Me carga esa típica frase manoseada: “Lo único seguro en esta vida es que todos vamos a morir”. Un asco. Y peor aún cuando la cuelan entre un discurso dirigido a explicar porque todos somos iguales para los gusanos que descomponen nuestros cuerpos. Claro que no somos los mismos, caballeros, pues sin ir más lejos, aquellos que puedan costear ser cremados, no dejarán cuerpo alguno a los gusanos. Pelmazos egoístas (dentro de los cuales algún día me veré incluido, probablemente).
No señores, señoras, niñas, niños y niñes. No somos todos iguales al momento de la muerte, y que no los convenzan de lo contrario las historias de princesas y príncipes corporativamente perfectos, excepciones vistas como regla, casos únicos que se muestran como ejemplo de lo que se puede alcanzar, cuando son motivo de destaque exactamente porque son excepcionales, únicos, irrepetibles. No señores, les repito que no todos dormiremos tres metros bajo la misma tierra. Sobre la de algunos habrá pasto inglés regado todos los días por un sistema automático, mientras otros tendrán que pelearse los gusanos entre varios para poder dejar de oler a muerte.
Pero lo que me da más rabia de esta frase ensalzada inexplicablemente a máxima elemental ¡es que ni siquiera es la conclusión más profunda de la circunstancia a la cual concurre! ¡Eso mismo caballeros y caballeras! Me importa un bledo que la muerta sea lo único certero en la vida, porque eso es falso, falaz y doloso. No, chicos y chicas, la máxima ha de ser otra, un corolario a esa frase de mierda que detesto:
“Lo único seguro, es que todo aquel que ha muerto es porque ha vivido”.
Eso mismo. Que todo aquel que se encuentra enterrado, cremado, esparcido, hundido en las profundidades de algún cuerpo de agua, aquellos que se transformaron en árbol como esta de moda ahora (y me encanta), es porque, inevitable, ineludible, incorruptiblemente, y otros tantos ines-mentes, ha vivido. Hablo de los seres que han respirado (o casi), han pensado (aunque conozco casos de algunos que viven aún sin hacerlo), han sido abrazados, queridos, odiados, llorados, celebrados.
En el fondo, todos los que hayan generado algo en alguien, su paso no ha sido en vano. Las lápidas son mucho más que solo un recuerdo de los muertos, y los obituarios son más que aquellos testimonios que los finados jamás alcanzaron a oír (excepto algunos casos de película). No, son prueba de que el sujeto de aquella inscripción estuvo vivo, en cuerpo, en alma, en pensamiento, a veces en las tres o sólo en una, y que por tanto, sus partículas fueron liberadas a la interperie de la existencia.
Para los que creen que están solos y que su existencia no importa, tranquilos: es importante para mí. Porque desde el punto de vista más egoísta que he logrado idear durante esta perorata elaborada en algo así como siete minutos, alimentada de algo de sueño, comida, café aguado y ganas de escribir lo que sea, desde este punto de vista, los necesito. Y por necesitarlos, se vuelven relevantes para mí, desde lo intangible. No están solos. No estamos solos. Todos somos importantes para una u otra persona, para afirmar la existencia, o exactamente lo contrario.
Bueno, así tal cual. No creo ser el inventor de la frase, así que sí a alguno se le ocurre una buena excusa para convencerme que no es mía, que alce la voz, o levante la mano. Así desde lejos, no me cuente, no necesito saberlo. Déjeselo para usted, aguafiestas. Y eso también prueba de que está vivo.
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