miércoles, 15 de marzo de 2023

Mató

Dale, a ver, respóndeme unas preguntas. Estamos solos, nadie nos molesta. Si, es tarde y mañana trabajamos, pero chao, no va a ser primera vez que estemos cagaos de sueño en la pega. Tampoco va a ser la última, seamos realistas.


Si bueno puede ser, pero igual es tarde. Son las una y media de un miércoles, ando acostado en la cama webiando con el teléfono, como si me sobraran horas de sueño. No se si es lo mejor la verdad. Por algún lado leí que a más gente le pasa lo mismo, como una forma de sentir que el día no se pierde entre tanta pega.


¿Como así?


No que, como lo explico, que como trabajamos todo el día, nos quedamos hasta tarde webiando con el teléfono para tener la sensación de que ese tiempo es nuestro, de que tenemos tiempo libre, cuando en verxad lo que hacemos es comernos horas de sueño.


¿Y tú teniíclaro esto? Pero lo hací igual


Bueno es como decirle a alguien enojado que deje de estar enojado, o a alguien triste que se alegre. Obvio que saben que hay que desenojarse, o ponerse contento, pero no es como llegar y hacerlo. 


Bueno, entonces démosle a la idea, formato entrevista ¿te tinca? 


Ya dale demosle. Pero para ¿esto es como entre nosotros nomás? ¿O es como para publicarlo en el blog después? No es que sepa si alguien lo va a leer o no, pero puta, no puedo decir cualquier wea si va para allá ¿cachai?


No, si, dale. Que vaya pal el blog, pero es solo entre nosotros.


Pero weon así no puedo. Si querí que vaya pal blog me tení que avisar antes. Que me maneo. Como que me baja la wea y empiezo con las palabras largas, describo harto las weas y como que sale en prosa ¿cachai?


Ya pero weon, no lo hagamos tan difícil. Es la misma wea que hablarle al espejo, esa conversación en la ducha o las conversaciones inventadas en el auto cuando manejai solo.


Pero weon, eso es distinto po. Además, me estay dejando como loco po, de esquizofrénicos está wea.


Bueno si, pero que tanta wea estar loco. Si al final, al menos somos dos. Ósea uno. Puta, ya me perdí weon.


Pico, mató.


Mató nomas.


Si, chao, mató.

Pueblo Hundido

Las ruedas de un Tiggo prestado abrasan una carretera cubierta de polvo, de espacio, de distancia. Desde el mar a la cordillera es solo un momento, un pensamiento, un hilo de conciencia que separa todo lo ancho de un país entero. Solo el gris pavimento resquebrajado por el tiempo y sus pasajeros, por camionetas y camiones, cargas y descargas, ires y venires. 


Las historias deambulan suspendidas sobre la árida brisa de Atacama, existen como absolutas ermitañas, lejos de ondas de radio y antenas celulares. Recorren caminos donde la única compañía son los ojos de gato que pasan a una velocidad impredecible, aunque a veces se esconden dentro de la boca de lobo que puede volverse la noche.


Montañas peinadas por la erosión del viento, moldeadas a su deseo, con gesto sublime, insistente, primigenio, elemental. La naturaleza que parece muerta mientras vive, un bosque silente bajo la arena, un ecosistema que se desarrolla detrás del velo invisible, agazapado, esperando la oportunidad correcta, el momento en el que el rabillo del ojo humano se despista, para aparecer intempestivamente lejos, pero tan cerca.


Detrás de cada rincón, luego de un vaivén de curvas, de un sube y baja de arena, se encuentra un valle homónimo, Pueblo Hundido. Hogar de historias antiguas, de minas cerradas, salares virgenes y lagunas coloridas. Habitan flamencos andinos, Condores y zorros cumpeos, entre tanta naturaleza que escapa al ojo erudito, del cual por cierto carezco.


La noche ilumina la tierra con su glotona luna, adornada con guirnaldas de estrellas, bufandas de constelaciones, un arete de Júpiter, con su collar de lunas. Un observatorio contempla lo lejano, acerca cada vez más los astros, encerrados dentro de nuestra propia pupila, por un momento, por un instante. 


Y es allí, en ese lugar, donde he llegado por un azar preparado meticulosamente por el destino, es que me encuentro, cara a cara, con el sueño tranquilo, con la calma deseada, con el descanso tan esquivo. Una paz que solo te puede dar un lugar tan mágico, tan ajeno, tan apartado como el norte de Chile. 


El silencio se vuelve vida, las estrellas se despiden en degradé, la luna se afirma a los primeros rayos de sol y las nubes se desperezan para empiezar su emigrar. De entre la iluminada oscuridad emergen dos cordilleras hermanas, las que sostienen un breve intercambio de ecos. Inhalo el primer aire de la mañana, el sabor a montaña empapa mis pulmones y dejo escapar un halo que se difumina sobre los techos de zinc. Por primera vez en todo el viaje, pienso que si llegase a fallarme el Tiggo, no sería tan malo.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Una Hora

De la vida siento que ya he escrito mucho. Al menos, demasiado. Especialmente para alguien que no ha vivido nada. O al menos eso creo. Recurrentemente acudo a la figura de darle una explicación a la vida, que necesita un sentido, que va para algún lado, que tiene que tener un objeto, lo que hay después, lo que hubo antes. Grandes preguntas que, honestamente, no se si me inquietan de sobre manera. La vida es solo eso, es un estar inexorable, irremediable, en el momento que se deja la vida, ya no se está.

Pero hay cosas que quedan. Incluso después de que la vida se fuga en un último adiós, el acabado aliento de quien exhala sin esperar inhalar una vez más. Los cuerpos dejan huella. Puede ser una planta, un hijo, un libro. Pueden ser historias, un edificio, un hecho histórico. Puede ser daño. Vaya que si puede dejar dolor. 

El dolor del cuerpo deja cicatrices que han de ser escondidas del sol, para evitar que su marca sea permanente. No siempre se logra. También hay cicatrices que abundan por dentro, de esas que siguen sangrando por años. Existen heridas que dejan cicatrices que se vuelven a palpar cada vez que alguien nos toca el alma. Esas son las cicatrices que más temo dejar. Las invisibles heridas del ser.

Les mentiría groseramente si dijera que no he dejado alguna, o que ignoro haberlo hecho. Todos sabemos por donde pasa el filo de nuestra personalidad, ya sea de forma sincera, inocente y pura. Lo que ignoramos es si lo que queda al paso es una superficie suave, sedosa, cuidada, o un corte seco, profundo. A eso le tengo verdadero terror. 

Tal vez en realidad es miedo a que la gente piense que me agrada hacer daño. Puede ser mi habito evitativo, mi repulsión al conflicto. He pensado que tampoco me agrada la sensación de hacer daño. 

Perdón, casi he hablado sólo yo, y parece que ya termina nuestra hora. ¿Le parece si nos vemos dentro de una semana? Puede agendar con Teresa nuestra próxima sesión. Me da la impresión que los jueves en la mañana tengo libre, si es así, y le parece bien, podemos coordinar para entonces, y hablo con Teresa para que le tenga preparado un café. Muchas gracias por abrirse tanto esta sesión, siento que vamos avanzando. Después vemos lo de la transferencia, le mando una boleta por WhatsApp.

Perpendiculares Paralelas

Quedaron de juntarse en el camino, lo cual, al ojo, sería por ahí cerca de Plaza Perú. Él llegó caminando mientras ella esperaba, aunque para ser honestos, él no sabía donde estaría ella, caminaba alternando la mirada entre el horizonte y Google Maps, sin ninguna otra certeza más que la de encontrarla en alguna parte. A lo largo de esos audífonos blancos, cuyos cables se enredaban cada vez que entraban y salían del bolsillo, sonaba Sweet Nothing de Taylor Swift. Algo del último disco de esa artista que ella en algún minuto le mostró. Algo nuevo por algo viejo.

Cuando cruzaron la mirada, ninguno de los dos supo bien cómo reaccionar. Él solo atino a hacer un gesto exagerado con la mano, y ella no supo reconocer su silueta sin los anteojos. Se saludaron incómodamente, sin saber donde correspondía poner los brazos, y luego de un par de gestos atolondrados, caminaron hacia ningún lado. Sin darse cuenta terminaron en una heladería. Los audífonos en el bolsillo se encontraban ahogados en silencio, sin emitir un solo ruido, muertos de ganas de gritarle a ella que él estaba escuchando esa música que siempre dijo que no le gustaba, esa que a ella le encantaba, esa que él ahora no puede dejar de escuchar.

La heladería fue un chiste, ninguno quería pedir primero, los dos querían pagar. Ya con el helado en la mano, no encontraron ningún mejor lugar para sentarse que una escalera a la entrada de un hotel, de dónde sabían que pronto serían echados, ya no eran horas de estar vagando. Así las cosas se pusieron rápidamente al día, recordando sobre hermanos, perros y amigos. Hablaron un poco de sus trabajos, como si cada uno de los temas fuese una casilla que debía ser chequeada. Todos, menos ese tema que ambos evitaban cuidadosamente.

Estamos de acuerdo que decir “donde hubo fuego, cenizas quedan” no es más que un cliché pasado de moda, una frase gastada y manoseada. Pero no es menos cierto reconocer que de cada tanto en tanto es la única forma de abrazar completamente el sentimiento de un instante. Las miradas se cruzaban con ganas de quedarse tomadas de la mano, analizando, observando, recordando los colores que habitaban en el otro. Los dedos hormigueaban con ganas de tocarse, mas el impulso no era nada más que eso, un instinto atrapado en el miedo, y tal vez en el orgullo.

Una vez terminado las preguntas, agotadas las excusas, intercambiaron los adioses respectivos, dándose un beso donde ninguno de los dos quería, con un abrazo que los separaba más de lo que los unía. Así, se despidieron sin saber cuándo volverían a verse. Él miró hacia atrás, para darse cuenta que ella no lo hizo, y se tragó con vergüenza las ganas de correr a sus brazos. Ella era más fuerte, tomó su mochila, una mujer independiente, que no necesitaba a ningún hombre en su vida. Una mujer que, a pesar de todo, lo quería a él, y no se atrevió a decirlo.

Él se puso sus audífonos y escuchaba Taylor Swift con una lágrima en la garganta, pero el corazón un poco más tranquilo. Ella por su lado, caminó preguntándose que haría para con todo eso que le generaba tanto miedo decir. Ambos se imaginaban compartiendo los audífonos de él, escuchando la música de ella, mientras caminaban en direcciones opuestas. A veces las cosas son así, o al menos así creo que fueron.

Hay veces que a los lápices se les acaba la tinta, y las páginas que estaban destinadas a ser escritas, quedan en blanco, prístinas, silentes y tristes. Se pierde el hilo de la historia y se cierra este capítulo incompleto. Se toma un nuevo lápiz, un nuevo cuaderno, se cruzan los dedos, se prenden velas y se toca madera, todo esperando que finalmente al terminar el cuento, el autor pueda colgar sin vacilar ese punto final.

sábado, 18 de febrero de 2023

Dum Spiro Spero

Ela estaba sentada sobre el viejo tronco a las afueras del pueblo. Sus sandalias gastadas se balanceaban sobre el anaranjado tronco de aquel alerce milenario. Sus tobillos frágiles eran las raíces de dos piernas enérgicas y delgadas. Su angosta cintura hacia juego a una complexión menuda, propia de su casta. Con una mano jugaba rizando su cabello negro, mientras la otra se suspendía en el aire, ligera, la muñeca derecha dibujaba un movimiento certero y armonioso.

Era de noche y la oscuridad refugiada tras las sombras del bosque, cuyas siluetas eran dibujadas por la lejana luz del pueblo, solo dejaba entrever lo que sucedía bajo las ramas que nos protegían del manto estrellado.


Luceo non uro - dijo Ela, mientras cesaba el movimiento de su mano, tensaba sus escuálidos músculos y escondía sus ojos cafés debajo de dos palidos párpados.


Al instante, las venas de la mano de Ela brillaron fuertemente, y drenaron hasta la punta de su dedo índice, desde donde floreció una pequeña flor de un amarillo intenso, iluminando finas facciones, elegantes trazos y el sudor que escapaba de la frente de mi amiga. La magia no lograba ejecutarse sin esfuerzo.


¡Ela! Sabes que no debemos practicar Magia sin la presencia de algún miembro del Congreso, si nos encuentran podrían desterrarnos.- Si bien sabía que mis palabras estaban llenas de razón, también tenía claro que los oídos de Ela estaban absolutamente sordos a cualquier argumento. Era su primera vez experimentando el calor de hacer la luz, y la adrenalina la protegía del frío nocturno.


Silentium Noctis. - Conteste enojado. La luz que emanaba del índice de Ela fue ahogada por una veloz sombra que escapó de mi palma, y rodeó en un abrazo asfixiante la flor, hasta que esta se marchitó y cayó al suelo, apagada.


No solo Ela nos había expuesto a ambos a la sanción más grande conocida en nuestro pueblo, sino que además me obligó a cometer el mismo delito para evitar cualquier castigo. Miré su rostro entre la tenue luz que dejaban pasar las ramas, y solo vi una sonrisa pícara, propia de quien ha conseguido lo que quería.


Antes que pudiera reprenderla por lo irresponsable que estaba siendo, un fuerte rugido se escuchó desde lo más profundo del bosque, y una sensación helada me dejó paralizado. Miré a Ela, sentada aún sobre el tronco de alerce, y sus ojos estaban empapados en pánico. Un ruido sordo de ramas rotas y veloces crepitares llenaron todo el silencio que los árboles guardaban religiosamente. Por esto es que estaba prohibido hacer Magia.


Antes de poder lanzar un grito de auxilio, antes de poder dar aviso de lo que venía, sentí como una garra cálida se arrastraba sobre mi pierna, hasta llegar a mi cuello, y mi voz pasó a ser solo un eco ahogado. Por el rabillo del ojo puede ver a Ela siendo consumida por la oscuridad que brotaba de la tierra. 


Al caos le siguió el silencio, a la noche el alba, y el rocío se vio interrumpido por los pasos de todo el pueblo, buscando el paradero de Ela y Roa. No había ningún rastro. Después de la hora de almuerzo, los intentos por encontrar a los dos chicos fueron superados por una pena que invadía a todo el mundo. Todos los rumores decían lo mismo: Mors Atra.

Algo Tarde

Estuve pensando, cuánto trabajo hicimos para que todo funcionara. A veces es difícil darse cuenta que, desde el otro lado, probablemente, también se estaba llevando a cabo una tarea titánica, una lucha olímpica entre el ego y el amor, entre lo que se piensa y lo que se siente, lo que se quiere y lo que se puede. Y a veces, algunas veces, no es suficiente.

Los esfuerzos que se hacen, el desgaste, la lágrima, el cariño, el pesar, la pena, angustia, dolor, incertidumbre. Todo eso que uno calla, lo que uno dice sin decir, incluso lo que se grita desesperadamente, todo, absolutamente todo, se va acumulando en un pequeño recipiente que llamamos corazón.


A veces simplemente ya es demasiado. Glaciares derretidos por el calor del verano, la fragua incesante de quien trabaja noche y día, despierto y soñando, para sacar adelante algo que no se entiende, aquello que el eco encefálico trata de espantar, eso que el cuerpo no deja de querer. A veces el ruido del río es ensordecedor y da miedo siquiera volver a intentarlo.


Tal vez mañana sea más valiente, o tal vez pueda perdonarme eso que aún me genera duda, lo que me hiere dentro. Puede que un día las heridas cicatricen, decoradas en oro. Tal vez nos veamos las caras, cansadas de arrastrar tanto bagaje en la mochila, y descárguemos llos hombros al unísono. Puede que cuando eso pase ya sea demasiado tarde.

jueves, 9 de febrero de 2023

Cementerio General

De entre los blancos calcificados huesos a medio enterrar, olvidados por el pequeño can que estuvo arrastrando la carcasa de persona por algunos cientos de metros. El granuja, luego de tanto tramitar, decidió, cómo quien fuera al mercado, raptar el fémur izquierdo de nuestro exhumado y esqueleticamente escuálido amigo.


Parcialmente bajo el barro santiaguino, entre el cemento gastado del Cementerio General, se encontraba extraviado nuestro calcico saco de huesos, sin entender mucho que era lo que estaba pasando, que hacía ahí, al medio del pasillo del cementerio, con una pierna menos, y un agujero en el cráneo. Bueno, lo del golpe lo recuerda. 


Más bien que recordarlo, nuestro opaco conjunto de restos mortalmente heridos, tenía la sensación de que, poco a poco, el líquido negro que navegaba dentro de su cabeza se escurría, como si estuviese derramando la esencia de si mismo, mientras se dejaba estar en el suelo. 


Y bueno, nada. No lo quedo otra que levantarse. Con una pierna y ayuda de sus delgados, enclenques brazos, logró mantenerse parado y evitar que el negro siguiera desparramándose por las piedras del camino que cruza el cementerio. O eso creía el.


A poco se dio cuenta que, en realidad, el líquido oscuro no se estaba desparramando, sino que se estaba desbordando. Si, como lo oyen: Nuestro esquelético amigo estaba produciendo la viscosa sustancia, que goteaba desde su craneo al suelo, dejando una poza de lo que podría haber sido alquitrán. Tal vez lo era.


Mientras saltaba en un pie, haciendo de cuenta que caminaba, y sin saber mucho que hacer con esta especie de tinta, pensó en cómo emplearla para algún fin útil. A fin y al cabo, para eso son las cosas. Pensó en nutrir los ríos que morían de inanición, pero no sabía si la cura era peor que la enfermedad. Creyó buena idea el compartir a otros ahuesados colegas de esta extraña sustancia, pero tampoco tenía claro si estaría pasando por encima de la voluntad de esos inanimados sujetos. 


De tanto cranear, cayó en cuenta que, a medida que un pensamiento atravesaba su perforada cabeza, más líquido emanaba del mismo, como si el pensadero se hubiese convertido en un pozo de petróleo, una mina de oro negro ¿Pero que hacer con un dinero que no se puede gastar?


Nuestro querido huesitos miró al suelo, buscando respuestas de donde mismo salieron las dudas, y como una exclamación después de un susurro, una idea le vino al coladero que tenía por craneo: Al caminar, o mejor dicho saltar, ha dejado un rastro con la negra tinta que ha ido esparciendo, involuntariamente, por todo el lugar. Por fin tiene algo que hacer con el maldito líquido.


Bueno, la verdad, es que aún no se le ocurre nada muy útil en que usar la tinta, pero ahí está, escribiendo en el suelo todas sus ideas, gastando la tinta a medida que está brota del agujero en su cabeza. De vez en cuando el perro se acerca a dejarle el fémur a nuestro esquelético protagonista. Recibe al pequeño cachorro con un cariño enérgico bajo la barbilla y una cosquillas tras la oreja, toma el fémur y lo tira lejos. Sonríe para adentro. No siempre todo tiene que ser tan útil.

Balanza

Una maravilla lo que hacen las personas. Sin siquiera darme cuenta me vuelve una ansiedad aterradora, solo de pensar, y sobrepensar, los haberes del pudiesen, las locuras del hubiesen, los miedos del teniesen. Una maravilla lo que hacen las personas, terrorífico e increíble al mismo tiempo. Que fácil es impactar entre ceja y ceja, perforando sien, encéfalo y toda la materia gris, si es que a estas alturas alguna queda.


Y si, estamos más maduros también, no podemos actuar bajo impulsos del momento, arranques del corazón ni labios apresurados. A veces, sería más fácil que pudiésemos hacerlo. Cuantas ganas tuve, no sabría explicarlo. Pero finalmente no queda nada más que una cabeza tranquila ordenando el hilar extravagante de un corazón obsesionado con la tormenta, un sentir condicionado para hacer un truco cada vez que escucha un silencio. Una cabeza que parece inflarse de ideas, y desinflarse con recuerdos.


Y bueno, que entre toda la mercancía que arrastra la vida, en algún momento corresponde pesarla en la balanza. El pasado y el futuro a un lado, al otro el presente. Me sorprendí a mi mismo cuando ganó el presente. Todo esto de manera inconciente, espontánea, instantánea, irrefutablemente instintiva. Dicen que adentro de uno siguen las costumbres primitivas, las que nos llevan a decidir si pelear o huir. 


Contra todo pronóstico, o antecedente, e incluso contra una parte de mi que tal vez nunca se calle, decidí volver la espalda a esa incertidumbre tan conocida, y correr hacia la certeza proyectable, hacia lo que está, lo que es. Lo que, a fin de cuentas, de verdad quiero. 


El tiempo es sabio. Y un tremendo hijo de puta. Seguro que, si cuando el último grano de arena se suicide en el abismo del reloj, mi decisión no fue la correcta, o la que mi corazón quería, lo recordaré por siempre. En la próxima vida, y tal vez la siguiente. Por hoy me hayo tranquilo. Escribir todo esto cansa la cabeza, y me despeja la duda que durante un segundo tuve. El corazón, finalmente, es lo único que pesa.

martes, 7 de febrero de 2023

Algo sobre el Fuego

El fuego es una herramienta, un instrumento puesto a nuestro servicio desde primitivos tiempos. El fuego es la reacción química que se produce cuando la composición base de una sustancia combustible es alterada por un factor ignitor, un encendedor, que puede ser una chispa o una brasa. Algo así recuerdo de una antiquísima clase a la que debería haber puesto más atención. Podemos resumir en que el fuego es un efecto, una consecuencia, y para que ocurra se necesita un combustible, y que este sea alterado de manera tal que combustione. 

  

Así puestas las cosas, el fuego es de uso natural a estas alturas. No es más que un dato para la causa el comentar que uso fuego a diario, y considerándome medianamente letrado, no logro explicar de manera precisa la forma en la que se crea. Se que si una chispa alcanza gas metano se prende una llama, y que lo mismo ocurre si una mecha untada en alcohol es calentada con una lupa hasta una determinada temperatura. La cual no conozco. Pero se cómo funciona el fuego. En parte. 

  

De cierta manera, y al menos en lo que hasta este momento escribo, uno podría suponer que el fuego es algo que tengo dominado, cuyo uso se me hace común, corriente, cotidiano. Que por ende no debería tenerle miedo alguno. Que tal vez es solamente un instrumento sumiso que hace lo que yo le diga. Y podríamos decir que si, podríamos hablar que del fuego creado por , cuya combustión fue obra de este narrador, está bajo control.  

  

Pero el fuego es naturaleza, es arrebato, descontrol, movimiento, evolución. Existe desde antes que el hombre, y no seríamos lo que somos si lo fuera por que este se nos presentó a sí mismo. Nosotros le tuvimos (tenemos) un miedo de muerte, nuestro instinto es evadirlo, evitarlo, usarlo solo en la medida que sea necesario. Jamás jugar con el, y considerar a quienes lo hacen como locos, funambulistas, circenses, alterados o personas con trastornos pirómanos. Tenemos razones para hacerlo.  

  

La regla del treinta, treinta y treinta es clara. Treinta o más grados Celsius de calor, con vientos de más de treinta kilómetros por hora, junto a una humedad inferior al treinta por ciento, resulta en un incendio inminente. Caos desatado, un campo de guerra donde los soldados que nos protegen de perdernos en el inmolador abrazo del fuego, son los bomberos, seres preparados para ese momento, así como tantos otros, y sobre los cuales descansamos cuando lo peor ocurre. 

  

Cada verano nos acordamos de ellos, unos más que otros. Suelen devorar los titulares entre enero y febrero, mas se pierden en el silencio durante el resto del año. Ahora nos quejamos de las pocas herramientas con las que cuentan, que el presupuesto, que la desidia, que la negligencia estatal. Hago el mea culpa de pensar así, y al momento siguiente recordar todo el año, en el que no hice el más mínimo esfuerzo por dar un ápice de apoyo a esa honorable institución.  

  

Terminará el caos, eventualmente siempre lo hace. Contaremos techos, hectáreas y cuerpos. Se repartirán medallas, propondrán proyectos y comenzarán fundaciones. Lo mismo todos los años. Escribirlo no tengo la menor idea si tendrá algún efecto interno, si enserio cambiará algo en . Espero que el hacerlo me permita acordarme de dar el minúsculo grano de arena que puedo aportar para apagar este incendio. O al menos sentirme un hipócrita por no hacerlo. 

Antofagasta

El polvo colgado sobre colores opacos que escalan a lo alto de los cerros, observa desde kilómetros el oleaje intermitente de una marea azulada. El destino coloca a la gente en su cuna, la economía es quien los sume en el regazo estéril de lo inexorable.  

  

Bajo los techos de zinc, dentro de las paredes de madera prensada, vive una persona que alguna vez fue niño, joven y adulto. Aunque en realidad son varias, hay quienes rechazan la idea de diferenciarlos, como si fuesen seres creados en línea, formados bajo una doctrina inclemente, una envidia intrínseca, una enfermedad genética llamada pobreza. Estos hombres y mujeres nacidos en las laderas de Antofagasta, cerca de las ricas minas, lejos del mineral, hijos del ardiente sol de enero y la fría ventisca invernal, son quienes dan vida a las veredas, traen el color pastel a la costa, escondido bajo los rostros grises cansados, el polvo de la brecha económica estática.  

  

Agruparemos a este grupo etario únicamente por motivos narrativos en una sola persona, quien vivirá tierra, respirará industria y peleará contra la adversa realidad que afronta la quien tiene reducidos privilegios, economías familiares estrujadas, manos endurecidas por el duro laburo. Educación acotada, si es que alguna, informalidad laboral, trabajo infantil, niñes reducida, ocio disminuido. Es la historia de quienes viven en la ladera. 

  

Es una historia de la cual no puedo decir nada. La verdad de mi contexto no me permite siquiera rodear la complejidad de la vida de esta persona. Si me dignara a escribir algo, aunque sea por lo más sacro de la narrativa biográfica, demográfica, sociológicamente consciente, no sería nada más que una sátira, una pobre parodia de una realidad que no debe ser observada, no ha de ser idealizada. Todos tenemos obstáculos en nuestro camino, pero no seamos tan obtusos como para no reconocer que hay líneas de partida que quedan ciertamente más adelante que otras.   

  

Nada es imposible, y hoy por hoy, ni siquiera el cielo es el límite. Aun así, puta madre que debe ser difícil.

Los Caminos de la Vida

Como una broma de mal gusto, o una sátira de la realidad, a veces la vida presenta situaciones inverosímiles, aleatorias, causando monzones de emociones que empapan el alma de quienes llevan a cuesta una memoria abrumada. A veces no es la vida, sino uno mismo, el que permite que broten estas situaciones. Es que hay veces, y vaya que las hay, en que uno gatilla su propia ansiedad por no saber medir las consecuencias de sus actos. Tomar una piña como si fuera una manzana. 

 

Puede ser tras una cerveza o un helado, en una banca, una escalera o en un departamento escondido entre los verticales obeliscos que se codean con árboles y avenidas. A pie, en dos, cuatro y hasta ocho ruedas. De día y de noche. Si cae el sol engullido por su propio calor, si se alza una luna chismosa, llena de cahuín y murmullo. El silencio solo es de los muertos. A veces, ni siquiera. 

  

Tanto trabalenguas, tanto recuerdo antiguo, historias de ayeres, de meses, días y años. Detrás de tantos como están y cómo van, hay siempre un por que por detrás. Puede ser solo una sonrisa extraviada en un sur eterno, dentro de un lago o sobre un camino de tierra. Un silencio cómodo entre tanto ruido forzado. No cantaba ningún pájaro, y eso me llamó la atención. 

  

Al final, lo que queda es lo aprendido en el camino, la velocidad en que la vida transcurre en experiencias, más no en tiempo. Como si la inercia del pensar, del meditar sobre el ayer, fuese el único motor necesario para avanzar. La relatividad del tiempo, tan manoseada, se traduce en que en solo un instante podemos llegar a darnos cuenta de donde proviene una vida de mecanismos, artilugios, artificios. La mente es un lugar oscuro, enclaustrado. Pero una vez la llave gira un par de veces, la luz impregna todo y epifanías se elevan como si habláramos de mariposas. La vida es movimiento.