Aquí estoy, peleándole al sueño que no tengo, pero que tal vez debería tener. Algo así como a doce mil metros de altura, escuchando ecos de un idioma que algo me suena, pero más por repetición que por entender algo. Como quien escucha ladrar un perro y cree entender que es lo que te quiere decir. O como mismo se debe sentir el perro cuando su humano grita el sonido electo para indicar que es momento de salir a dar una vuelta a la manzana. No entiendo lo que me dicen, ni lo que me callan, lo que me muestran ni lo que me esconden. Y debo reconocer que algo me gusta esta ignorancia involuntaria.
No me refiero tanto la ansiedad de no saber que dicen, o si esperan algo de mí, pero si me gusta el hecho de poder sonreír a todo como si fuera la respuesta perfecta y definitiva a todas las preguntas, aseveraciones, conjeturas, demandas, ofrecimientos y demases interpretaciones que pudieran tener estas palabras que se cuelan borrosas en mis oídos analfabetos. Un particular tipo de ruido blanco.
Y es en esta soledad acompañada, este silencioso griterío, que no hallo nada mejor que escribir, después de tanto, este par de parrafillos, para que se cuelen en la existencia sin que nadie realmente los note, sin que nadie sospeche su alba ni su crepúsculo, su nacimiento ni su muerte, la mayúscula ni el punto final. Metáfora de uno mismo, a veces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario