¿Por qué sonríes? Estás cayendo al vacío desde las alturas, tu éxito vuelto cenizas, envuelto en llamas, tu único testigo el Sol. ¿Por qué sonríes, Ícaro, por qué? El viento se corre a tu paso, las nubes huyen de ti, la atmósfera te empuja hacia la tierra que inclemente abre sus brazos para aplastarte en un abrazo eterno. ¿Por qué, Ícaro, es que sonríes?
¿Por qué tus ojos dibujan satisfacción, tu puño se cierra como quien logra una victoria? ¿Por qué ronronea tu alma, se regocija tu espíritu, bailan tus labios, si vas directo a tu ruina, al final, sin paradas, misericordia ni salvación?
¿Qué ves, Ícaro, que te hace tanta gracia? ¿Es la vista a mitad de caída? Un poco de brisa, el tibio sol alejándose. Vas volando, ves las cosas con más claridad que desde el suelo. Si tan solo no estuvieras a punto de estrellarte.
¿Eso es, Ícaro? ¿Lograr volar te da consuelo? ¿Imitar las aves, llegar al cielo, surcar las nubes, el mundo entero? ¿Acaso esperas que tu epitafio consuele tu necedad, por tu coraje? Aquí descansa Ícaro, que si bien falló, se atrevió.
Una magnanimidad aristotélica te disfraza de héroe alado que ha caído, en desgracia. Mas la moral no guía tu compás, engreído. La apuesta, la ambición, el afán de ser memoria, recuerdo vivo. No olvidemos que fue la soberbia la que te hizo volar tan cerca del sol, quemarte y desplomarte al vacío.
El deseo, Ícaro, es la raíz de los dolores, las ansiedades, del sufrimiento. Es en el afán de realizarnos en dichos anhelos, que nos exponemos al tormento. Aunque, asimismo, el sufrimiento es la raíz del sentido detrás de las cosas. ¿Será que la victoria desprovista de sacrificio, no sería más que mera coincidencia, lujuria del destino, bordada azarosamente en el paño de nuestra vida? Así, sería el sentido de las cosas, el que finalmente nos hace feliz.
Tu sonrisa me perpleja. Me quedo pensando un sentido perdido, buscando lo que tus ojos reflejan. Estás tranquilo, Ícaro, sumido en tu destino. ¿Será la locura tu motor, tu motivo? Volaste tan alto, que el sol incendió tu pasión, y de entre las aves te despediste para siempre. ¿Qué se siente repudiar la tierra, elevarte hacia el Olimpo?
Así que por eso ríes, Ícaro. Acariciar el éxito, con tu astucia cruzar el firmamento, jugar a ser dios por un momento. La caída es un detalle, pues la vida al final se acaba. Y por eso sonríes. Lograr derrotar la lógica, castigar el destino, volátil ludópata. Pues entonces, que tu epitafio sea “Aquí yace Ícaro, caído de entre las aves”
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