lunes, 11 de mayo de 2020

Santiago en Cien Palabras

Santiago es la capital de Chile, un valle perforado por cerros isla en toda su extensión, decorado por altos rascacielos, barrios emblemáticos, una gran alameda y pintorescos suburbios. También es una ciudad fea, pero como concepto estético: A veces es tan fea que se vuelve alucinante. Sus puentes rayados, las veredas carcomidas por el descontento social, los cielos nublados llenos de llanto industrial. Santiago es una ciudad extraordinaria a cualquier hora, ríos de luz recorren sus autopistas y atardeceres en tornasol decoran las nubes que a veces son grises, a veces son blancas, y a veces no están. Es imposible describir

domingo, 10 de mayo de 2020

Bitácora

Me desperté con el sol que se colaba por mi ventana, abriéndose paso entre sabana, pestañas y lagañas. Tomo mi teléfono para revisar que hora es. Aprovecho la inercia y reviso instagram por una hora y media, paseo entre memes y vídeos de perros, soltando resoplidos por la nariz. Saben a cuales me refiero. Mi gata empezó a maullar por hambre así que bajé a la cocina y le serví su comida. Me armé un sándwich con jamón y queso, saqué un yogurt del refrigerador y vi una serie mientras tomaba desayuno. Subió mi perrita y me vi obligado a darle la mejor parte del sándwich, esa de al medio, que estaba guardando para el final. Nada que hacer contra esos ojos.
           
Hice mi cama, ordené mi pieza y limpié la cocina, abrí las ventanas de la casa para que se fuera la noche y jugué un rato con las perras, para botar energías. Me duché, vestí y salí a ayudar a mi papá con algo de la bicicleta. Entre tanto se escapó una perra y tuve que salir a buscarla, por suerte la pillé antes de que se desatara el drama. Después empezamos los arreglos para el almuerzo. Aperitivo, entrada, fondo y ensalada. Un lujo. Jugamos cacho durante el aperitivo, el almuerzo prosiguió con una entretenida platica y sobremesa, después entre todos lavamos y guardamos. Después cada uno hizo lo suyo.

Mi hermano fue donde su polola y mi hermana donde su pololo. Leí un rato, escribí otro poco y después vi una película con mi mamá, Cabo del Miedo, de Martin Scorsese con Robert De Niro. Tremenda película, nunca la había visto. Mi mamá peleó contra el sueño las dos horas completas, las perras que estaban echadas sobre la cama no tuvieron tanta fuerza de voluntad. La escena era perfecta. Mis papás después fueron a comer donde un matrimonio muy amigo suyo, no se veían hace meses. Nadie ha visto a nadie en meses. Aproveche el eco de la soledad para cantar karaoke, para gritar karaoke. Pearl Jam, Radiohead, Bill Withers, Lewis Capaldi. Popurrí. Hablé por whatsapp con personas importantes para mi y después mi mejor amiga me llamó por teléfono. Hablamos un rato sobre todo y otro sobre cómo nos sentíamos en estos tiempos complejos. Apoyo. Después calenté unos canelones que sobraron de ayer y me senté a ver una serie. Al terminar escribí un poco y lo subí a mi blog.

Me dio sueño y me puse pijama, o el buzo que uso como pijama. Mi familia llegó y todos se acostaron. Revisé instagram y me crucé con una canción que me gustó mucho. Necesité bailar. Quería bailar. Hace días que quiero bailar. Así que bailé, bailé como si estuviera solo, como si estuviera acompañado, bailé en serio y muerto de risa. Bailé hasta quedar agotado. Preferiría bailar con ella, pero me encanta bailar solo. Me alegró el día. Hoy fue un muy buen día. Fue un gran domingo. Hoy fue un gran domingo de cuarentena. Otro día más, uno entre tantos incontables, tantos iguales, tantos distintos. En nada diferente, pero no puedo evitar sentir que lo recordaré con cariño. Tanto que decidí escribir sobre él. Tengo curiosidad sobre cómo será mañana. Buenas noches y disfruten su cuarentena. No se maten por aprovecharla, solo disfrútenla.

sábado, 9 de mayo de 2020

El Sol Está en Tus Ojos

El calor de tus labios
Esbozando una sonrisa
El reflejo de los míos
Y tu mirada sin prisa

La brisa de tu voz
Ordena mi pensamiento
Hoy solo somos dos
Partículas de viento

La risa enternecedora
Que emana de tus ojos
Un sentir tibio aflora
Entre los palpitantes rojos

Me tomaste por sorpresa
De la forma más sincera
Con las cartas sobre la mesa
Como si algo fácil fuera

En tus ojos siento el sol
Y lo abrazo con el alma
Soy el pequeño chincol
Descansando en tu palma

Este otoño pasajero
Para mi siempre será eterno
Y es mi deseo más sincero
También compartir invierno

lunes, 27 de abril de 2020

Como Perder el Tiempo

            A veces atravesamos un momento, un instante, que nos da una sensación romántica de estar vivos. Ver un paisaje inmaculado luego de una torrencial lluvia, el aroma de ese plato tan característico de mi mamá, el saludo en la mañana de mi perro, un abrazo de un completo desconocido cuando más lo necesitas, en fin, interminables situaciones que aumentan el palpitar, liberan serotonina y estimulan el alma, sin ir mas lejos. Esto me paso una vez y quedó impregnado en mi memoria. ¿Cómo algo tan abstracto puede ser tan tangible al mismo tiempo? Recuerdo el olor a alerce que flotaba por el bosque, la resolana que atravesaba las húmedas hojas de los arboles, el acogedor frío que invitaba a un abrazo. Ese conjunto de sensaciones es lo que llamo felicidad.

            Pasé años intentando replicar esta sensación. Recorrí bosques enteros, parques nacionales a lo largo y ancho del país. Explore islas recónditas y glaciares remotos. Fui a todos los lugares donde me dijeron me dijeron que encontraría ese sentimiento, e incluso fui más allá, pero nada lograba replicar la paz, el silencio interno de ese paisaje. Naturalmente, volví al mismo bosque de alerces, con la esperanza de reencontrar ese sentir, pero nunca fue lo mismo. Probé con distintas estaciones, visitando en climas diversos, pero no hubo caso, Ni en las fuertes lluvias de invierno o los calores veraniegos el alerce dejó a la merced del viento ese aroma que un día invadió mi ser completo.

            Hablé con amigos, con conocidos, exploradores, filósofos y pensadores, pero nadie sabia la respuesta a este mal que me aquejaba, esta nostalgia, esta búsqueda desesperada de la felicidad. La verdad universal era que no existía un camino para encontrarla, pero yo la viví y me sentía cerca. Leí al respecto, estudié textos escritos por eruditos, pero solo llegué a cuestionarme si lo que había sentido era realmente felicidad, o si solo se trataba de una ilusión. Tal vez la experiencia que tuve fue solo una mezcla de adrenalina y endorfinas liberadas después de hacer montañismo hasta donde empezaba el bosque de alerces. Tal vez la felicidad solo es eso, hormonas, químicos jugando con nuestro cuerpo, nosotros mismos respondiendo a estímulos. Poco después de llegar a dichas conclusiones, decidí dejar de perder el tiempo, buscar un trabajo y tratar de olvidar esa sensación y la nostalgia con la que vino. Pasaba las tardes en una plaza cerca de mi departamento, mirando la cordillera, el Marmolejo rozando el sol a lo alto, el Tupungato saludando las estrellas, el Plomo con su cumbre cubierta por nieve virgen traída junto a la ultima lluvia capitalina.

Hoy, mientras caía el atardecer sobre las ventanas de los edificios, me encontré absorto observando el conjunto de montañas cuando reparé en la presencia de una personita que se había sentado al lado mío. Se trataba de Albertito, el hijo de una hermana que vive en mi mismo edificio, que miraba la cordillera como buscándole un sentido a ese conjunto de cerros que para él, no eran más que eso: Cerros. Le pregunte que era lo que hacia y me respondió que trataba de entender por que me gustaba tanto mirar los cerros. No pude evitar que una estridente carcajada se revolcara dentro mío, hasta no poder contenerla y que emanara solo para hacer eco en la aguda risa de Albertito, que no entendía nada. Le conté de todos mis viajes, los paisajes increíbles que me encontré en el camino, los animales alucinantes que decoraban esos parajes de ensueño, y cuando lo vi a los ojos pude ver el reflejo del brillo que había en los míos. Sin darme cuenta, volví a ser feliz. Todo se detuvo un segundo, el viento, la noche, la vida. Solo se salvaba la risa de Albertito. Al final entendí que la alegría no esta en solo un lugar y para siempre, ni que todos la entendemos de la misma forma, sino que esta en cada pequeño detalle que nos rodea, solo que a veces estamos tan concentrados en encontrar un momento de plenitud absoluta, que la vida se escapa entre las pestañas y en un parpadeo la felicidad deja de estar allí, tan cerca. Luego de terminar de contarle mis aventuras al pequeño, nos levantamos, ambos sonriendo, y le prometí a Albertito que le enseñaría  por que me gustaba tanto mirar los cerros. Y los dos fuimos felices.

Empañado

Han pasado años, pero a ratos solo parece que fueron minutos, breves instantes donde tú te evaporaste de mi vida junto al rocío de septiembre, donde yo me refugie en la comodidad de una tristeza justificada. Hay minutos que pesan como años en esa mochila que a veces saco a pasear, a que tome aire, reflexionar las cosas. Me gusta recordar lo triste de las discusiones, las alegrías de lo cotidiano, aunque cada día me es más difícil recordar exactamente como era ser feliz contigo. Se que lo fui, solo que no recuerdo por que. Tal vez simplemente era lo que conocía como felicidad entonces, y me conformaba con eso. Tal vez el tiempo a enmudecido las palabras que en algún momento intercambiamos, emocionados. Tal vez los inviernos solo entumecieron el recuerdo de una época de conflictos. Tal vez por eso vuelvo de vez en cuando a esas memorias que escuecen sobre las cicatrices que quedaron marcadas a lo largo y ancho del laberinto que tengo en la cabeza. Tal vez lo haga buscando un por que. La vida sigue y el pasado queda solo para reflexionar, revisar el proceso, crecer. Es gracias a esa herida que logré sanar cortes más profundos.

No hay engaño en reconocer que aun giro la cabeza cuando escucho tu nombre, un silencio en el compas. Todavía encuentro resquicios de tu forma de ser dentro mío, supongo que es lo que se te quedo antes de que eligiéramos caminos distintos. A veces se me escapa una frase tuya y me asombro de lo fácil que te fue dejarme algo tan tuyo para mi goce personal. No es que me de nostalgia ni que me de pena, sino que solo me recuerda de lo aprendido, de las razones por que no estas. Las de por que estuviste, aun no las encuentro.

Tal vez algún día hablaremos sobre todo, honestos, reflexivos, maduros. No me interesa realmente recordar algo en particular, sino saber donde fue que erré, donde pude ser mejor, para aprender y lograr que todo lo que paso valga la pena. En realidad, hace años que no hablamos, tal vez pueda aprender una o dos cosas de ti. Me gusta aprender.

Reseña a Free Willy

            Este pasillo es realmente interminable, como un túnel donde la entrada y la salida solo son conceptos abstractos, algo olvidado por las leyes de la lógica. ¿Hay leyes físicas siquiera? Voy trotando hacia delante, no muy seguro si eso es una dirección aun, puesto que perfectamente podría estar retrocediendo o subiendo a algún lugar. Mis pies se sienten ligeros y escucho mi palpitar acelerado haciendo eco con las paredes, marcando el tempo de esta travesía. Los movimientos son extraños, el caos supera el orden y el camino parece un dibujo de Escher más que una ruta transitable.

            Como en una escalera de Penrose, el vértigo empieza a inundar mi cuerpo mientras observo como súbitos reflejos imprimen epilépticamente mi imagen al costado de este camino sincopado. La imagen se difumina y se tinta de color rojo, para luego volverse amarillo y finalmente azul, mezclando los colores, generando una lluvia variopinto. A poco me doy cuenta que esto no es un pasillo ni un túnel, sino un caleidoscopio, girando incesantemente. Al darme cuenta de la situación, el trote ligero que llevaba se transformo en galope para terminar en una carrera desenfrenada. Me quito los audífonos manteniendo los ojos cerrados, tomo dos grandes bocanadas de aire como si me fuera a sumergir y vuelvo los auriculares a donde pertenecen. Entro de nuevo.

            Esta lloviendo, pero no hay nubes a la vista. Las gotas son de colorido celofán, empapando el interior del caleidoscopio con un arcoíris de papel picado. Todo es caos y desorden. Siento como mi corazón quiere saltar desde mi pecho y huir de mi boca. Clímax. Los tiernos algodones grises toman el color del ébano y todo es movimiento puro. Diluvio colorido. Vértigo crudo. De pronto, aparece un contrabajo silvestre huyendo del piano que lo acecha enérgico, mientras la batería lo observa todo, gritando, acelerando. Éxtasis. Abro los ojos y los colores me invaden por dentro, siento como recorren mis venas y escapan por la punta de mis dedos.

            Suena un metalófono. El pasillo deja de girar lentamente y los colores del caleidoscopio dejan de brillar. Pasa la sinestesia y los sentidos se calman, todo vuelve a la normalidad, paulatinamente. Me quito los audífonos y suelto todo el aire que se encontraba atrapado en mis pulmones, me saco el sudor que recorre mi sien. Una experiencia tanto agotadora como ilustradora.

Brad Mehldal – Free Wily

Amor en Tiempos de Cuarentena

La verdad es que la conozco hace un tiempo, antes de que pasara todo esto de la pandemia. Salimos un par de veces, me gustaba pero yo tenía la cabeza anclada en el pasado. Es difícil eso de pasar de pagina, sobre todo cuando se vive tanto en tan poco. Siempre me supe intenso, costó reconocerlo como algo que no es malo ni bueno, sino que solo es. La verdad, me divierte un poco pensar en esa época, hay tantas cosas que espero jamás se repitan, pero aun así no me arrepiento de lo vivido. Me equivoqué mucho y de tanto caerme aprendí a quererme como soy, y a cuidar a la gente que me rodea. Hay personas a las que le debo mucho más que una disculpa, eso lo reconozco. Mi forma de ser me obliga a pensar una y otra vez al respecto de esos errores, lo que me ha hecho más consciente del daño que uno puede hacer en los demás y lo importante que es evitarlo. Aprendí, en fin y al cabo, a ser cauteloso conmigo mismo.

Sobre ella no hay mucho que decir, las palabras no son lo mío y todo lo que diga la hará ver como menos de lo que realmente es. No hay como hacer justicia. Acá quiero hacer una breve nota: Muero de vergüenza, pero me agrada la sensación de poner todo esto en claro, es algo que no sentía hace tiempo ya. Es como cuando cantas esa canción que te sabes de memoria, aunque la garganta no te de el tono, da lo mismo, el sentimiento alegre que queda en el pecho es más grande que cualquier desafino embarazoso o sentimiento desnudo. Al final, estamos para sentir, y no hay tiempo para sutilezas. Ella es así, honesta hasta la transparencia, o eso creo. Retomamos contacto hace no mucho y las redes sociales son engañosas, eso si estoy seguro. Pero en tiempos de cuarentena, reconozco que se agradece su existencia. Puede que se pierda mucho entre mensaje y mensaje, pero la intención siempre queda. Espero no malinterpretar nuestras conversaciones, pero aunque así fuera, ellas entibian el alma. Es de esas personas de palabra ligera, que reparte sonrisas sin saberlo. Filantrópica.

Bueno, no hay más que eso hasta ahora. Me divierte que todo lo que sucede ahora, todo lo que rodea estos tiempos inverosímiles, de todo el contexto que nos llueve encima, solo me aferro a este sentimiento tan natural, tan básico, una emoción que recorre los huesos y dan ganas de bailar de cada tanto en tanto. Al final, espero que la honestidad mutua sea la ventana por la que ambos compartamos la distancia ineludible de los tiempos que nos acompañan día a día. Esto es amor a ese pequeño brillo que destruye la monotonía. No hay lunes ni viernes, sábados ni miércoles, pero todos los días siguen siendo únicos, diferentes. Creo que ahí radica la magia de este distanciamiento socia que, paradójicamente, de cada tanto en tanto une.

miércoles, 15 de abril de 2020

Barro Tal Vez

Por suerte tengo buena vista, 20/20, nítidamente reconozco cada línea, cada contorno y color, hasta distingo las texturas solo con mirarlas. Ahora mismo veo mi libreta, la acaricio un poco a ver si hoy se deja escribir, pues hace días que no me lo permite. El lápiz se desliza suave y tranquilo, buscando donde caer certero, alternando sufijos, características, adjetivos, palabreando sin sentido claro. Suelo hacerlo. Una pulsera que hice yo mismo tintinea con cada muñequeo necesario para ejecutar las figuras que conforman nuestro vocablo, y me recuerda que estoy escribiendo. Me gusta escribir. De fondo suena el Flaco Spinetta con su regalo póstumo, Ya no mires atrás. Luis Alberto, tan acertado siempre.

Antes de poder darme cuenta, lo que antes era definido y objetivo empezó a perder sus bordes. Los colores se desparramaban fuera de sus figuras lentamente, de a poco huyendo de sus barreras, de los obstáculos y contenciones que los mantenían en su lugar. Sin notarlo, el blanco del papel se había apoderado de mi mano transfigurada, el negro del bolígrafo (tanto que me gusta esa palabra) se inyectaba decidida en la mesa que sostenía todo este surrealismo. Dada. Las texturas que en algún minuto sentí tan solidas, ahora solo son un algodón difuminado, extendiéndose sobre todo mi lugar de trabajo. Detrás de todo esto sigue sonando el Flaco, susurrándome al oído que todo lo que sueñe, y no diga, tal vez será canción. Canción.

Las nubes de colores ya no solo desfiguraron todo a su paso, sino que también, ante mis rojos ojos atónitos, generaron clones, réplicas de mis propias manos, emparejándolas como si fueran víctimas de un desdoblamiento. Así, cada pareja se movía al unísono, simétricamente, imitando cada gesto, cada nervio, cada poro. Las intenté girar y, con asombro, comprobé que aún tenía control sobre ambas, y sus respectivos dobles. A pesar de esto, no pude evitar sentir que me observaban, que me entendían. Tanto que han hecho por mi y tan poco que me piden a cambio. Ni eso les doy, en todo caso. Súbitamente, una de ellas, o un par, de acercó a mi rostro y restregó mi ojo, liberando una pequeña lágrima que estaba atrapada dentro mío. Ella saltó lejos, y todas las demás que hacían fila detrás suyo la imitaron hasta el cansancio. Catarsis.

Flaco querido, catarsis, canción. Veo todo calor nuevamente, y me doy cuenta que sólo tenía una pena encerrada adentro mío que no me dejaba ver, que acomplejaba el pensar. Solo faltaba dejarla salir a pasear, soltarla a la vida y que hiciera lo que le diera la gana, liberarla de ese encierro injustificado. ¿Por qué necesito llorar? No tengo ni la más mínima idea, solo me dieron ganas de hacerlo, y lo hice. No alcance ni a meditar sobre este pensamiento que atravesaba mi cabeza cuando una carcajada explosiva se coló entre mis dientes. Resulta que nunca fue una lágrima de pena, sino una de júbilo, y yo intentando mantenerla encerrada. Ay Flaco. Canción, canción.

C'est la Vie

Caminaba mirando hacia todos lados, los escaparates de Champs Elysee eran demasiado atractivos como para solo dejarlos estar allí, sin ser contemplados. Suena a lo lejos una interpretación de La vie en rose de Edith Piaf. Su abrigo largo color crema saludaba al viento mientras su bufanda carmesí hacía juego con su boina. Las calles de París eran el camino que ella recorría sin pedirle permiso a nadie, reflejo fiel de su independencia y enérgica actitud. Su seguro caminar se vio interrumpido por un vendaval que logró arrebatarle ella bufanda y dejarla a la merced del viento, que jugaba con ella mientras el accesorio caía directo al suelo. El trayecto se vio interrumpido por una mano veloz, que agarró la bufanda antes de que cayera al suelo. Así fue como conoció a Jean Baptiste.

Jean Baptiste le devolvió la bufanda y con una sonrisa oportuna le pregunto si quería acompañarlo a tomar un café. Ella no se haría de rogar, estaba en París, un alto y apuesto francés le estaba invitando un café al costado de los Champs Elysee, con vista al Arco del Triunfo. La vida a veces llega a ser tan amable. Él era oriundo de Montpellier, pero vivía en París hace ya varios años, había estudiado business en la Universidad de París, pero su verdadera pasión era el violín, que practicaba desde pequeño en un conservatorio, de cual huyó para desarrollar un estilo más callejero, un poco más noir, como decía el. Ahora tocaba en una pequeña orquesta local y disfrutaba los días trabajando en un mercado aledaño a la sala de ensayos.

De café y la conversación nació una invitación a ver una obra onírica interpretativa, una función donde un gran amigo de JB actuaría. Ella no tenía ningún plan más allá del vuelo a Praga que tenía programado para mañana al medio día, por lo que decidió acompañarlo. Llegaron a un pequeño teatro, oscuro y con mesas redondas donde gente con boina y cigarros contemplados presuntuosamente el actuar de quienes dejaban la vida sobre el escenario. JB aprovechaba cada silencio para colgar un comentario y servir un poco más de vino, nada muy elegante pero si acogedor. Ya en el último acto, aparece el amigo de JB, Antoine, y ella ve como posa su mirada en su mesa, sonríe levemente y ella logró captar que entre ambos nacía una leve complicidad.

Terminada la obra, luego de un extenso monólogo existencial contemplativo, JB la llevó tras bambalinas, donde le presentó a Antoine. El era menos delgado que JB, un poco más alto y tenía cara de simpático, de buena persona si se puede decir algo así. Acto seguido, él los invita a ambos a comer y tomar algo en un bar cerca, que resultaba ser del mismo dueño que el teatro y por eso le daban un gran servicio. JB se excusó inmediatamente, tenía ensayo temprano y debía afinar su técnica si quería llegar a ser primer violín. Luego de esto, las miradas se posaron en ella, quien solo pudo pensar en una sola frase: C’est la vie.

Caminó junto con Antoine hacia el bar que quedaba a breves pasos del teatro, y en el camino sintió como, delicadamente, él la tomó del brazo, de una manera tan cariñosa que ella no pudo sino ruborizarse. No lo había notado hasta entonces, pero él era bastante guapo, con su mandíbula marcada, el pelo negro rizado y ojos de un color que no terminaba de ser verde antes de volverse café. Al entrar al bar, todos, tanto clientes como quienes trabajaban allí, lo saludaron aireadamente, quien respondía con humildad y cierta vergüenza. Cruzó un par de palabras con un mozo y este los guió hacia la escalera, subieron todos y abrió una puerta de lo que era un salón privado. Armo una pequeña mesa en el balcón, sirvió un poco de vino y trajo algo de baguette para  comer mientras pensaban que comer. Antes de que el mozo se fuera, Antoine le pregunto a ella que quería comer. Ella lo pensó un segundo, miró por el balcón, y mientras observaba las luces De la Torre Eiffel, dijo que quería Ratatouille. La respuesta dibujó una sonrisa en el rostro de Antoine y el hizo el pedido en un francés que sólo logró hacer que ella olvidara donde estaba por un minuto, perdiéndose entre las palabras y sus labios.

La comida fue exquisita, el ratatouille estaba a las alturas de las expectativas y el vino lo acompañaba de gran manera. Antoine habló largo y tendido sobre la poesía, el teatro y como todo sucede por algo. De pronto un silencio se apoderó de la mesa y ella no pudo evitar volar por un segundo a través del cielo parisino, contemplando la imponente Torre Eiffel, el bellísimo Sacre Coeur, el increíble Montmartre, pero antes de darse cuenta, él había posado la mano sobre la suya, tímidamente. No sabiendo bien que pensar, lo miró fijamente a los ojos mientras observaba como toda la confianza, la pasión, el ímpetu se había transformado en algo frágil y vulnerable, tan delicado como la porcelana. La vie en rose empezó a sonar de fondo y antes de decirle a Antoine todo lo que ella había sentido, despierta de un sueño que rogaba no terminara nunca. París lo había hecho de nuevo. Trató de volver a dormir y soñar con esos profundos ojos de Antoine, pero no hubo caso. Ce sera la vie que l’amour vit.

sábado, 28 de marzo de 2020

Fugaz

Una sonrisa muy fugaz
El cantar de los cantares
El sonar de los cien mares
Probando si hoy soy capaz
De volar cuál ave rapaz
Una tonada en francés
Pone el mundo al revés
Cantando con el corazón
Y olvidando la razón
Yo no erraré esta vez

Esperando la sonata
Yo encontraré tus ojos
Ya no más intentos flojos
Mi corazón cuál fogata
Palpita una tocata
Ahora iré a buscar
Una canción para cantar
Un pedazo de la luna
Sin dejar pista alguna
A ver si la logro bajar

En la Banca

Él la esperaba en la banca de siempre y aunque fueron solo quince minutos, sintió como la vida le pasaba frente a los ojos, como cada momento de su pasado se había desenvuelto de manera tal que todo lo llevó a ese instante, a esa banca, ese parque, esa tarde con sol y un poco de brisa que mecía delicadamente los nidos que se acobijaban en lo alto de los árboles que descansaban al rededor de la alfombra de pasto, todo frente a sus ojos. Miraba el cielo y veía como las nubes corrían en el mismo sentido, lentamente, como si la única carrera fuera contra el tiempo y sus artificios. Trataba de quitar sus pensamientos de ese pozo donde solían quedarse a jugar, donde armaban problemas con un poco de aire, maquinaban dudas donde siempre habían certezas, metían el hilo de pensar dentro de un carrete y lo dejaban dando vueltas hasta el cansancio. Y eso a él lo asustaba. Lo asustaba por que se sentía diferente, incompleto, sentía que el resto de la gente podía ver, como si lo tuviera escrito en su frente, que todo el tiempo se sentía triste, que tenía miedo de hablar con alguien y darle cuerpo a su pena. Le aterrorizaba que sus amigos supieran y dejaran de querer estar con él. Él se sentía triste, y el sentirse triste lo hacía más triste todavía. Miró a su alrededor y cuando se aseguró que no había nadie a su alrededor, seco la humedad que se estaba alojando peligrosamente en sus ojos. Respiró hondo y se convenció que todo estaría bien.

Ya pasaron veinte minutos desde la hora que ambos habían acordado para juntarse, y él sabía que ella no vivía tan lejos como para que fuera un retraso que no significara nada. ¿Tal vez de arrepintió y le dio vergüenza reconocer que simplemente no quería juntarse con él? ¿Se habrá dado cuenta de que él tenía problemas que aún no sabía cómo manejar? Él pensó que podía ser, más de una vez le dijo que habían cosas que le daban pena, tal vez se mostró demasiado vulnerable. Todo el mundo dice que hay que mostrarse fuerte frente a las personas, inspirar confianza, infundir respeto, pero a él simplemente eso no le salía. Siempre se sintió pequeño, aún cuando quería volverse grande. Y él sabía que podía. Sus amigos lo tiraban para arriba, le decían que había cosas que hacía muy bien, habían días donde él casi creía lo que le decían, pero no podía evitar escuchar un eco de lástima en esos cumplidos, no podía dejar de escuchar esos rumores a su espalda, seguramente decían le decían eso para levantarle el animo, para que se sintiera bien, pero no lo pensaban de verdad. Seguro eran palabras vacías. Él quería pensar que no era así, pero no podía, y eso le daba pena, porque en una esquina de su cabeza sabía que todos esos cumplidos eran honestos, eran verdad, eran de corazón.

Estaba peleando consigo mismo cuando se dio cuenta que ella ya había llegado  hace un par de minutos y lo miraba, divertida. Se saludaron aceleradamente y a ella se le escapó una sonrisa burlona, solo porque él era un desastre. Su camisa desarreglada, por mucho que él intento mantenerla ajustada dentro del pantalón, se salió al momento de levantarse, tenía una manga más arremangada que la otra y su pelo estaba totalmente desordenado de tanto tomarse la cabeza. Ella no pudo aguantar la risa y la soltó en su rostro. Él no pudo levantar los ojos del suelo, al menos hasta que ella lo abrazó. Fue uno de esos abrazos honestos, largos, apretados, de esos que te levantan el alma por meses. Ella dijo un par de bromas cortas, sobre su pantalón, su camisa, su pelo. Él la vio a los ojos, sus mejillas alegres, su sonrisa honesta. Y sonrió, sonrió con tanta fuerza y durante tanto tiempo que sus mejillas se acalambraron. Se tomaron de la mano y caminaron por el parque, como si fuera suyo, como si nadie más viviera en la ciudad. Antes de poder decir cualquier cosa, él salto y la abrazo, pero esa vez lo hizo fuerte, lo hizo con pena, con alegría, con una sonrisa en su boca, lágrimas en sus ojos, el corazón en la garganta. Y lloró, lloró un poco, pero lloró al fin. Ella, sin entender bien que era lo que pasaba, también lloró, también sonrió y le hizo cariño en la espalda mientras reconfortaba todo su miedo. Él trató de decirle todo lo que la extraño este tiempo, pero las palabras no salían de su boca. Ella lo entendió todo, porque lo conocía tanto que podía escuchar cuando sus ojos pedían ayuda. El abrazo fue profundo y duro todo lo que tenía que durar.

La tarde se volvió noche y ambos caminaban, uno al lado del otro. Él trataba de ir al ritmo de ella, en silencio, ella trataba de seguir su tranco, contando todo lo que había hecho estos meses. Juntando todas las palabras que quería decir, logro articular que la echó mucho de menos, y que estaba muy feliz de verla de nuevo. Ella sonrió, le dijo que era un tonto, y que también estaba feliz por verlo. Ella lo conocía bien, sabía todo acerca de sus miedos, su tristeza, la pena que guardaba abrazada al alma, y lo quería mucho. Lo quería como un hermano, como un compañero del alma, más que a un amigo, pero nunca lo logró ver como un futuro novio, o algo por el estilo. Él tampoco a ella, al menos no lo sentía. Ella era su pilar, su sostén emocional, la que escuchaba sus penas, la que entendía sus inseguridades, la que compartía su inquietud existencial. Ella era su mejor amiga. Y así fueron caminando, dos mejores amigos, contando todo lo que habían echo estos meses de cuarentena, como cada uno casi asesina a su familia, los nuevos hobbies que aprendieron, las rutinas a las que se apegaron para mantener la cordura, las redes sociales que borraron para evitar volverse locos. Rieron y caminaron, libres al fin. Él se dio cuenta que cuando estaba con ella, no pensaba en sus miedos, en la tristeza, y eso lo hizo feliz. Ella le preguntó por qué sonreía, y él solo supo decir que era gracias a ella, y que era feliz. Era todo lo que ella, dueña de sus propios demonios, necesitaba escuchar.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Claroscuro

Hay palabras que, sin lugar a dudas, toman más peso de noche. Es como si las estrellas cargaran de sentimiento cada letra, cada silaba, como si los acentos se volvieran susurros que solo el silencio de la noche pudiese salvaguardar. No sé muy bien cómo explicarlo, es un sentir, un vibrar, un respirar la tranquilidad de lo inevitable, la oscuridad inexorable, la calidez de aquel inconmensurable sentimiento llamado soledad. La noche es el breve lapso de tiempo donde el piano resuena con un eco melancólico, preferido por sobre la guitarra frenética, sobre la enérgica batería. La noche es el momento justo para llorarse, hundirse en la nostalgia, ahogarse en un mar de sabanas hasta la apnea. La noche es el momento para morir un momento. La vigía nocturna es la prueba de que existe la inexistencia, la fugacidad de la carne, el cuestionamiento del estar, del esperar. La deconstrucción del presente, el derrumbe del futuro. Olvidar el pasado. La boca de un solitario lobo que nos acobija hasta la inconsciencia. El alma en mutis antes del alba.

Junto con el sol perecen las cavilaciones y solo por un instante la noche da la bienvenida al madrugar, al primero roció que se aloja sobre el verde tapiz que recubre el horizonte. El amanecer se conjuga por un momento con la remembranza de los sueños, arrebol de la imaginación, tonadas melifluas que se reflejan como burbujas detrás de una cabeza descansada, vagando a gusto entre oídos sordos, jugando a estar sin ser, al sentir sin ver. La luminiscencia propia del iris matutino que se alza entre montañas andinas deja atrás la temprana aurora que abrió sus puertas al cuerpo celeste que brinda vida, alegría y ligereza. Los remordimientos se hacen cenizas bajo el calor abrazador, solo para luego renacer como intención incandescente, motivación inmarcesible. Inercia propia del respirar humano, nocturnamente dudoso, ansioso, apenado. Y es que todos somos personas de día y personas de noche. La cálida soledad nos entrega el carisma y la empatía, la pena contrasta con la alegría, haciendo invaluable la vida como una dicotomía, la conversación de dos sentires. Dos almas que convergen en un cuerpo. Día y noche que comparte un giro sobre su propio eje. El ir para volver, como un niño jugando en el columpio de la vida, meciéndose sobre el polvo que más tarde llevará a casa alojado en la suela de sus zapatos.

Es el arrebato, el atardecer que nos irradia nostalgia, su belleza que nos sumerge en la contemplación de la realidad que a veces se siente tan distante, tan hermosa, tan etérea que parece como si fuera a desaparecer como el polen entre los dedos del viento. El telar tostado del sol, arrugado y crujiente como el otoño, la paleta de colores cobrizos que le regala vida a una ciudad hecha de vidrio, una selva urbana que solo busca reflejar la incomprensible maravilla natural que le rodea. Un ligero sonara emana de cuerdas sinceras que murmuran un acorde lidio sobre la brisa que se pasea entre los espejos de la gran metrópolis. Metálicas luciérnagas se iluminan al paso del pincel claroscuro que levanta las luces hasta el infinito y las cuelga del oscuro telar que cubre nuestras cabezas, una perla tintineante a la vez. Los fríos corazones se confiesan y las frágiles jaulas dejan escapar las bestias que de noche recorren el firmamento a sus anchas. Las pestañas se vuelven insostenibles y solo algunos sobreviven al sopor propio del diario vivir, con la meta única de disfrutar, una vez más, la calidez de aquel inexorable sentimiento que llamamos soledad.

martes, 24 de marzo de 2020

Un Poco de Nada

Yo
Trabajo
Y algo más
Una guitarra suspira un acorde
Y yo toco mi teclado
La silla
Cabeceando
Mi corazón
Saltando
Un francés que se agolpa en el paladar
Empalagoso
Hostigante
Refrescante
Bien francés
Un carrusel
Que da vueltas mirando la torre
Eiffel sonriendo en la tierra
La raíz que alcanza
Tu suelo
Mi cielo
Nuestro
De nadie

De Corazón, Te Pido

De corazón, te pido
Te pido que me escuches
Cuando no encuentre palabras
Te pido que me entiendas
Cuando no sepa que pensar
Te pido que no me olvides
Aunque me escape de tu pasado
Te pido que me esperes
Cuando solo veas mi espalda
Te pido que me mires
Aunque haya roto todos los espejos
Te pido que me sonrías
Cuando no pueda mirarte
Te pido que me empujes
Aunque esté cayendo al vacío
Te pido que me guíes
Cuando parezca que voy liderando
Te pido que me toques
Aunque me aparte de todo
Te pido que me tomes fuerte
Aunque parezca que no quiero
Te pido que me pidas
Todo lo que yo te pido

Confesando un Delito

No se como empezar a escribir lo que tengo en mente. La verdad es que es un tema que me fascina, pero es un pensamiento que tomé prestado de otro lado, otra persona. A quienes me leen, si alguno lo llegase a hacer con frecuencia, sabrán que roo sin vergüenza. Usurpo frases, ideas, sensaciones. Soy un abductor de palabras y conjunciones, un ladrón de conceptos. Recopilo aquello que el aire desprende, recojo las migajas que los transeúntes dejan a su paso y luego tomo todo para desparramarlo sobre mi libreta, lo dejo caer con azar, luego lo ordeno someramente y subo el contenido terminado, prácticamente sin revisión alguna. Siempre, inevitablemente, se me colará una falta de ortografía, lo digo como un dato tanto como advertencia. Supieran como es en realidad mi libreta.

¿A quienes les robo? A pesar de que me gustaría decirme un Robin Hood de la literatura, suelo echar mano a todo lo que esta a mi alcance, sin discriminar realmente el origen. Las palabras son palabras, serán palabras y quedarán como palabras por siempre: Conjunción de letras confabulándose de manera tal que logran transmitir algo. En mi caso, idealmente un sentimiento. Si recurro a mi memoria, donde esta debería ubicarse al menos, recuerdo haber tomado algunas frases sueltas de un concierto dado por Jorge Drexler, por allí a inicios del año 2019. En un mochileo, hace no mucho, un amigo contó un sueño que tuvo y me adueñe de los derechos para escribir sobre tan fantástico mundo onírico. Creo que soy capaz de remontarme al año 2015, a las influencias vocales de Ignacio Fornes Olmo, mejor conocido como Nach. Largos trayectos interurbanos colgando de su música híperurbanizada.

¿Me siento culpable de estos robos intelectuales, de estos desvergonzados hurtos literarios? La verdad es que no, ni un poco, ni siquiera los consideraría como un lejano zumbido en la noche más cálida del verano. Honestamente siento que le dan una cercanía a la realidad, es una huella que estampa la imagen de lo que me rodea, la circunstancia como escenario, el contexto como antecedente. La canción que suena justo en su momento, la nota precisa, el compas exacto. Lo propio no es mío, sino de todos. Los pájaros, con su trinar caleidoscópico, son oídos por todos, o al menos pueden serlo. La vida es una caja de chocolates.

jueves, 27 de febrero de 2020

Esperando a la Muerte

Tal cual como están leyendo, estoy sentado esperando a la maldita muerte. La mismísima muerte tiene veinte minutos de atraso y me tiene aburrido de esperarla. Está bien que sea domingo y que no sea día laborable ¿Pero enserio? ¿Hasta para la muerte? Les explico desde el principio mejor: Estaba yo, calmado en mi cama leyendo un libro de Agatha Christie, cuando una necesidad urgente de ir al baño invadió mi ser completo. Me levanté de la cama y me dirigí al baño, donde sin ningún problema hice mis necesidades, luego me lavé las manos y me disponía a volver a mi cama al tremendo panorama de sábado por la noche. Eran ya pasadas las doce a decir verdad, así que ya estamos hablando de un domingo cualquiera. La cuestión es que en el recorrido desde el baño a mi pieza tengo que pasar por el lado de unas escaleras que llevan al primer piso. Entra en escena Mateo, el tremendísimo hijo de puta de gato que tengo parasitando en mi casa. El muy mal nacido se me cruza, con las luces apagadas, tropiezo y caigo por las escaleras, rompiéndome el cuello y quedando ahí tirado, moribundo, inmóvil y viendo como el Mateo me miraba desde lo alto de la escalera. Simplemente dantesco. Ahora, creo que todos hemos visto alguna película, o leído algún libro, donde tratan la muerte como el paso a otra vida, o un proceso, ritual, recorrido que el protagonista realiza de manera solemne y reflexiva. Ni un carajo, de golpe sientes como que te desdoblas y ahí estas, viéndote con la cara toda pálida, el cuello hecho un nudo y preguntándote si no pudiste elegir un atuendo más estúpido para morir. ¿Lo peor de todo? Mateo si me puede ver, lo cual es prueba fehaciente de que los gatos son animales del infierno.

Supuse que no me quedaba más que esperar ahí a que llegara algo, la muerte, la parca, San Pedro, así que esperé. Me di cuenta que aun muerto y con el aspecto fantasmagórico que debo tener (traté de verme al espejo y vi como el reflejo de la puerta me atravesaba), aun puedo manipular objetos reales. Así, tal cual, estimados lectores, les esta escribiendo un fantasma desde el más allá, escuchando algo de Matt Elliot (¿Qué más ad hoc no?). Por supuesto que no solo intenté manipular objetos básicos como mi computadora o la radio, no señores, este fantasmita de aquí se dispuso a llamar a toda la vecindad, casa por casa, escuchando como la gente contestaba de manera irascible el teléfono, esperando poder decirles algo divertido, algún chiste de una línea ingenioso, pero al momento en que se me ocurrió algo, me di cuenta que mi voz no era mas que un aliento mudo que no generaba ni siquiera un eco entre este silencio de muerte. Bueno y en eso estuve los veinte minutos previos a ponerme a redactar lo que bien podría ser mi obra póstuma. ¿Tal vez la primera de varias? Todo depende de cuanto se demore este impuntual esperpento.

Acabo de darme cuenta que esta será mi primera entrada en un diario que no toco hace años. ¿Lo que tiene que pasar en la vida de uno para retomar viejos hábitos, no? Recién fui a prepararme algo para comer y, mientras Mateo observaba fascinado como el jamón volaba de la puerta del refrigerador hasta el pan que flotaba en mi invisible mano, me di cuenta que ni hambre tenía. ¡Incluso en la muerte como por aburrimiento! Mi psicólogo lo contraria divertidísimo. Ahora que lo pienso, tal vez lea esto una vez encuentren mi cuerpo. ¡Saludos Dr. Larraín! Dándole otra vuelta al asunto, tal vez piensen que me volví loco justo antes de morir y por eso escribí esto. ¿Debería seguir haciéndolo? No quiero quedar como loco en vida, o al menos más de lo que ya estaba. Además, ¿Cuánto se podrán demorar en encontrarme ahí, tieso como una mesa? Nadie viene muy seguido la verdad, mi madre me llama los sábados pero para eso queda una semana. Había quedado de almorzar con Rolando el lunes, pero ya le he cancelado tantas veces que tal vez asuma que si no le contesto es mi forma de decirle que este lunes no podrá ser. No se si habría ido en realidad. ¿Se han dado cuenta cuando organizan un evento de manera tan segura y motivada en un momento, solo para morir de flojera el día de la reunión en cuestión y terminar cancelando horas antes del asunto? ¿No? ¿Soy solo yo? Bueno, pues a mi me parece común, que quieren que les diga. Ciertamente que ya han pasado más de cuarenta minutos y no me ha llegado anuncio alguno de que venga la muerte. ¿Tal vez no se sabe mi numeración?

Llevo esperando una hora y media a que me vengan a buscar y me encuentro en este mismo instante buscando alguna pagina donde colocar un reclamo. Solo se me ocurre Trivago y sus malditos comerciales. ¿Me pregunto si los fantasmas también debemos cotizar por habitaciones baratas en hoteles de lujo? ¿O tal vez solo atravesamos la puerta como en las películas? No lo había pensado, pero tal vez la muerte venga a pie y por eso se demora tanto. ¿Tendré que caminar todo el tramo de vuelta? Pésimo servicio, definitivamente tres estrellas. ¡Uff! ¡Casi se me olvida borrar el historial de internet! Habría sido un terrible percance si alguien se hubiese metido a fisgonear por ahí. ¿Habrán paginas especiales para casos como el mío? Algo así como una deep web para fantasmas, o una red de apoyo psicológico para espectros abandonados. Google lo tiene todo. Prendí la tele y en History Channel hay un programa de caza fantasmas y exorcistas. ¿Creo que están compitiendo por quien logra liberar de fantasmas una casa en menos tiempo? Inventan cada cosa hoy en día. Televisión de calidad.

Ya, definitivamente la muerte se olvido de mi, y me aburrí de esperar. ¿Tal vez si le enderezo el cuello a mi cuerpo? Uff, ese crujir de huesos no sonó nada bien. Al menos se ve más digno ahora. No es que sea muy digno morir por tropezarte con tu gato, pero hay que conservar lo poco que se tiene. Intentaré acostarme sobre mi cuerpo, tal vez así logro volver a la vida o alguna barbaridad del estilo, muy hollywoodense. No, definitivamente no funciona, aunque debo decir que es bastante incomodo acostarse sobre el cuerpo propio, es casi como si pudiera sentir el frío. Ósea, lo sentiría si pudiera sentir algo en realidad, hasta ahora lo único que siento es aburrimiento. ¿Y si este es en infierno y el castigo es estar eternamente aburrido por el resto de mis fantasmagóricos días? Suena como a una barbaridad que dios haría, la verdad que si. Me asomé por la ventana para ver si venía algo, pero estaban todas las luces apagadas y no soy muy fanático de los lugares oscuros. Si, damas y caballeros, he aquí el primer fantasma que le teme a la oscuridad.

Ya revisé mi casa de arriba hacia abajo, habitación por habitación, y no encontré nada más que hacer ¡Hasta intente quitar las telarañas de debajo de mi cama! Definitivamente debería haberme preocupado más de limpiar este lugar. Mateo me acompaña a todos lados y no se si lo hace por culpa o curiosidad. Igual me apena un poco, no creo que fuera su intención matar a la única fuente de comida. Dicen que si un dueño muere y los gatos no tienen que más comer, empezarán a comerse a sus dueños, y me pregunto que parte de mi sería la que se coma primero. Igual intentaré aplazar la respuesta todo lo posible dándole lo que hay en el refrigerador antes de que se eche a perder, seria una lastima tirar esa comida a la basura. Increíble todo lo que se ha demorado la muerte, ya es de día y aun no tengo información alguna de que debo hacer para irme al más allá. Definitivamente me aburrí de esperar, cruzaré la puerta y veré que maravillas me depara esta fantasmagórica vida. Los dejo aquí, y si saben de algún vecino al que le tiran las patas, llaves de agua que gotean sin parar o teléfonos que vibran sin que les llegue notificación alguna, díganles que prometo solemnemente dejar de molestar a cambio de cerveza barata y unas papas fritas, nada muy refinado.

Versailles

            Nos sentamos los dos a la orilla de la entrada del metro, esperando que alguno tomara prestado el valor de ambos para poder hacer esa pregunta que nos perseguía hace días, desde hace kilómetros, muchos kilómetros. Al final tuviste que ser tú, por supuesto: De los dos solo tú podrías atreverte a dar semejante salto al vacío, ofrecerte como un sacrificio a favor de la certeza que solo era capaz de darnos esa pregunta que se nos hacia esquiva, más por miedo que por incertidumbre. Me lo dijiste tal como yo lo hubiera hecho, titubeando, rengueando, mirando desde abajo, a pesar de que estabas arriba mío. Siempre lo estuviste. Miraste al horizonte, borroso, inseguro, incierto, y con la inercia de quien se quita un ancla del pecho disparaste sin reparos, olvidando dudas y pidiendo honestidad. Eso es todo lo que podía darte. Me preguntaste que pensaba, que pasaba por mi cabeza, que opinaba de lo que estábamos viviendo. Se que no hiciste ninguna de esas preguntas, pero sentí como todas las dudas que pesaban en tu corazón se agolpaban en mis oídos mientras mi cabeza trataba de responderlas todas al unísono y poder dar una sola respuesta elocuente, elegante, ocurrente. ¿Lograrlo jamás fue una opción, no? Miré al suelo un segundo y traté de responder, pero el aire apresó mis pulmones y un aliento seco escapó de mis labios, mudo. Te miré tratando de encontrar un salvavidas, allí donde siempre encontré apoyo, donde espero siempre encontrarlo, y no me defraudaste. No lo hiciste nunca. Tus ojos, que siempre fueron mi debilidad, aflojaron todo en mi interior, entibiaron los témpanos y dejaron fluir palabras torpes, tambaleantes, pero honestas. Creo que lo sabes mejor que nadie, pero la honestidad nunca ha sido mi fuerte, a pesar de que contigo siempre logré ser transparente. Tienes ese efecto en la gente.

            Es difícil explicar lo que uno siente, en especial cuando se le mete tanta cabeza. Al corazón lo que es suyo y que la cabeza no joda. O eso me gustaría pensar. Respondí a tu tímida pregunta con un par de palabras asustadas, escondidas entre las rocas de la realidad, detrás de las mochilas que acompañaban nuestro improvisado escenario. Realmente lo pasé increíble los días que estuvimos juntos, y no me refería solo a los que habían pasado recién, sino a todos. Cada día contigo fue una aventura, un recorrido de autoconocimiento, de cultura, de aprender, de jugar, reír, burlarnos de la vida toda. No creo encontrar una persona como tu en ningún lado, ni hablar de lo que hablamos, soltar carcajadas al viento sin preocuparnos de apariencias ni sociedades opulentas. De cada tanto en tanto nos mirábamos y sentía como los dos pensábamos lo mismo: Esto no puede ser para siempre. Creo que siempre hubo algo, ese je ne sais quoi que se interponía entre nosotros. Reconozco toda la culpa acá, por ser testarudo, duro, por tratar de mirar a otro lado cuando eso me hacía ruido y tal vez podríamos haberlo sorteado si lo hubiera hablado contigo. No lo se, pero no puedo dejar de culparme por ello, no puedo dejar de pensar en que habría pasado. ¡C’est la vie y que todo siga! No soy así, y ambos lo sabemos. Le daré mil vueltas al asunto, pensaré quien sabe cuanto tiempo sobre ti, tu humor inocente y negro al mismo tiempo. Fuiste vida cuando era lo que más me faltaba. Belle Epoque.

            Conversamos un buen rato, compartiendo abrazos que se sentían tan cálidos, pero tan tristes, que solo de pensarlo siento que mi alma se retuerce de pena. Nos sentamos a comer algo en un café cercano, por que la verdad es que no comíamos nada desde hace horas, y ambos necesitábamos descansar un momento nuestros pensamientos. Hablamos un poco más y por un segundo todo pareció normal de nuevo, como si nunca hubiésemos abierto esa caja de pandora que se mantuvo cerrada hasta ese momento. Tomamos un taxi a tu casa y recuerdo haber tenido que subir y bajar mi mochila mil veces por que siempre olvidaba algo. Tu respuesta siempre fueron carcajadas y una sonrisa que me decía torpe con ternura. Llegamos y tus perros saltaron encima tuyo, no creo tener memoria de una escena más entrañable entre un amigo canino y su dueña. Nos miramos una ultima vez y nos despedimos, sabiendo que aun había mucho que decirnos, pero las palabras nos evitaban, las expresiones se escondían detrás de nuestros corazones y la verdad tendría que esperar un par de días. Eventualmente llegaron, y calaron tan hondo como esperaba que lo hicieran. Al final nos dijimos adiós, sabiendo que para los dos sonaría como un hasta luego. Al menos espero que así haya sido.

            Tal vez en un futuro nos encontremos en un rendezvous que jamás planeamos. Escucharé a lo lejos una carcajada producto de un podcast irreverente, o tal vez tu escuches unos audífonos reproduciendo a Sulfjan Stevens, o a 31 Minutos. Podría ser viendo las noticias, un reportaje sobre el movimiento ambientalista que está generando revuelo en el momento y encontrarme con que lo lideras tú. Cherchez la femme. Tal vez nos encontremos bailando, en una suerte de deja vu. Lo más probable, en todo caso, es que más temprano que tarde,  hablemos nuevamente, como gente civilizada, sobre temas irrelevantes, contemporaneidades o formalidades varias. Espero que si me vez aburrido, cansado de la rutina y la monotonía de nuestro rubro, me recuerdes la joie de vivre, me cuentes de tu vida y vayamos por un café, o demos una vuelta por alguna montaña, siempre que tu rodilla y mi estado físico lo permitan. Esperaré expectante a que te rías de mi pomposa escritura o decirme que algo que hago no es para nada propio de mí: Quiero decirte que en poco tiempo ganaste el derecho de poder decirme eso.

Espero que si alguna vez lees esto, sea una sonrisa lo que inunde tu alegre rostro, y perdones mi impertinencia por revelar lo que, al menos para mí, ha sido de las intimidades más grandes que he vivido. Merci pour tout.

Tres de la Mañana

Es tarde y hace frío. La soledad me abraza como el único abrigo que tengo, además de un tibio recuerdo de lo que era mirar a esa persona mientras se quedaba dormida en el asiendo del copiloto, acompañándome desde su inconsciente en una breve travesía al mar, a la arena, a la brisa, a la paz propia que produce aquel conjunto. Es demasiado tarde ya, y hace mucho, mucho frío. Las estrellas, instaladas en el firmamento, juegan a emparejarse y formar figuras, como burlándose de que mi única compañía fuera una luna que me miraba lastimeramente. Yo también la miro de la con estos ojos agarrotados de tanto buscar y noto que de ella escurre un delgado río que cae sobre mi cabeza.

Como una lagrima eterna, los pesares lunares recayeron en mis hombros fatigados, agotados por cargar con esa mochila que mi cabeza no deja ir. El ruido de la noche perdió la voz y las estrellas que iluminaban mi camino fueron escondiéndose tras los velos grises de algodón y agua. El río de lágrimas seguía cayendo sobre mi cabeza y ahora eran las nubes las que me acompañaban en el largo trecho que faltaba para llegar. Un aullido canino sonó agudo, lejano, y mi corazón respondió con un susurro. La luna se perdió entre los nubarrones grises, como avergonzada de su intensidad, su pasión, avergonzada de ser diferente a las estrellas. Me pregunto si se sentirá sola sin mi compañía, así como yo añoro tanto la suya.

Buscando un poco de calor, abrí mi pecho con el puñal que me atravesaba la espalda y de adentro solo salió humo, olor a trapos quemados, un destello apagado. Miré al cielo noctambulo y entre las cortinas grises pude ver a la luna escandalizada, llorando. No lloraba por estar sola, ni por tu ausencia, ni por la mía. Tampoco por el fuego entre mis costillas, la herida en mi espalda o la pesada mochila que llevo a todas partes. Las lágrimas que derramaba eran por no saberse brillante, por no poder bailar sola, por buscar las estrellas y añorar su fulgor, sin saber que ella es la luz más brillante, la dueña de la noche, única guía en la penumbra nocturna para quienes pernoctamos de día para vagar de noche. La luna lloraba por no quererse.

Tanta pena, tanto dolor, el verse a un lago espejado y aborrecer su reflejo, distorsionado por su propia concepción de la realidad, por su visión viciada. La entiendo tanto, como quien se rodea de sombras en búsqueda de alguna compañía, para terminar sintiéndome más sólo de lo que estaba antes. No hay peor soledad que la compartida, esa que te alieniza, te hace sentir un extranjero, un inadaptado. Camus tenía tanta, pero tanta razón. A veces, nos falta estar un poco más solos, apartarnos, respirar profundo y confiar en que estaremos bien, en que yo estaré bien y no necesito a nadie para estarlo. Tal vez la luna no puede vivir con la soledad y no soporta que las nubes la separen de la tierra que ella tanto añora. O tal vez ella llora por que entiende que, tarde o temprano, ella será su única compañía. ¿Por qué más podría llorar la luna?

Manantial Azul

Abrí mi pecho
Y salió humo
Dolor negro
Un corazón deshecho
Trama y desenlace
En una frase
Carbón y leña
Combustible, combustible.

Haría rimas
De mis palabras
Compungidas
¿Pero para quién?
¿Para mí?
No me importa
¿Para ti?
Ya no existes

Canciones tristes
Eco de la voz
Que resuena
En mi cabeza
¿Belleza?
No lo creo
¿Horizonte?
No lo veo

El río
Que nace
En mi ojo
Derecho
Apaga
El incendio
De mi corazón
Agarrotado
Cansado
De palpitar
Sin más razones
Que para vivir

Si la vida
Fuera solo una
Quisiera por siempre
Dormir