Existir ya es suficiente. Eso he escuchado por ahí. Entre tanta excusa para ser, perfeccionismo tardío, comparaciones odiosas. Culpa por estar sin producir, caldos de cabeza, masticar ansias, vivir una vida mediocre. ¿Mediocre según quién? Entre todo eso y más, alguien fue lo suficientemente audaz para insinuar que la mera existencia ya es mérito suficiente. La osadía. El descaro. La valentía de clavar la espada, apoyar la rodilla, agachar la cabeza y regalar la nuca ante la espada inmisericorde de esta sociedad del cansancio, donde todos somos verdugos.
El alivio que debe sentir aquel que halla suficiente la mera existencia. Aquel que florece en cada respiro, absorbe los momentos, aprecia los instantes, el silbido del viento, la caricia de una bruma. Ese que mira el sol a través de las hojas que visten las copas de los árboles, meciéndose con la brisa, caleidoscopicamente iridiscentes. Un regalo, eso son esas personas. Un balde de agua frío, un respiro dentro de la cueva. Cuando el palpitar frenético del corazón se acompasa con el percutir tranquilo, certero, seguro, de quien no necesita un por qué para existir. Que vida esa.
Y aquí estamos, pensando en cuándo será el día en que se me cruce una de estas estrellas fugaces, me quite las ansias, me abandone al relajo. Tal vez nunca ocurra, y puede que eso sea lo mejor. Tal vez el equilibrio está en olvidarnos de todo, abandonar el sentido, acobijarnos del absurdo y jugar una carta a la vez. Apostar a que existe el amor, y repartirlo. Recibirlo. Repetirlo. Decir cinco cosas que puedo ver, cuatro que puedo tocar, tres que puedo oír, dos que pueda oler, un sabor en la boca. La miel de un corazón seguro. Y tal vez si, así, existir ya es suficiente.
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