sábado, 20 de febrero de 2021

Las Complejidades de la Era Informática

 

Después de un tiempo, no supe qué era lo que estaba buscando al otro lado de la pantalla. ¿Era a mí mismo? Apagaba y prendía mi celular una y otra vez, confiando que era la señal la que fallaba, o el aparato mismo. Tal vez había agotado los megas de un plan ilimitado, vaya a saber uno si no se equivocaron justo este mes, de este año, los de la compañía de teléfono. Me hablaba en voz baja que daba lo mismo, tenía que estar tranquilo, dejaba el teléfono lejos de mi alcance para dejar de buscarlo con las manos. A los pocos minutos buscaba una excusa para mirarlo una vez más y revisar si me había llegado alguna notificación. Nada. Bueno debe ser que tal vez se cayó Whatsapp. Todos saben que se si se cae uno se caen todos, si total, el dueño es el mismo. Miro la pantalla una vez más y solo veo mi reflejo embobado en la inescrutable pantalla negra de mi celular. Quien sabe cuántos milímetros de soledad, silencio y vacío. Capaces de conversar con personas al otro lado del mundo, y nadie parecía interesarse en mí.

 

No me aguanté y le mandé un segundo mensaje. Y por la ansiedad, con la inercia le mandé un tercero. El cuarto no lo mandé por que la vi en línea. Esas dos palabras de mierda que se alojan entre ceja y ceja, penetrando la sien y haciendo eco en los oídos. Se desconectó. No me quiere hablar. Bueno ya es definitivo, nada por que seguir peleando, son cosas que pasan, se hizo lo que pudo. Al menos tengo la tranquilidad de que hice todo lo posible, agoté los recursos, no me arrepiento de nada. Si tenía que acabar, ¿Quién soy yo para cuestionarlo? Uno está solo no porque sea insufrible, sino por que uno no se da cuenta de lo que lo rodea. Eso es, tengo a mis amigos, mi familia, no es tan terrible. Se conectó de nuevo, a ver si me habla. Me alojo, momentáneamente en otra conversación, le hablo a un amigo a quien le perdí el rastro hace meses, solo para engañarme y pensar que no estoy cual Penélope esperando a una Ulises que no me tiene ni en su mapa de ruta. Probablemente soy uno más entre miles.

 

Me está escribiendo. Mierda. Si me pone algo así como pidiendo perdón por no contestar en tanto rato o algo así, le digo que no importa, que ya está y nos pasa a todos, que a veces estamos tan ocupados en lo nuestro que se olvida uno del teléfono. Mentira, nunca en la reputísima vida he logrado dejar la mierda de celular a más de 17 centímetros de la Palma de mi mano. Bueno, ¿Y si se hace la loca? Así como que le da lo mismo, como que no se entera, como que no importa que alguien quede esperando una respuesta suya. No, así no. Si no me da una excusa creíble, y la demuestra fehacientemente, no le respondo. Así nomas, me aburrí de ser yo el que espera. Siempre así, ahora le toca a ella. ¿Ella me hizo esperar tres horas? Pues toma seis, y si me acuerdo. Tengo mejores cosas que hacer. Dejó de escribir. ¿Tal vez se arrepintió? ¿Le da vergüenza? No, no, no, yo sabía que los tres mensajes era un error va a pensar que soy un intenso, que cagada. No dale, ahí esta escribiendo de nuevo. Tomate tu tiempo, dime lo que quieras, te espero nomas, no te preocupes. Al menos dame una señal de que no estoy totalmente loco por esperar un mensaje tuyo.

 

Bueno y me respondió así como quien no quiere la cosa, se acabo todo, todo, todo. La verdad me da lo mismo, ni la quería tanto. El regalo que le pedí seguro se lo doy a otra, o a mi hermana si me apuro un poco. Ya estamos, ¿Me descargo Tinder y hago el loco un rato? No, ¿Para qué? Siempre lo mismo. Pongo modo avión el teléfono y me voy a vivir un rato. Ahora con tiempo tal vez vea una película y todo, que importa. Me escribió de nuevo. Esas son dos veces seguidas. ¿Qué hago ahora? Me dice que vayamos al café de siempre. ¿A las 5? Complicado, pero alcanzo. Si vamos, se le hecha de menos, además es muy simpática, lo vamos a pasar bien. Además es linda, me encanta, se que se lo he dicho, ¿Pero será suficiente? En una de esas mejor le compro unas flores, tal vez un chocolate. No, chocolate mejor no, si nos vamos a tomar un café mejor que no sea nada que se tome. Además, seguro la invito yo, las flores y el chocolate tal vez sea mucho. Son las 4.30, mejor voy saliendo. ¿No querrá que la pase a buscar? Me dijo que no, bueno quien sabe, tal vez anda por ahí cerca y quería caminar. Mejor llego un poco antes por si la pillo caminando, para acompañarla. Que bueno, me encanta este café, es un buen lugar para conversar y pasar un buen rato. Ya bueno, ¿Entonces le compro cuantas? ¿12 son muchas? Igual si, pero 10 parece como que me quede corto y menos es de tacaño. Eso, 5 girasoles se ven como mucho por qué son grandes, pero no tanto. Sería papelón si llego y no le gustan. ¿Te imaginas llego y se enoja? ¿Y si me quiere terminar? Nada, estoy loco, seguro estoy pensando demasiado.

 

¿Y si no?

Poniéndome al Día

 

No recuerdo cuando fue la última vez que pasé tanto tiempo sin escribir. Incluso ahora, mientras lo hago, no tengo una idea clara, ni motivación alguna que me empuje a terminar este relato. Tal vez ni lo haga. La verdad han sido meses difíciles, complejos, aciagos. Un periodo oscuro del que a veces es tan difícil rescatar algo. Y es que nos tienen convencidos de que debemos sonreírle al abismo, encarar el miedo y brillar ante la ausencia de luz, porque eso nos sacará adelante. No se confundan, tienen razón. Cada uno de esos consejos envasados, cada frase cliché, gastada y agobiada de tanto repetirse, cada exasperante palabra de aliento tiene un gran sustento en la realidad de las cosas. Ver el lado alegre de la vida da felicidad. El reflejo del atardecer en el edificio que queda frente a tu oficina, justo mientras vas saliendo luego de una jornada que se extendió más de lo que esperabas. Una canción que saltó de entre el aleatorio para animar un poco tu tarde. Un perro que espera al lado del camino y que se deja acariciar por tu mano cansad de teclear los mismos números, una y otra vez. La vida, queramos o no, está llena de momentos trillados que le dan sentido, que le dan consistencia y razón.

 

Les aseguro que cuando tomé mi teléfono y empecé a escribir, no pensaba en mandarme un párrafo motivacional estilo comercial de llame ya, esperando darle un vuelco a sus vidas y alegrarles la existencia. Me chupa un huevo. Yo quiero escribir, hace mucho no lo hago, así que perdonen si dentro de mi ser oxidado hay anhelos de esperanza, y que esto sea lo único que se me escape de entre los dedos para producir contenido. Realmente no me importa. Echaba de menos escribir y recordar cuánto me gusta hacerlo. Tal vez eso nos falta, forzarnos un poco, escapar de la rutina, romper el engranaje que nos tiene en línea y doblar un poco la fila para ver hasta donde llega. Quiero despertarme mañana, leer esto que escribo y sentir que lo hice otra vez, que logré escribir algo, que alcancé ese no se que tan intimo, tan mío, ese algo que me hace sentir propio. No me importa si a ustedes les gusta, esto es para mi, y lo publico por que tal vez ustedes necesitan saber que, a veces, está bien que no te importe el resto, que valga poco y nada la opinión de esos ojos observantes. Tal vez hoy en día nos sobra empatía y falta indiferencia.

 

Tal vez lo que nos falta es cerrar los ojos y escuchar el crepitar del viento pasajero, abalanzando el tiempo contra los rostros, haciéndonos sentir nuestros, propios. Ser sin pensar por qué, querer sin preguntar el fin, empujarnos al barranco y dar gracias por haber saltado en vez de solo dejarnos caer. Tal vez lo que nos falta es eso, apropiarnos de la desgracia, aprovechar estos tiempos aquejados por la incertidumbre y el dolor, tomar este afligido susurro y convertirlo en grito, en mensaje. Si tuviera que resumir lo que se de la vida ahora mismo, diría solo cuatro palabras: Estamos todos pal pico. Pero aún así, seguimos de pie, dándole, empujando, prestando la mano, soltando sonrisas como si la vida no costara vivirla. Y eso creo que es lo que más me gusta de todo esto, ver como la adversidad sirve de combustible, ver como enardece el fuego de los corazones y sentir el palpitar frenético e incansable. Nos enfrentamos a una realidad que solo se da cada cien años, y que esperemos nunca más se repita. Pero mientras dure, no dejemos de ser nosotros mismos. Creo que por eso quería escribir hoy. Para pedirles que sigan haciendo lo que les gusta, se empujen fuera del reconfortante lecho de la desesperación y le den vuelta la mano a la circunstancia. A la vida, hoy más que nunca, le falta gente para vivirla.

Y Más


La sonrisa que habita tu rostro, esa que nace transparente en tus honestos ojos, la misma que pincelea alegrías al voleo sobre la blanca tela de mi alma presta, alumbra el camino serpenteante que a veces recorro solo, preso del cavilar insufrible que revolotea en bandada sobre el techo de mi pensadero. Es en tu pecho donde descansan las secas lagrimas que llenan el vacío vaso de la existencia, gota por gota, grano por grano. Eres el remo que me acompaña al otro del río. Eres el suspiro que el viento libera sobre la copa de los árboles, el suave cántico que hace el viento al recorrer los recovecos de las montañas. El eco de mi torso en tu espalda, la calidez de tus brazos de lana, una bufanda de piel que reconforta el corazón rengueante. Eres todo eso y algo más.

 

El olor del pasto por la madrugada, el frío del rocío que se evapora bajo el tibio calor de alba. La iridiscente luz que atraviesa la neblina tenue, hilvanada con los pensamientos que se tejen en mi cabeza. A veces solo hace falta el atisbo de un color, tu personalidad tan amarilla, que contrasta con mi azul profundo. La mirada blanca limpia de penas las noches en vela, mientras tu manos entibian con su rojo fulgor el frío invierno que se cierne, intermitente, sobre las pestañas entrelazadas. Tu azul se vuelve océano, con el sol colgando bajo su crepúsculo, invitando a sumergirme en lo más profundo de las corrientes que albergas en la sien. Dentro de mi escafandra, eres aire, sol, lluvia, viento, tormenta y paz. Eres todo eso y tanto más.

 

A veces la distancia se siente eterna, las fotos opacas, los ruidos sordos y mis palabras saltan desde mis labios para morir en el profundo silencio en el que se ahogan mis pulmones. La fragilidad del sonido es abrumadora, especialmente en su ausencia. Son tus letras esquivas las que más ruido hacen, las que resuenan en mis témpano, vibrando incansablemente hasta el agotamiento. Tus frases con vergüenza, vocales sonrojadas, esas que disparas mirando hacia otro lado, son las que llenan de calor el pecho, redoblan el retumbar y dibujan sobre mi rostro bosquejos de emociones que no soy capaz de definir. Eres como la plácida calma entre la inexorable fragilidad del ser, los colores que se escapan del dibujo, el ruido de la madrugada, el frío al caminar por la calle, el ruido de las hojas secas, el olor a café. El crepitar del mar y las luces de la noche. Para mi eres todo esto. Todo esto y mucho más.

jueves, 20 de agosto de 2020

Campos de Trigo

    El techo de mi casa es un lugar cómodo para contemplar la inmovilidad del tiempo, la templanza de los árboles que mecen su copa acariciando el cielo como si se tratara de una barriga felina. Su bamboleo me recuerda al movimiento de balancear las piernas cuando uno está sentado y no alcanza el suelo. Un sentimiento de libertad, de movilidad absoluta, donde la gravedad juega a nuestro favor y nos fomenta el alborotar de nuestras extremidades que cuelgan como hilos amarrados a las rodillas. El rugir del viento me obligó a despabilar y agarrar mi gorra antes de que esta acompañara el alegre revolotear de las tórtolas que escapan a sus nidos bajo el tenue calor de esta tarde de invierno. Tan lejos como llega el horizonte, veo como un mar de oro cubre el fértil suelo que ha sido parte de mi familia por generaciones, desde tiempos que ahora son solo memorias recubiertas de polvo entre dos tapas de cuero. Descanso mis párpados y dejo que el viento restriegue el calor de mi rostro, hinche las ropas de aire y se lleve todas mis preocupaciones junto al polen. Asomo la cabeza y pienso en el día en que todo esto pasó a ser mío.

 

    Era primavera, las lluvias de invierno habían dejado barro a su paso y eso significaba que tocaba arar y preparar la tierra para plantar las semillas que nos entregaban altruistamente su vida para nuestro sustento. Mi padre siempre me decía que darle sentimiento a las cosas que hacemos no significaba que fueran a valer más. Yo estoy en profundo desacuerdo: Una vida sin el incesante ir y venir de los corazones, no es vida al fin y al cabo. Tal vez era mi deseo de ser escritor, o pintor, o cantante, o ser bueno para alguna de esas tres cosas. Creo que nunca me rendiré con ninguna, me agrada la esperanza que entregan los sueños. Ese día mi padre partió temprano al pueblo para comprar algo que faltaba, no recuerdo que era, pero me da la impresión que se trataba de café. Siempre ha sido impresionante la cantidad de café que consume mi familia. Más que nada mi papá, él tomaba mucho café. En realidad es lo único que tomaba. A eso de las cinco llegó don Antonio, el almacenero, para contarnos que mi padre había tenido un accidente.

    Corrimos hasta el almacén y lo vimos ahí, ya tapado por una frazada, de pies a cabeza. Mi madre se mantuvo recia y compuesta, como si hubiera sabido que esto podía ocurrir. No es que mi padre fuera especialmente viejo, creo que era simplemente el hecho de que le gustaba la vida, y eso a mi madre la mantenía tranquila. Al preguntarle a alguien que estaba al momento del accidente, me comentó que fue una situación muy extraña: Mi padre caminaba por la calle principal cuando se detuvo a mirar el horizonte, dijo una frase al aire que el transeúnte no logró agarrar y luego cayó el gran cartel que colgaba a la entrada del almacén de don Antonio. Falleció al instante, sin dolor y sin darse cuenta de que es lo que había ocurrido. Recuerdo que miré al horizonte y sentí como si ese fuera un regalo de mi padre: los colores pastel se entremezclaban con la polvareda que se levantaba en la angosta calle, enmarcando el atardecer recostado sobre el prado verde que se lograba encontrar al final del camino. Al día de hoy, dibujo atardeceres cuando los lápices me llaman, canto de tanto en tanto para alegrarme el alma y escribo palabra tras palabra hasta lograr hilar una idea. Todo esto me lo dejó mi viejo: La vida puede ser un camino triste, pero siempre será una travesía hermosa

Paseo Imaginario

    Una buena parte del tiempo la pasó dentro de mi cabeza, tejiendo escenarios que nunca pasarán, situaciones imposibles y coincidencias improbables. A veces una idea gira en mi cabeza como carrusel desbocado, dando vueltas hasta el agotamiento, siempre en círculos. Otras, las más veces para ser honesto, tomo un lápiz que siempre cuelga del techo y dibujo. Bosquejo con los ojos cerrados un paisaje surrealista, una escenografía ridícula. Pinceleo, por ejemplo, una cordillera que atraviesa el océano, con árboles creciendo en sus copas nevadas, todo mientras una imponente metrópolis crece de cabeza desde el corazón de las grises nubes que cubren un atardecer acaramelado. El sol deja el reflejo caminando sobre el mar, quieto. Algunas veces el lápiz es verde, y todo depende de la fuerza con la que aplique el color, el sentimiento, la forma, la textura. El sonido del grafito paseando sobre la blanca tela infinita del imaginario.

 

    A veces no tomo ningún lápiz, ni una brocha, ni pinceles. A veces tomo una cámara que dejo en un velador gastado y tomo fotos de lo que pasa en mi cabeza. Atardeceres llenos de viento, nubes que surcan los cielos, aleteando enérgicamente, migrando a climas más cálidos o más fríos. Me he encontrado con rostros, saludos, siluetas. Luces y sombras. Amigos y conocidos, y un poco de cada uno. Hoy, por ejemplo, cerré los ojos y vi una pequeña ventana, dejando entrar el tiempo, que corría deprisa. Dentro de su marco podía ver un alto edificio y las nubes corriendo a lo ancho del horizonte velozmente, apurando los minutos del alba al ocaso. Una silueta observaba lo mismo que yo, pero al otro lado del vidrio. ¿O tal vez era un espejo?

 

    Mis días favoritos son cuando prendo el tocadiscos. Casi todo el tiempo. A veces bailan letras que no salen de ningún lado, se improvisan unas sobre otras y descansan sus movimientos a destiempo. A veces son más ordenadas y salen claras, transparentes. Otras son solo un tarareo, un suave silbar, un tac tac de los dedos o un tom tom del pie. Puede ser un tac tom tac tac tom tom tac y terminar con un suspiro profundo. La coordinación no es lo mío, pero dentro de mi cabeza la teoría músical solo es una idea, nada más. Hay días que una canción se repite, una y otra y otra vez. What if, Bruises, Nos siguen pegando abajo, Muchacha ojos de papel. Mi novia tiene bíceps. Sí, yo tampoco me entiendo a veces.

 

    Creo que lo que más me gusta, es que podría tratar de escribirlo todo, y aún así no sería suficiente, porque ni yo mismo lo recuerdo. Creo que la parte que más me gusta es cuando despierto y todo lo que soñé pasa como una película en un segundo. Probablemente no lo recuerde luego de haberme duchado, pero la sensación de soñar, despertar y contemplar, no sé si se pueda comparar a alguna otra cosa. Y es por eso que me gusta escribir, a ver si algún día logro mostrarles lo que pasa por mi cabeza.

Somos Fuego

    La arena galopa suave y grácil sobre sí misma, en dirección sur, acariciando el mar con sus dedos, dejando la espuma marcada a su paso, saludando el vaivén de la marea que, bajo el plateado brillo de la luna, decora el silencio que nos rodea, reconfortante. El crepitar de las olas toma la mano de la brisa y se eleva de cada tanto en tanto, saludando bruscamente las rocas que se presentan a su paso, decorando la claridad de la noche alunada con pequeñas estrellas de sal. Las nubes acobijan la regordeta luna, que descansa su mirada maternalmente sobre nosotros, conmovidos por la conjunción de sonidos, olores, sensaciones. Ebrios de vida. Adictos a sentir. Felices de ser. Siempre expectantes a la siguiente maravilla que se cruce entre el firmamento decorado por nuestros sueños. Guardamos silencio por miedo de asustar el horizonte con palabras huecas, llenas de ecos egoístas. Cerramos los ojos para escuchar mejor y sentir el palpitar. Abrimos nuestros corazones para vivir un poco más fuerte.

domingo, 26 de julio de 2020

Calma Marina


Ligeras pinceladas de sol descansan sobre la tensión del mar, bajo la mirada atenta de un sol sonrojado, meciéndose al ritmo de la brisa y su aliento cargado de sal. Aves marinas surcan el paño azul, estrellando un cielo amermelado, colorado por el calor que se camufla entre la intermitente ventolina. La tímida arena besa de cuando en vez la blanca espuma con que el oleaje la acobija, mientras a lo lejos dos caminantes dejan desnudas huellas sobre la marea, destinadas a desaparecer junto a la fugacidad propia de la existencia, permaneciendo para siempre en la memoria de cada grano sobre el que descansaron sus cuerpos trenzados. El regusto de sus pies será recuerdo perenne en los oceánicos labios que abrazan a su paso. Sobre ellos el agotado firmamento empieza su peregrinar y los cuerpos celestes se vuelven cobrizos, burdeo, tímidos. Antes de darme cuenta, las siluetas caminantes se acurrucaron en la oscuridad de una playa, iluminada por una sonrisa lunar torcida, una mueca divertida. Arte natural.

Los minutos pasan frente a nosotros rápidamente, como si quisieran terminar su sexagesimal vuelta solo para atrapar en el rabillo del ojo tu perfil una vez más. Sonrío y entre la calma, como si estuviesen acechando este momento para escapar, mis pensamientos salen a caminar sobre la estela que dejaron elegantemente las gaviotas, como trapecistas bamboleantes, bailarines saltimbanquis. Siempre sentí que arrastraba los pies a lo largo del calendario, olvidando que cada día era una maravilla distinta, sentía el sopor de las semanas, la rapidez de los meses, años que pasaban como si estuvieran ordenados en línea, listos para saltar al vacío. Días eternos y semanas apuradas, demasiadas horas y muy pocos minutos. Cierro los ojos un momento para atrapar mis emociones antes de que se fuguen traicioneramente por la ventana, esperando que las tribulaciones calmen, que el nudo se acomode en mi pecho y el frío vuelva a mi sien, pero el calor de tu mano sobre la mía es la llave que abre la jaula en la que guardo mi cabeza. Abres la puerta de mi pecho y ves el cristal fragmentado que alberga estas emociones. Y después me das un beso en la mejilla, entendiéndolo todo.

El nudo se desata, la compuerta se abre permisivamente y mis pensamientos transitan tranquilos sobre nosotros, revoloteando traviesos y haciendo piruetas para entretenernos. Veo como los tuyos salen al baile, pintando el oscuro velo que nos cubre, transformándolo en la Noche Estrellada con sus espirales delicadas y pinceladas precisas. Tomas todo el escenario, haces un desplante completo mientras yo observo esta obra, perdido bajo el sonido de cada una de tus palabras, embelesado por las ideas que escapan tan ligeramente, con tal armonía.  Tus ojos verdes sonríen y me doy cuenta que me miras de verdad, sin pantallas ni disfraces. Descansamos la mirada sobre el horizonte perdido entre azules y solo escuchamos la sonata que nos prepararon el mar y la hojarasca crepitante de su oleaje. Tu cabeza descansa sobre mi cuello y dejo caer suavemente mi mejilla. Un abrazo nos presta el calor que a poco empieza a hacer falta y ambos cerramos los ojos bajo cómplices nubes costeras. Supongo que a esto se refieren cuando hablan de silencio.

miércoles, 1 de julio de 2020

Las Ventanas

Las ventanas dejaban entrar una luz tenue, cansada, un poco de invierno sobre las paredes blancas que se tintaban amarillas mientras la tarde se consumía entre nuestras palabras calladas. Tú estabas ahí, leyendo algún libro que hoy no logro recordar, mirándome como si cada marca en mi rostro te pareciera una historia fascinante. No se si en realidad sepa que libro se supone que leías, no recuerdo haber hablado de su contenido, o el autor, o la ilustración de la portada. Habían cosas más importantes de las cuales hablar. La brisa entraba tímida a la pieza donde estábamos contemplando la existencia, meditando de la vida en silencio, aprovechando la compañía que nos brindábamos mutuamente. A veces siento que el silencio, en su justa medida, permite que un momento dure para siempre. O al menos así se siente cuando recuerdo esa tarde junto a ti. Tanto fue lo que no nos dijimos ese día, pero que gritamos con el pecho abierto como si se tratara de un libro tapa dura dispuesto a ser leído eternamente en silencio.

Puede que haya sido la quietud, o la luz que vestía con su velo tu blanca piel, cansada. Los pájaros se paseaban en el jardín, justo afuera, y mi memoria imagina una loica caminando curiosa mientras el silencio nos carcomía. Yo era muy inmaduro entonces, y no supe apreciar lo que significaba, el valor que tiene el compartir la ausencia de sonido, la paz que solo algunas personas pueden entregarte de manera tan incondicional como hiciste tú. En esa blanca habitación, de la que tan pocos recuerdos tengo, te tengo a ti, acomodando tus almohadas bajo el atardecer andino, esa brisa fresca colándose entre las ventanas y tu sonrisa perenne diciéndome que todo estaría bien, por que así eras tú, protegiéndome hasta que tu cuerpo se rindiera, cansado.

Ya se hacía tarde y tenía que volver a mi casa. Quería hacerlo, me sentía incómodo y ese lugar me hacía sentir ansioso. Nunca me han gustado las clínicas, su olor a anestesia y la sensación de que todo el mundo te esconde algo pensando que es lo mejor para ti. Me daba pena dejarte allá, pero no podía hacer otra cosa, estabas tratándote y peleando contra una enfermedad de mierda, que solo ya más adulto entiendo lo que significaba. Todos esos cambios de humor, tu cansancio, la pena que te rodeaba, la tensión en las comidas familiares, la sensación de pesar en mis hombros, que no era mía realmente. Aunque yo no entendiera lo que pasaba, sabía que algo no estaba bien contigo y creo que por eso no me portaba tan bien cuando me lo pedías, o era desobediente, hasta irrespetuoso. Dicen que no hay nada tan cruel y a la vez tierno como un niño.

Te lloré como no recuerdo haberlo hecho nunca. Suelo ser súper abierto con mis emociones, en especial la pena, no me avergüenza llorar en público o contar que es lo que me entristece. Contigo fue distinto, lloré en soledad, hacia adentro. Te lloré para ti y para mi, para nuestro silencio que solo vengo a entender tantos años tarde. Me sentí culpable de nunca haberte aprovechado como otros si lo hicieron, de mirarte de reojo, hacerme el desentendido, de no buscarte. Eras increíble, fuera de serie, un personaje de libro, las conversaciones que tuve contigo están marcadas a fuego en mi memoria, y se que jamás las voy a poder recordar con el ahínco que me gustaría haberlas vivido. Tu risa espontánea y la inocencia que a veces se te colaba entre tus longevos años. Y hoy estoy acá, recordando esa tarde que seguro fue solo un momento entre tantos otros que compartimos, pero que ahora resalta con el mismo brillo que te rodeaba ese día. Ahora cada vez que veo esas habitaciones blancas, esos edificios solemnes llenos de silencio, recuerdo los colores con los que llenabas la pieza cuando te venía a ver, y me doy cuenta que ese blanco de las paredes es solo un lienzo esperando para ser decorado. Creo que ahora no me molestan las clínicas, su olor me recuerda a ti y tu sonrisa pintada en la ventana.

La Verdad

La verdad se esconde
Entre palabras majaderas
Largas confabulaciones
Maquinaciones insinceras

La verdad se aventura
Trémula y nerviosa
Hacia tus tibios oídos
Esperando la leas en prosa

La verdad se escapa
De esta tímida boca
Esperando que entre la brisa
Distingas la honestidad loca

La verdad te busca
Y ahora está contigo
Llegó para quedarse
Abrázala y dale abrigo

Y por favor te pido
Que me creas que es verdad
Si me tiemblan las manos
Y se me olvida rimar

A veces digo mucho
Que siento que te abrumo
Y significa tan poco
Que siento que te aburro

Se que soy bruto
Y hablo a tropezones
Pero es que le tengo miedo
A las malas impresiones

No por que me importe
Lo que piensen los demás
Sino por que me quieras
Me quieras de verdad

Una Décima pal Flaco

Tanto la guitarra negra
Como su cuerpo escuálido
La voz con tono cálido
Que su música integra
Entristece y alegra
Con su sonar particular
Imaginario de juglar
Inventó la armonía
Con singular melodía
Que agradezco al cantar

martes, 23 de junio de 2020

Colores (o como verlos)

Como si fueran dos amigos de toda la vida, estaban sentados uno al lado del otro en el parque que queda en la entrada de la calle donde ambos viven, cada uno en su casa, cada uno con su familia. Uno con 9 años y una vida por delante, el otro con 74 años que se escaparon lentamente de sus ojos para nunca volver. Cada uno alegre a su manera, ambos vivos, enérgicos, ocurrentes. La imaginación del pequeño resuena en la conciencia curtida del adulto mayor, las palabras meditativas retumban sobre el enclenque telar en el que camina el pequeño. Una tela blanca que se colora día a día, en cada instante, percibiendo detalles, movimientos, rayos de sol, gotas de lluvia, rocío y estrellas. A su lado, un caballero que lo observa como si fuera su propio nieto, con la sonrisa de quien conoce hacia donde llegan los que piensan como el pequeño, los que crean castillos en el aire y escaleras de viento para llegar a ellos.

El chico se enteró hoy que el caballero era ciego como un topo, que los colores para él eran solo estela de memoria, fragmentos de recuerdo. Al tratar de explicarle al pequeño como había sucedido, no supo dar a entender que fue algo que le pasó con el tiempo, parte de la naturaleza. No quería asustarlo tampoco, evitaba afrontarlo desde tan joven a lo efímera que puede ser la salud, la fugacidad de la juventud. No era momento, aún, para desteñir la brillante imagen que el niño tenía de la vida. Así fue como, sin darse cuenta, el pequeño le empezó a intentar describir lo que ambos estaban viendo, este parque que conocía tan bien como el rostro de sus hijos, sus nietos y su querido perro. Una sonrisa se dibujó en su alma y un sentimiento de sorpresa se le escapó por la garganta. La motivación del niño lo enternecía, pero también le generaba curiosidad, así que le siguió el juego, esperando a ver el parque una vez más, después de tantos años.

Bueno, a ver, primero que nada - Primero que todo - Eso, primero que todo, el cielo es azul. Azul es un color como, no se como explicarlo en verdad. ¿Libre? Es como si tomaras un pájaro y lo dejaras volar. ¡Igual que el mar! Pero distinto. A veces el azul es más claro o más oscuro - ¿Y que es oscuro? - ¿Cómo que no sabes lo que es oscuro? No se como decirlo. Es muchas cosas juntas, como si todo se apilara, como... ya se, mientras más oscuro, es más todo. El blanco es limpio, es simple, es algo desocupado, ordenado, lo oscuro, el negro, es todo lo contrario: Imagina un nudo, como si todo en tu cabeza se enredara e hiciera un solo gran nudo. Eso es el negro. Ahora, todos los colores se pueden mezclar con blanco y con negro. ¿Ves? - Creo que voy entendiendo - Por ejemplo, de noche, el cielo es muy oscuro, es como si todos lo que las personas pensaron durante el día se escapara a descansar allá arriba. Mi mamá dice que las estrellas son donde los pensamientos se van a descansar de nosotros.

Después, tenemos el pasto. ¿Ha caminado alguna vez sobre el pasto sin zapatos? ¿Por qué se ríe? - No es nada, recordé que hace tiempo no lo hacía. Pero si, si he caminado descalzo - Bueno, el pasto es verde, y se ve todo como si fuera un solo color, pero si te acercas, puedes ver como son muchos verdes distintos. Hay unos más claros, otros más oscuros. Ya expliqué lo que era claro y oscuro, ¿Cierto? - Si, y lo entendí a la perfección - Ya, igual. El verde se ve como, como viento. Eso es, el verde es color viento - ¿Cómo color viento? - Es que es un color que está en los bosques, en los árboles, y cuando hay viento, todo lo verde se mueve. Por eso, se siente como viento. Además, a veces, puedes escuchar como los árboles cantan. Y encima del pasto hay flores, de todos los colores. Pero todos los colores separados si, no como el negro- ¿Cómo así? - Bueno, está el amarillo que es muy cálido y me recuerda a los rayos del sol. El naranja, que es como el amarillo pero más tibio, y dan ganas de darle un abrazo. También hay rojas, que son como el corazón, son fuertes y cálidas. Hay rosadas, que son más frescas y claras. Mis favoritas son las azules, por que es como si un pedazo de cielo se hubiese quedado en el pasto esperando a salir volando.

¿Y cómo me veo yo? - Usted es viejo - Muchas gracias por notarlo, no me lo decían hace tiempo - ¡Perdón! ¡Se me olvidó que mi mamá me dijo que es de mala educación!¡Perdón, perdón! - ¡No te preocupes pequeño! En decir la verdad no hay engaño. Ahora, sigue contando que es lo que ves - Emm, usted está vestido con una chaqueta café. El café huele a mis papas, a desayuno y a tardes de invierno, esas con mucho frío y lluvia. También tiene un pañuelo negro, con rombos rojos. Los rombos son como cuadrados cansados de estar parados, entonces se van un poco para el lado, por que les dio sueño. Además tiene unos pantalones color cielo y unos zapatos cafés, pero más claros, como mi perro. El café claro es un color de perro - Bueno, ¿Y yo, qué color tengo? - Usted tiene el pelo blanco, como desocupado, la piel rosada pero más blanca que la mía. Yo soy más como mi perro - ¡Que risa! ¿Y te gusta ser como tu perro?- ¡Si! El juega y come todo el día, y cuando hace frío siempre está tibio, perfecto para acurrucarse con él - Que bueno, niño, los perros son los mejores amigos que uno podría tener.

Ya debe ser tarde ¿No? ¿Por qué no vuelves a tu casa? - Es que yo ya no puedo volver - ¿Por qué? ¿Por qué pones esa cara, chico? ¿Hiciste algo malo? Si quieres puedo hablar con tus papás y contarles lo feliz que me has echo todo este rato mostrándome los colores de la plaza - No, es que, no es eso. Ya no vivo en la casa que usted conoce - ¿Cómo no? Pero si te oí salir, incluso saludé a tus padres, somos vecinos desde hace tiempo, si hasta conoces a mis nietos. ¿No me digas que te cambiaste de casa y no me di cuenta? - No, mis papás siguen viviendo donde mismo, en la misma casa color corazón con ventanas cielo y un jardín de viento - ¿Entonces que es lo que pasa? - Don Emilio, usted tampoco puede volver a su casa - ¿Qué estás diciendo? - Es que, es difícil de explicar. Es más difícil de mostrar que los colores. Además, ustedes los adultos no toman bien estas noticias - Cris ¿Qué estás queriendo decir? - ¿Se acuerda que hace un año se juntaron muchos vecinos, guardaron un minuto de silencio y todos lloraron un poco? - Si claro, fue una ceremonia muy linda, muy triste, porque había muerto el hijo de un vecino del barrio y todos nos pusimos de acuerdo para honrar su memoria, apoyar la familia y unirnos un poco más como comunidad. ¿Qué tiene que ver eso?

Cristóbal, dejando escapar un par de lágrimas de sus ojos color desayuno, con pena, culpa y frustración, apuntó al costado del parque, donde había un grupo de gente reunida. Don Emilio lograba reconocer algunos: Los vecinos que ponían música hasta tarde, los que discutían después de comer, los niños que jugaban con su perro tirándole una pelota de tennis y después sacándola entre los barrotes de la reja. A sus hijos. Sus nietos. Los papás de Cristóbal. Todos lloraban. Lloran. Entendió que es lo que pasaba, frente a sus ojos, sus inútiles y agotados ojos. Cristóbal lo miraba con pena, con culpa, con vergüenza. No sabía que decir, y lloraba a mares. Desamparado, como quien intenta disculparse de corazón, pero no encuentra las palabras y termina desvistiendo el alma a través del llanto. Emilio, tratando de asimilar que es lo que estaba pasando, volvió su rostro y miró al pequeño que estaba echo un manojo de mocos y lagrimas, tratando de no hacer ruido, sollozando para adentro, intentando no molestar, ahogándose en la impotencia de no poder hacer nada. El viejo tomó su mano y le revolvió el pelo ocupado que le cubría la cabeza.

Cristóbal, pequeño canalla. ¿Llevas todo este rato tratando de hacerme más fácil esto? ¿Te ingeniaste lo de los colores para dejarme ver este increíble parque una vez más? Vamos Cris, deja de llorar por favor, que o sino me vas a ver llorar, y nadie quiere ver a un viejo decrépito haciendo pucheros - Mi mamá siempre me decía que llorar es como abrir la llave del agua y dejar que todo lo malo salga de la cabeza - Tu mamá tiene mucha razón, ojalá hubiera sabido eso antes. Tantas veces que quise llorar y no lo hice por no querer molestar. ¿Ahora vienes tú, travieso, a enseñarme esto, a estas alturas? Bueno, creo que nunca es demasiado tarde para aprender a llorar - Venga, Don Emilio, tenemos que irnos -¿Tan luego? Al menos pude verlos a todos una última vez. ¿Estarán bien?- Muy bien, tuvieron un gran padre y abuelo. Y no se preocupe por su perro, el hace tiempo sabía que esto iba a pasar – Con razón los últimos meses ha estado tan regalón, y yo que pensaba que era por haberle cambiado la comida. Espero que mis hijos lo cuiden mucho – Además, esos dos chicos seguro le alegrarán la vida. Usted tranquilo – Estoy listo. ¿Puedo tomarte la mano? - Por supuesto, no se preocupe, yo lo acompaño. Si quiere, le sigo contando sobre los colores. ¡No se ría, se lo digo enserio!