garganta al gritar. Es como que yo mismo hubiese olvidado existir, pero aún pienso, y por ende, existo. Irremediablemente existo. No se por que siempre imaginé la eternidad en negro, creo que hubiera sido más invasivo Y abrumador, pero esta falsa esperanza de encontrar algo me come un poco la cabeza. Si la tuviera, claro.
Echo un poco de menos leer. Había un libro que iba como en la página doscientos de quinientos, tal vez seiscientos. Los perros de mis papás. Mi hijo me caía bien. No era muy agraciado, pero a los cuatro meses creo que nadie lo era. No sacó mis ojos, creo que eso hizo que me identificara menos con él. Y bueno nada, nunca pude ver que saliera la sexta versión de ese videojuego que llevaban diez años haciendo. Tal vez más. Ahora no me importa el tiempo, claro.
Camino (¿me desplazo?) hacia adelante, contando mis pasos. Ya he dominado la capacidad de poder contar los pasos y pensar al mismo tiempo. Tres mil cuatrocientos cincuenta y cuatro millones, doscientos treinta y dos mil quince pasos. Y contando. No tengo idea de tiempo. No se porque decidí contar pasos y no segundos. Se me hace tal vez más ameno. Por otro lado, tengo todos los minutos, segundos, horas, meses, años, eones. Cuando quiera puedo ponerme a contar segundos. Por ahora estoy bien contando los pasos. Tres mil cuatrocientos cincuenta y cuatro millones, doscientos treinta y dos mil dieciséis pasos.
Me gustaría tener mi música acá. Lo haría más entretenido. Intenté silvar, pero no escucho nada. Ya me cansé de probar cosas, así que ahora camino (me desplazo). Pienso en cómo iba esa canción, que tiene un bajo estupendo. Trato de recordar cómo era la vibración, y algo se agolpa en mi. Diría que en mi pecho, si tuviera. Ahora, el problema es que la memoria siempre ha sido mi punto flaco, no se cuanto pueda pasar hasta que se me olviden las letras de las canciones. Tres mil cuatrocientos cincuenta y cuatro millones, doscientos treinta y dos mil diecisiete pasos. Y claro, cantar y contar no conversan mucho.
Bueno, esto es todo. La vida después de la muerte es un gas etéreo consciente sobre un manto blanco prístino e impecable, donde nada pasa nunca. Solo me queda contar los pasos, y me he vuelto bastante bueno en esto. Creo que solo he tenido que partir de nuevo unas tres o cuatro veces. Dos mil treinta y siete millones, setecientos setenta y siete mil setecientos setenta y seis pasos. En breve llego a algún número más menos divertido. Vamos que vamos.