Hoy llovió. Gotas cayeron como si solo tuvieran hoy para hacerlo, como si mañana no existiera más. Se rajó lloviendo, las nubes abrieron sus entrañas y dejaron caer hasta la última garúa. Los ríos crecieron, los cerros cedieron, la gente corría, pero el agua lo era todo. El barro se deslizó sobre el cemento sin oposición alguna, llevándose consigo muros, autos, postes, luminarias y personas. Casas de inundaron, instalaciones sumergidas en lagunas color café, alimentados por palos, piedras y una especie de adobe caminante. No hubo muertos por suerte. Creo.
Las autoridades reaccionaron inmediatamente. La oposición puso un grito en el cielo preguntando hasta cuándo el gobierno se quedará de manos cruzadas. Luego se quejaron de que reaccionaron demasiado rápido, en comparación con otros casos similares, y que se estaría favoreciendo a la capital. La gente se queja porque si y porque no. Las municipalidades dijeron que lo habían hecho todo, y cuando se demostró lo contrario, las culpas fueron de alcaldes pasados. Un poco cliché.
Hoy volverá a llover, se supone. Me puse una chaqueta y saqué a pasear el paraguas. Hace un calor del infierno, pero dicen que hoy llueve. No veo ninguna nube, pero los meteorólogos tienen una IA que dice que hoy llueve. Y yo en la calle con mi paraguas, junto a decenas de paraguas acompañados de sus apoderados, que salen a la calle siempre un día tarde. Juego con el paraguas, lo cambio de mano, trato de parecer natural con este instrumento en la mano. Difícil empresa. Desde subir a la micro, hasta sacar el teléfono para pagar. Todo movimiento es un poco más torpe con este lastre encima.
Veo las noticias y claro, todo es caos. Reportes de que nunca había llovido tanto en tan poco. Casas devastadas, vías cerradas, pasos de nivel vueltos piscinas, autos sumergidos. Poco mea culpa sobre lo que vienen diciendo los ambientalistas desde el veinte veinte. Como si el calentamiento global solo hubiera sido un dato. Hace un año también llovió fuerte en octubre, y todos nos alarmamos. Las flores empezaron a despertar en agosto, y nadie dijo nada. En el verano hicieron casi cuarenta grados de calor, no había donde esconderse. Y aún así veo tanta sorpresa. No me sorprende.
Y parece que vamos a andar con el paraguas hasta diciembre, según lo que la IA le dice a los meteorólogos. Familias que perdieron todo, establecimientos destrozados, clínicas inundadas. Incertidumbre y una gota de terror por lo que viene. Y yo no sé si podré soportar andar acarreando el bulto todo el tiempo. Saltar pozas, no saber si llevar chaqueta o dejarla descansando. Nada de esto hubiera pasado si todos usáramos bombillas de papel, duchas de tres minutos y caminar al trabajo. Dicen.
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