Eras poco más que huesos y algo de energía que tomaste prestada del mañana. Un dato le llegó a mi vieja de que estabas durmiendo en un lugar perfecto para ti, pero que no nos parecía nada. Apenas me viste saltaste encima, con tus costillas casi al aire, con una sonrisa y tu par de orejas que no podían quedarse quietas y ordenadas en su lugar. Hicimos click de una, como quien dice.
Entre ese día y que llegases a nuestra casa, pasó menos de una semana, pero para mí fue algo así como una vida y tres cuartos. Fue algo así como mediados de septiembre 2019. Recuerdo perfecto tu primera noche. Me quedé a alojar afuera, porque soy bien poco atinado cuando quiero, y mi hermano hizo lo propio. Desapareció como hasta tipo 2 del día siguiente, otra historia digna de contar otro día. En fin, no había nadie en la casa y te dejamos en el lavadero, donde había un poco de todo, incluyendo un sillón que fuera de nuestra abuela. Evidentemente, a la mañana siguiente lo único que quedaba del sillón eran sus entrañas, esparcidas por todos lados, y tu cagada de la risa.
Un poco así fue siempre la dinámica. Eras estúpidamente encantadora, y carismaticamente torpe. Escoba, dirán algunos, espero. Estuviste siempre rodeada de dos caniches que no te llegan a la rodilla, jurando de guata que eras de su mismo porte, y te comportabas como tal. Nada como estar sentado en el sillón y que te subieras encima, total no es como que pesaras cuarenta y tantos kilos.
Brava para el regaloneo, seca para el pique corto. Nos bancaste la pandemia, y nosotros rentamos de tu existencia para poder pasear a destajo. Cantidad de salvoconductos que nos auspiciaste. Imagina que maravilla de vida tenías que podías salir hasta cinco veces al día a pasear.
No fuiste el primer perro que pasó por mi vida. Ese premio se lo llevaron otros. Pero si fuiste la que más me hizo sentir especial. Tu a mi, imaginate. Me enseñaste a jugar cuando no corresponde, a pedir perdón y luego permiso, a querer sin tapujos. En fin, me ensañaste de todo, menos a vivir sin ti.
El trato que habíamos hecho es que tú durarías para siempre, ahí, lista para el paseo, el cerro, salir en auto, a la plaza. Estarías ahí, pero la realidad es que fuiste tan breve. Por un momento fuiste infinita, ahora eres eterna. No soy capaz de describir el pánico de ver tus primeros pelos canos en la punta de tu hocico. Lo que fue acompañarte al veterinario para que nos dieran buenas y malas noticias, y que cada vez su quiebre pareciera que se olvidarán de darnos las buenas.
Desde ese primer encuentro me prometiste acompañarme siempre, y eso si que lo estás cumpliendo, probablemente no como me gustaría, pero es innegable que te tengo guardada en un bolsillo del corazón. Al final, no por nada dicen que querer un perro es una suscripción segura a la felicidad más eterna, y a la pena más profunda.
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