Hoy fue la noche en que escuché tu voz por última vez, y no fue distinta a ninguna otra. La luna se asomó tímida entre las nubes de un septiembre disfrazado de verano, rasguñando la lluvia, opacando las estrellas, escondiendo las sombras, perfilando ángulos y siluetas. Vehículos atravesando rápidamente la autopista dejaban atrás un eco que repercutía entre los edificios, hasta llegar a nuestro departamento como el crepitar de la marea, vestida de espuma y brisa costera. Tu cigarro ahogándose en su último aliento desprendía una traslúcida columna de humo, un tenue aroma, una memoria que antes pertenecía a otro, pero que ahora nos pertenece a ambos.
Esa noche también escuchamos a nuestros vecinos llegar tarde, cansados, con una partenidad en pañales, una maternidad en desarrollo. El pequeño arrastrando una voz ronca hasta sus tonos más altos, lleno de la encrucijada propia de quien no conoce, de quien ignora, de quien es ajeno a conceptos como la permanencia de los objetos, la temporalidad o la correlación, causa y efecto. El fantástico hito de la vida compartido a la distancia, pero tan cerca que casi parece compartida, en contra de la voluntad de todas las partes involucradas.
Juntos, como cualquier otra noche de domingo, cada uno por su lado, empapamos nuestros verdes retoños, los agazapados brotes, los expectantes botones, a lo largo y ancho, a lo bajo y lo alto, hasta casi sumergir cada una de sus hojas, de sus tallos, transformar maceteros en acuarios, platos en cascadas. Correr por el departamento, cruzando miradas cómplices, risas tímidas, carcajadas mudas que abrazan el alma.
Luego de llenar nuestro hogar con toallas mojadas y trapos húmedos, nos encontramos casualmente en el baño. Nos lavamos los dientes en silencio, con tu cabeza apoyada en mi hombro, con mi corazón apoyado en el tuyo. Nos ponemos pijama y sacamos la pila de almohadas que custodian nuestro lecho. Coordinamos las alarmas, revisamos los relojes y cargamos baterías. Nos abrazamos una última vez antes de reunirnos ante Morfeo. Me das las gracias, con la voz dormida, por otro día juntos. Yo me pierdo en la memoria de tus ojos, oníricos, escondidos. Como todas las noches.
Peleo contra el plomo que pende de mis párpados, contra el palpitar mudo, mis ojos sordos, mis oídos mudos, mis palabras mancas. Mañana será un nuevo día y solo tu voz será la llave que abra mi corazón, y me prepare para una jornada errática, tal vez no tanto. Y antes de que cruces el pórtico dándome la espalda, te diré gracias por habitar el mundo de mis sueños, acompañarme en el inconsciente, acobijarme en tu pecho desde el otro lado. Te dejaré en el ascensor, y con un beso cerraremos el trato tácito con el que ambos logramos mantener la inercia viva. Viviré, solo si es contigo.
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