lunes, 13 de julio de 2026

Trasnoche

Que son estos arroyos que se escapan de mis cuencas cuando el sol ya se ha ido a comprar cigarros y la luna se esconde tras el frío del invierno. Esclavo de la carretilla de contenido que me acaricia el alma con un algoritmo a medida de mi pena. Me hace recordar lo que tengo, lo que no, lo perdido y lo ganado. Me grita que llore, que lo haga, que lo comparta, que me guste, que lo envié. Y no se si este sentir es mío o lo fabricaron en una oficina desde Silicon Valley.


Me aparecen frases de filósofos estoicos que profesaban la resiliencia. El aparatito escoge mostrarme vídeos de perritos agradeciendo una buena vida, que los acompañarán en su último aliento. Es como si los muy hijos de puta supieran que tengo la perfidia de nuestra Zahra todavía a flor de piel. Libros me saltan encima, cortos de película, gatillantes de lágrimas, deformadores de rostros, ladrones de la pena. Parásitos. Pero tanto bien que me hace, tanto bien que me hace soltarlo todo a las 2 con 28 minutos y una alarma contando los minutos para empezar el día.


No se si esta pena que me atraviesa es mía, es suya o es tuya, pero de alguien es, y si es ajena la tomo prestada. Bien que me hace derramar una lágrima de vez en cuando. Me salta un corto preguntándome por mi niño interior. Jamás me lo había cuestionado. Me dijo que lo imaginara. No le logro dibujar un rostro, un lugar, ni la ropa, ni una edad. No tiene nombre ni hogar. Y todo por un vídeo de una red social. Que me diagnostiquen. Que me toqueteen el alma si quieren. ¡Pero si lo que siento ahora no es mío, entonces de quien! 


De mis ojos saltan lágrimas como cataratas colgantes, cubriendo de una neblina densa la pantalla iridiscente. Si el algoritmo me fabrica este escenario por las noches, tal vez es porque se lo pido inconscientemente. Y si alguien tiene que aprovecharse de todo esto, que sea yo mismo.