Si no escribo lo que siento, me voy a morir por dentro. Necesito rasgar las hojas con el carboncillo, frotar las palabras hasta que las brasas de mis manos se vuelvan incendio, luego ceniza. Las letras se recuestan sobre el blanco y virgen lienzo que se desnuda frente a mi, se acarician las unas a las otras, se distancian las otras de las unas, las acribillo con puntos, comas y guiones. Llueven los acentos sobre las vocales, los diptongos se marean, los hiatos se esconden bajo un techo de apóstrofe. Si no suelto lo que nace, se me va a pudrir el alma.
Cursivamente, el tren que arrastra un incoherente pensamiento atraviesa un papiro, a velocidad crucero y sin respiro. La rubia corona destroza el boceto, revienta el bastidor, despedaza aorta y carótida, ventrículo y versículo, ventrílocuo de palabras silentes, de distancia, de alienación. Miedo de hacerse parte, terror a dejar entrar. Polvo de estrellas que se pierde en el viento que atraviesa el girasol en su campo. Los ojos ciegos posados sobre el dios áureo, calido y distante. Creyendo el negro ser todo, cuando ya no queda nada.
Si no escribo en palabras lo que nunca dije, lo que debí decir, la tinta dejará borra en mi corazón, y se colará por mis venas hasta chorrear descontrolada sobre mi obra, mis ropas, el suelo, tus ojos. Que los vientos me destapen y dejen galopar por los aires mi necedad, aunque la caparazón vacía de mi ser se pierda, y solo quede tiempo en su lugar. Barro tal vez.
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