miércoles, 15 de abril de 2020

C'est la Vie

Caminaba mirando hacia todos lados, los escaparates de Champs Elysee eran demasiado atractivos como para solo dejarlos estar allí, sin ser contemplados. Suena a lo lejos una interpretación de La vie en rose de Edith Piaf. Su abrigo largo color crema saludaba al viento mientras su bufanda carmesí hacía juego con su boina. Las calles de París eran el camino que ella recorría sin pedirle permiso a nadie, reflejo fiel de su independencia y enérgica actitud. Su seguro caminar se vio interrumpido por un vendaval que logró arrebatarle ella bufanda y dejarla a la merced del viento, que jugaba con ella mientras el accesorio caía directo al suelo. El trayecto se vio interrumpido por una mano veloz, que agarró la bufanda antes de que cayera al suelo. Así fue como conoció a Jean Baptiste.

Jean Baptiste le devolvió la bufanda y con una sonrisa oportuna le pregunto si quería acompañarlo a tomar un café. Ella no se haría de rogar, estaba en París, un alto y apuesto francés le estaba invitando un café al costado de los Champs Elysee, con vista al Arco del Triunfo. La vida a veces llega a ser tan amable. Él era oriundo de Montpellier, pero vivía en París hace ya varios años, había estudiado business en la Universidad de París, pero su verdadera pasión era el violín, que practicaba desde pequeño en un conservatorio, de cual huyó para desarrollar un estilo más callejero, un poco más noir, como decía el. Ahora tocaba en una pequeña orquesta local y disfrutaba los días trabajando en un mercado aledaño a la sala de ensayos.

De café y la conversación nació una invitación a ver una obra onírica interpretativa, una función donde un gran amigo de JB actuaría. Ella no tenía ningún plan más allá del vuelo a Praga que tenía programado para mañana al medio día, por lo que decidió acompañarlo. Llegaron a un pequeño teatro, oscuro y con mesas redondas donde gente con boina y cigarros contemplados presuntuosamente el actuar de quienes dejaban la vida sobre el escenario. JB aprovechaba cada silencio para colgar un comentario y servir un poco más de vino, nada muy elegante pero si acogedor. Ya en el último acto, aparece el amigo de JB, Antoine, y ella ve como posa su mirada en su mesa, sonríe levemente y ella logró captar que entre ambos nacía una leve complicidad.

Terminada la obra, luego de un extenso monólogo existencial contemplativo, JB la llevó tras bambalinas, donde le presentó a Antoine. El era menos delgado que JB, un poco más alto y tenía cara de simpático, de buena persona si se puede decir algo así. Acto seguido, él los invita a ambos a comer y tomar algo en un bar cerca, que resultaba ser del mismo dueño que el teatro y por eso le daban un gran servicio. JB se excusó inmediatamente, tenía ensayo temprano y debía afinar su técnica si quería llegar a ser primer violín. Luego de esto, las miradas se posaron en ella, quien solo pudo pensar en una sola frase: C’est la vie.

Caminó junto con Antoine hacia el bar que quedaba a breves pasos del teatro, y en el camino sintió como, delicadamente, él la tomó del brazo, de una manera tan cariñosa que ella no pudo sino ruborizarse. No lo había notado hasta entonces, pero él era bastante guapo, con su mandíbula marcada, el pelo negro rizado y ojos de un color que no terminaba de ser verde antes de volverse café. Al entrar al bar, todos, tanto clientes como quienes trabajaban allí, lo saludaron aireadamente, quien respondía con humildad y cierta vergüenza. Cruzó un par de palabras con un mozo y este los guió hacia la escalera, subieron todos y abrió una puerta de lo que era un salón privado. Armo una pequeña mesa en el balcón, sirvió un poco de vino y trajo algo de baguette para  comer mientras pensaban que comer. Antes de que el mozo se fuera, Antoine le pregunto a ella que quería comer. Ella lo pensó un segundo, miró por el balcón, y mientras observaba las luces De la Torre Eiffel, dijo que quería Ratatouille. La respuesta dibujó una sonrisa en el rostro de Antoine y el hizo el pedido en un francés que sólo logró hacer que ella olvidara donde estaba por un minuto, perdiéndose entre las palabras y sus labios.

La comida fue exquisita, el ratatouille estaba a las alturas de las expectativas y el vino lo acompañaba de gran manera. Antoine habló largo y tendido sobre la poesía, el teatro y como todo sucede por algo. De pronto un silencio se apoderó de la mesa y ella no pudo evitar volar por un segundo a través del cielo parisino, contemplando la imponente Torre Eiffel, el bellísimo Sacre Coeur, el increíble Montmartre, pero antes de darse cuenta, él había posado la mano sobre la suya, tímidamente. No sabiendo bien que pensar, lo miró fijamente a los ojos mientras observaba como toda la confianza, la pasión, el ímpetu se había transformado en algo frágil y vulnerable, tan delicado como la porcelana. La vie en rose empezó a sonar de fondo y antes de decirle a Antoine todo lo que ella había sentido, despierta de un sueño que rogaba no terminara nunca. París lo había hecho de nuevo. Trató de volver a dormir y soñar con esos profundos ojos de Antoine, pero no hubo caso. Ce sera la vie que l’amour vit.

sábado, 28 de marzo de 2020

Fugaz

Una sonrisa muy fugaz
El cantar de los cantares
El sonar de los cien mares
Probando si hoy soy capaz
De volar cuál ave rapaz
Una tonada en francés
Pone el mundo al revés
Cantando con el corazón
Y olvidando la razón
Yo no erraré esta vez

Esperando la sonata
Yo encontraré tus ojos
Ya no más intentos flojos
Mi corazón cuál fogata
Palpita una tocata
Ahora iré a buscar
Una canción para cantar
Un pedazo de la luna
Sin dejar pista alguna
A ver si la logro bajar

En la Banca

Él la esperaba en la banca de siempre y aunque fueron solo quince minutos, sintió como la vida le pasaba frente a los ojos, como cada momento de su pasado se había desenvuelto de manera tal que todo lo llevó a ese instante, a esa banca, ese parque, esa tarde con sol y un poco de brisa que mecía delicadamente los nidos que se acobijaban en lo alto de los árboles que descansaban al rededor de la alfombra de pasto, todo frente a sus ojos. Miraba el cielo y veía como las nubes corrían en el mismo sentido, lentamente, como si la única carrera fuera contra el tiempo y sus artificios. Trataba de quitar sus pensamientos de ese pozo donde solían quedarse a jugar, donde armaban problemas con un poco de aire, maquinaban dudas donde siempre habían certezas, metían el hilo de pensar dentro de un carrete y lo dejaban dando vueltas hasta el cansancio. Y eso a él lo asustaba. Lo asustaba por que se sentía diferente, incompleto, sentía que el resto de la gente podía ver, como si lo tuviera escrito en su frente, que todo el tiempo se sentía triste, que tenía miedo de hablar con alguien y darle cuerpo a su pena. Le aterrorizaba que sus amigos supieran y dejaran de querer estar con él. Él se sentía triste, y el sentirse triste lo hacía más triste todavía. Miró a su alrededor y cuando se aseguró que no había nadie a su alrededor, seco la humedad que se estaba alojando peligrosamente en sus ojos. Respiró hondo y se convenció que todo estaría bien.

Ya pasaron veinte minutos desde la hora que ambos habían acordado para juntarse, y él sabía que ella no vivía tan lejos como para que fuera un retraso que no significara nada. ¿Tal vez de arrepintió y le dio vergüenza reconocer que simplemente no quería juntarse con él? ¿Se habrá dado cuenta de que él tenía problemas que aún no sabía cómo manejar? Él pensó que podía ser, más de una vez le dijo que habían cosas que le daban pena, tal vez se mostró demasiado vulnerable. Todo el mundo dice que hay que mostrarse fuerte frente a las personas, inspirar confianza, infundir respeto, pero a él simplemente eso no le salía. Siempre se sintió pequeño, aún cuando quería volverse grande. Y él sabía que podía. Sus amigos lo tiraban para arriba, le decían que había cosas que hacía muy bien, habían días donde él casi creía lo que le decían, pero no podía evitar escuchar un eco de lástima en esos cumplidos, no podía dejar de escuchar esos rumores a su espalda, seguramente decían le decían eso para levantarle el animo, para que se sintiera bien, pero no lo pensaban de verdad. Seguro eran palabras vacías. Él quería pensar que no era así, pero no podía, y eso le daba pena, porque en una esquina de su cabeza sabía que todos esos cumplidos eran honestos, eran verdad, eran de corazón.

Estaba peleando consigo mismo cuando se dio cuenta que ella ya había llegado  hace un par de minutos y lo miraba, divertida. Se saludaron aceleradamente y a ella se le escapó una sonrisa burlona, solo porque él era un desastre. Su camisa desarreglada, por mucho que él intento mantenerla ajustada dentro del pantalón, se salió al momento de levantarse, tenía una manga más arremangada que la otra y su pelo estaba totalmente desordenado de tanto tomarse la cabeza. Ella no pudo aguantar la risa y la soltó en su rostro. Él no pudo levantar los ojos del suelo, al menos hasta que ella lo abrazó. Fue uno de esos abrazos honestos, largos, apretados, de esos que te levantan el alma por meses. Ella dijo un par de bromas cortas, sobre su pantalón, su camisa, su pelo. Él la vio a los ojos, sus mejillas alegres, su sonrisa honesta. Y sonrió, sonrió con tanta fuerza y durante tanto tiempo que sus mejillas se acalambraron. Se tomaron de la mano y caminaron por el parque, como si fuera suyo, como si nadie más viviera en la ciudad. Antes de poder decir cualquier cosa, él salto y la abrazo, pero esa vez lo hizo fuerte, lo hizo con pena, con alegría, con una sonrisa en su boca, lágrimas en sus ojos, el corazón en la garganta. Y lloró, lloró un poco, pero lloró al fin. Ella, sin entender bien que era lo que pasaba, también lloró, también sonrió y le hizo cariño en la espalda mientras reconfortaba todo su miedo. Él trató de decirle todo lo que la extraño este tiempo, pero las palabras no salían de su boca. Ella lo entendió todo, porque lo conocía tanto que podía escuchar cuando sus ojos pedían ayuda. El abrazo fue profundo y duro todo lo que tenía que durar.

La tarde se volvió noche y ambos caminaban, uno al lado del otro. Él trataba de ir al ritmo de ella, en silencio, ella trataba de seguir su tranco, contando todo lo que había hecho estos meses. Juntando todas las palabras que quería decir, logro articular que la echó mucho de menos, y que estaba muy feliz de verla de nuevo. Ella sonrió, le dijo que era un tonto, y que también estaba feliz por verlo. Ella lo conocía bien, sabía todo acerca de sus miedos, su tristeza, la pena que guardaba abrazada al alma, y lo quería mucho. Lo quería como un hermano, como un compañero del alma, más que a un amigo, pero nunca lo logró ver como un futuro novio, o algo por el estilo. Él tampoco a ella, al menos no lo sentía. Ella era su pilar, su sostén emocional, la que escuchaba sus penas, la que entendía sus inseguridades, la que compartía su inquietud existencial. Ella era su mejor amiga. Y así fueron caminando, dos mejores amigos, contando todo lo que habían echo estos meses de cuarentena, como cada uno casi asesina a su familia, los nuevos hobbies que aprendieron, las rutinas a las que se apegaron para mantener la cordura, las redes sociales que borraron para evitar volverse locos. Rieron y caminaron, libres al fin. Él se dio cuenta que cuando estaba con ella, no pensaba en sus miedos, en la tristeza, y eso lo hizo feliz. Ella le preguntó por qué sonreía, y él solo supo decir que era gracias a ella, y que era feliz. Era todo lo que ella, dueña de sus propios demonios, necesitaba escuchar.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Claroscuro

Hay palabras que, sin lugar a dudas, toman más peso de noche. Es como si las estrellas cargaran de sentimiento cada letra, cada silaba, como si los acentos se volvieran susurros que solo el silencio de la noche pudiese salvaguardar. No sé muy bien cómo explicarlo, es un sentir, un vibrar, un respirar la tranquilidad de lo inevitable, la oscuridad inexorable, la calidez de aquel inconmensurable sentimiento llamado soledad. La noche es el breve lapso de tiempo donde el piano resuena con un eco melancólico, preferido por sobre la guitarra frenética, sobre la enérgica batería. La noche es el momento justo para llorarse, hundirse en la nostalgia, ahogarse en un mar de sabanas hasta la apnea. La noche es el momento para morir un momento. La vigía nocturna es la prueba de que existe la inexistencia, la fugacidad de la carne, el cuestionamiento del estar, del esperar. La deconstrucción del presente, el derrumbe del futuro. Olvidar el pasado. La boca de un solitario lobo que nos acobija hasta la inconsciencia. El alma en mutis antes del alba.

Junto con el sol perecen las cavilaciones y solo por un instante la noche da la bienvenida al madrugar, al primero roció que se aloja sobre el verde tapiz que recubre el horizonte. El amanecer se conjuga por un momento con la remembranza de los sueños, arrebol de la imaginación, tonadas melifluas que se reflejan como burbujas detrás de una cabeza descansada, vagando a gusto entre oídos sordos, jugando a estar sin ser, al sentir sin ver. La luminiscencia propia del iris matutino que se alza entre montañas andinas deja atrás la temprana aurora que abrió sus puertas al cuerpo celeste que brinda vida, alegría y ligereza. Los remordimientos se hacen cenizas bajo el calor abrazador, solo para luego renacer como intención incandescente, motivación inmarcesible. Inercia propia del respirar humano, nocturnamente dudoso, ansioso, apenado. Y es que todos somos personas de día y personas de noche. La cálida soledad nos entrega el carisma y la empatía, la pena contrasta con la alegría, haciendo invaluable la vida como una dicotomía, la conversación de dos sentires. Dos almas que convergen en un cuerpo. Día y noche que comparte un giro sobre su propio eje. El ir para volver, como un niño jugando en el columpio de la vida, meciéndose sobre el polvo que más tarde llevará a casa alojado en la suela de sus zapatos.

Es el arrebato, el atardecer que nos irradia nostalgia, su belleza que nos sumerge en la contemplación de la realidad que a veces se siente tan distante, tan hermosa, tan etérea que parece como si fuera a desaparecer como el polen entre los dedos del viento. El telar tostado del sol, arrugado y crujiente como el otoño, la paleta de colores cobrizos que le regala vida a una ciudad hecha de vidrio, una selva urbana que solo busca reflejar la incomprensible maravilla natural que le rodea. Un ligero sonara emana de cuerdas sinceras que murmuran un acorde lidio sobre la brisa que se pasea entre los espejos de la gran metrópolis. Metálicas luciérnagas se iluminan al paso del pincel claroscuro que levanta las luces hasta el infinito y las cuelga del oscuro telar que cubre nuestras cabezas, una perla tintineante a la vez. Los fríos corazones se confiesan y las frágiles jaulas dejan escapar las bestias que de noche recorren el firmamento a sus anchas. Las pestañas se vuelven insostenibles y solo algunos sobreviven al sopor propio del diario vivir, con la meta única de disfrutar, una vez más, la calidez de aquel inexorable sentimiento que llamamos soledad.

martes, 24 de marzo de 2020

Un Poco de Nada

Yo
Trabajo
Y algo más
Una guitarra suspira un acorde
Y yo toco mi teclado
La silla
Cabeceando
Mi corazón
Saltando
Un francés que se agolpa en el paladar
Empalagoso
Hostigante
Refrescante
Bien francés
Un carrusel
Que da vueltas mirando la torre
Eiffel sonriendo en la tierra
La raíz que alcanza
Tu suelo
Mi cielo
Nuestro
De nadie

De Corazón, Te Pido

De corazón, te pido
Te pido que me escuches
Cuando no encuentre palabras
Te pido que me entiendas
Cuando no sepa que pensar
Te pido que no me olvides
Aunque me escape de tu pasado
Te pido que me esperes
Cuando solo veas mi espalda
Te pido que me mires
Aunque haya roto todos los espejos
Te pido que me sonrías
Cuando no pueda mirarte
Te pido que me empujes
Aunque esté cayendo al vacío
Te pido que me guíes
Cuando parezca que voy liderando
Te pido que me toques
Aunque me aparte de todo
Te pido que me tomes fuerte
Aunque parezca que no quiero
Te pido que me pidas
Todo lo que yo te pido

Confesando un Delito

No se como empezar a escribir lo que tengo en mente. La verdad es que es un tema que me fascina, pero es un pensamiento que tomé prestado de otro lado, otra persona. A quienes me leen, si alguno lo llegase a hacer con frecuencia, sabrán que roo sin vergüenza. Usurpo frases, ideas, sensaciones. Soy un abductor de palabras y conjunciones, un ladrón de conceptos. Recopilo aquello que el aire desprende, recojo las migajas que los transeúntes dejan a su paso y luego tomo todo para desparramarlo sobre mi libreta, lo dejo caer con azar, luego lo ordeno someramente y subo el contenido terminado, prácticamente sin revisión alguna. Siempre, inevitablemente, se me colará una falta de ortografía, lo digo como un dato tanto como advertencia. Supieran como es en realidad mi libreta.

¿A quienes les robo? A pesar de que me gustaría decirme un Robin Hood de la literatura, suelo echar mano a todo lo que esta a mi alcance, sin discriminar realmente el origen. Las palabras son palabras, serán palabras y quedarán como palabras por siempre: Conjunción de letras confabulándose de manera tal que logran transmitir algo. En mi caso, idealmente un sentimiento. Si recurro a mi memoria, donde esta debería ubicarse al menos, recuerdo haber tomado algunas frases sueltas de un concierto dado por Jorge Drexler, por allí a inicios del año 2019. En un mochileo, hace no mucho, un amigo contó un sueño que tuvo y me adueñe de los derechos para escribir sobre tan fantástico mundo onírico. Creo que soy capaz de remontarme al año 2015, a las influencias vocales de Ignacio Fornes Olmo, mejor conocido como Nach. Largos trayectos interurbanos colgando de su música híperurbanizada.

¿Me siento culpable de estos robos intelectuales, de estos desvergonzados hurtos literarios? La verdad es que no, ni un poco, ni siquiera los consideraría como un lejano zumbido en la noche más cálida del verano. Honestamente siento que le dan una cercanía a la realidad, es una huella que estampa la imagen de lo que me rodea, la circunstancia como escenario, el contexto como antecedente. La canción que suena justo en su momento, la nota precisa, el compas exacto. Lo propio no es mío, sino de todos. Los pájaros, con su trinar caleidoscópico, son oídos por todos, o al menos pueden serlo. La vida es una caja de chocolates.

jueves, 27 de febrero de 2020

Esperando a la Muerte

Tal cual como están leyendo, estoy sentado esperando a la maldita muerte. La mismísima muerte tiene veinte minutos de atraso y me tiene aburrido de esperarla. Está bien que sea domingo y que no sea día laborable ¿Pero enserio? ¿Hasta para la muerte? Les explico desde el principio mejor: Estaba yo, calmado en mi cama leyendo un libro de Agatha Christie, cuando una necesidad urgente de ir al baño invadió mi ser completo. Me levanté de la cama y me dirigí al baño, donde sin ningún problema hice mis necesidades, luego me lavé las manos y me disponía a volver a mi cama al tremendo panorama de sábado por la noche. Eran ya pasadas las doce a decir verdad, así que ya estamos hablando de un domingo cualquiera. La cuestión es que en el recorrido desde el baño a mi pieza tengo que pasar por el lado de unas escaleras que llevan al primer piso. Entra en escena Mateo, el tremendísimo hijo de puta de gato que tengo parasitando en mi casa. El muy mal nacido se me cruza, con las luces apagadas, tropiezo y caigo por las escaleras, rompiéndome el cuello y quedando ahí tirado, moribundo, inmóvil y viendo como el Mateo me miraba desde lo alto de la escalera. Simplemente dantesco. Ahora, creo que todos hemos visto alguna película, o leído algún libro, donde tratan la muerte como el paso a otra vida, o un proceso, ritual, recorrido que el protagonista realiza de manera solemne y reflexiva. Ni un carajo, de golpe sientes como que te desdoblas y ahí estas, viéndote con la cara toda pálida, el cuello hecho un nudo y preguntándote si no pudiste elegir un atuendo más estúpido para morir. ¿Lo peor de todo? Mateo si me puede ver, lo cual es prueba fehaciente de que los gatos son animales del infierno.

Supuse que no me quedaba más que esperar ahí a que llegara algo, la muerte, la parca, San Pedro, así que esperé. Me di cuenta que aun muerto y con el aspecto fantasmagórico que debo tener (traté de verme al espejo y vi como el reflejo de la puerta me atravesaba), aun puedo manipular objetos reales. Así, tal cual, estimados lectores, les esta escribiendo un fantasma desde el más allá, escuchando algo de Matt Elliot (¿Qué más ad hoc no?). Por supuesto que no solo intenté manipular objetos básicos como mi computadora o la radio, no señores, este fantasmita de aquí se dispuso a llamar a toda la vecindad, casa por casa, escuchando como la gente contestaba de manera irascible el teléfono, esperando poder decirles algo divertido, algún chiste de una línea ingenioso, pero al momento en que se me ocurrió algo, me di cuenta que mi voz no era mas que un aliento mudo que no generaba ni siquiera un eco entre este silencio de muerte. Bueno y en eso estuve los veinte minutos previos a ponerme a redactar lo que bien podría ser mi obra póstuma. ¿Tal vez la primera de varias? Todo depende de cuanto se demore este impuntual esperpento.

Acabo de darme cuenta que esta será mi primera entrada en un diario que no toco hace años. ¿Lo que tiene que pasar en la vida de uno para retomar viejos hábitos, no? Recién fui a prepararme algo para comer y, mientras Mateo observaba fascinado como el jamón volaba de la puerta del refrigerador hasta el pan que flotaba en mi invisible mano, me di cuenta que ni hambre tenía. ¡Incluso en la muerte como por aburrimiento! Mi psicólogo lo contraria divertidísimo. Ahora que lo pienso, tal vez lea esto una vez encuentren mi cuerpo. ¡Saludos Dr. Larraín! Dándole otra vuelta al asunto, tal vez piensen que me volví loco justo antes de morir y por eso escribí esto. ¿Debería seguir haciéndolo? No quiero quedar como loco en vida, o al menos más de lo que ya estaba. Además, ¿Cuánto se podrán demorar en encontrarme ahí, tieso como una mesa? Nadie viene muy seguido la verdad, mi madre me llama los sábados pero para eso queda una semana. Había quedado de almorzar con Rolando el lunes, pero ya le he cancelado tantas veces que tal vez asuma que si no le contesto es mi forma de decirle que este lunes no podrá ser. No se si habría ido en realidad. ¿Se han dado cuenta cuando organizan un evento de manera tan segura y motivada en un momento, solo para morir de flojera el día de la reunión en cuestión y terminar cancelando horas antes del asunto? ¿No? ¿Soy solo yo? Bueno, pues a mi me parece común, que quieren que les diga. Ciertamente que ya han pasado más de cuarenta minutos y no me ha llegado anuncio alguno de que venga la muerte. ¿Tal vez no se sabe mi numeración?

Llevo esperando una hora y media a que me vengan a buscar y me encuentro en este mismo instante buscando alguna pagina donde colocar un reclamo. Solo se me ocurre Trivago y sus malditos comerciales. ¿Me pregunto si los fantasmas también debemos cotizar por habitaciones baratas en hoteles de lujo? ¿O tal vez solo atravesamos la puerta como en las películas? No lo había pensado, pero tal vez la muerte venga a pie y por eso se demora tanto. ¿Tendré que caminar todo el tramo de vuelta? Pésimo servicio, definitivamente tres estrellas. ¡Uff! ¡Casi se me olvida borrar el historial de internet! Habría sido un terrible percance si alguien se hubiese metido a fisgonear por ahí. ¿Habrán paginas especiales para casos como el mío? Algo así como una deep web para fantasmas, o una red de apoyo psicológico para espectros abandonados. Google lo tiene todo. Prendí la tele y en History Channel hay un programa de caza fantasmas y exorcistas. ¿Creo que están compitiendo por quien logra liberar de fantasmas una casa en menos tiempo? Inventan cada cosa hoy en día. Televisión de calidad.

Ya, definitivamente la muerte se olvido de mi, y me aburrí de esperar. ¿Tal vez si le enderezo el cuello a mi cuerpo? Uff, ese crujir de huesos no sonó nada bien. Al menos se ve más digno ahora. No es que sea muy digno morir por tropezarte con tu gato, pero hay que conservar lo poco que se tiene. Intentaré acostarme sobre mi cuerpo, tal vez así logro volver a la vida o alguna barbaridad del estilo, muy hollywoodense. No, definitivamente no funciona, aunque debo decir que es bastante incomodo acostarse sobre el cuerpo propio, es casi como si pudiera sentir el frío. Ósea, lo sentiría si pudiera sentir algo en realidad, hasta ahora lo único que siento es aburrimiento. ¿Y si este es en infierno y el castigo es estar eternamente aburrido por el resto de mis fantasmagóricos días? Suena como a una barbaridad que dios haría, la verdad que si. Me asomé por la ventana para ver si venía algo, pero estaban todas las luces apagadas y no soy muy fanático de los lugares oscuros. Si, damas y caballeros, he aquí el primer fantasma que le teme a la oscuridad.

Ya revisé mi casa de arriba hacia abajo, habitación por habitación, y no encontré nada más que hacer ¡Hasta intente quitar las telarañas de debajo de mi cama! Definitivamente debería haberme preocupado más de limpiar este lugar. Mateo me acompaña a todos lados y no se si lo hace por culpa o curiosidad. Igual me apena un poco, no creo que fuera su intención matar a la única fuente de comida. Dicen que si un dueño muere y los gatos no tienen que más comer, empezarán a comerse a sus dueños, y me pregunto que parte de mi sería la que se coma primero. Igual intentaré aplazar la respuesta todo lo posible dándole lo que hay en el refrigerador antes de que se eche a perder, seria una lastima tirar esa comida a la basura. Increíble todo lo que se ha demorado la muerte, ya es de día y aun no tengo información alguna de que debo hacer para irme al más allá. Definitivamente me aburrí de esperar, cruzaré la puerta y veré que maravillas me depara esta fantasmagórica vida. Los dejo aquí, y si saben de algún vecino al que le tiran las patas, llaves de agua que gotean sin parar o teléfonos que vibran sin que les llegue notificación alguna, díganles que prometo solemnemente dejar de molestar a cambio de cerveza barata y unas papas fritas, nada muy refinado.

Versailles

            Nos sentamos los dos a la orilla de la entrada del metro, esperando que alguno tomara prestado el valor de ambos para poder hacer esa pregunta que nos perseguía hace días, desde hace kilómetros, muchos kilómetros. Al final tuviste que ser tú, por supuesto: De los dos solo tú podrías atreverte a dar semejante salto al vacío, ofrecerte como un sacrificio a favor de la certeza que solo era capaz de darnos esa pregunta que se nos hacia esquiva, más por miedo que por incertidumbre. Me lo dijiste tal como yo lo hubiera hecho, titubeando, rengueando, mirando desde abajo, a pesar de que estabas arriba mío. Siempre lo estuviste. Miraste al horizonte, borroso, inseguro, incierto, y con la inercia de quien se quita un ancla del pecho disparaste sin reparos, olvidando dudas y pidiendo honestidad. Eso es todo lo que podía darte. Me preguntaste que pensaba, que pasaba por mi cabeza, que opinaba de lo que estábamos viviendo. Se que no hiciste ninguna de esas preguntas, pero sentí como todas las dudas que pesaban en tu corazón se agolpaban en mis oídos mientras mi cabeza trataba de responderlas todas al unísono y poder dar una sola respuesta elocuente, elegante, ocurrente. ¿Lograrlo jamás fue una opción, no? Miré al suelo un segundo y traté de responder, pero el aire apresó mis pulmones y un aliento seco escapó de mis labios, mudo. Te miré tratando de encontrar un salvavidas, allí donde siempre encontré apoyo, donde espero siempre encontrarlo, y no me defraudaste. No lo hiciste nunca. Tus ojos, que siempre fueron mi debilidad, aflojaron todo en mi interior, entibiaron los témpanos y dejaron fluir palabras torpes, tambaleantes, pero honestas. Creo que lo sabes mejor que nadie, pero la honestidad nunca ha sido mi fuerte, a pesar de que contigo siempre logré ser transparente. Tienes ese efecto en la gente.

            Es difícil explicar lo que uno siente, en especial cuando se le mete tanta cabeza. Al corazón lo que es suyo y que la cabeza no joda. O eso me gustaría pensar. Respondí a tu tímida pregunta con un par de palabras asustadas, escondidas entre las rocas de la realidad, detrás de las mochilas que acompañaban nuestro improvisado escenario. Realmente lo pasé increíble los días que estuvimos juntos, y no me refería solo a los que habían pasado recién, sino a todos. Cada día contigo fue una aventura, un recorrido de autoconocimiento, de cultura, de aprender, de jugar, reír, burlarnos de la vida toda. No creo encontrar una persona como tu en ningún lado, ni hablar de lo que hablamos, soltar carcajadas al viento sin preocuparnos de apariencias ni sociedades opulentas. De cada tanto en tanto nos mirábamos y sentía como los dos pensábamos lo mismo: Esto no puede ser para siempre. Creo que siempre hubo algo, ese je ne sais quoi que se interponía entre nosotros. Reconozco toda la culpa acá, por ser testarudo, duro, por tratar de mirar a otro lado cuando eso me hacía ruido y tal vez podríamos haberlo sorteado si lo hubiera hablado contigo. No lo se, pero no puedo dejar de culparme por ello, no puedo dejar de pensar en que habría pasado. ¡C’est la vie y que todo siga! No soy así, y ambos lo sabemos. Le daré mil vueltas al asunto, pensaré quien sabe cuanto tiempo sobre ti, tu humor inocente y negro al mismo tiempo. Fuiste vida cuando era lo que más me faltaba. Belle Epoque.

            Conversamos un buen rato, compartiendo abrazos que se sentían tan cálidos, pero tan tristes, que solo de pensarlo siento que mi alma se retuerce de pena. Nos sentamos a comer algo en un café cercano, por que la verdad es que no comíamos nada desde hace horas, y ambos necesitábamos descansar un momento nuestros pensamientos. Hablamos un poco más y por un segundo todo pareció normal de nuevo, como si nunca hubiésemos abierto esa caja de pandora que se mantuvo cerrada hasta ese momento. Tomamos un taxi a tu casa y recuerdo haber tenido que subir y bajar mi mochila mil veces por que siempre olvidaba algo. Tu respuesta siempre fueron carcajadas y una sonrisa que me decía torpe con ternura. Llegamos y tus perros saltaron encima tuyo, no creo tener memoria de una escena más entrañable entre un amigo canino y su dueña. Nos miramos una ultima vez y nos despedimos, sabiendo que aun había mucho que decirnos, pero las palabras nos evitaban, las expresiones se escondían detrás de nuestros corazones y la verdad tendría que esperar un par de días. Eventualmente llegaron, y calaron tan hondo como esperaba que lo hicieran. Al final nos dijimos adiós, sabiendo que para los dos sonaría como un hasta luego. Al menos espero que así haya sido.

            Tal vez en un futuro nos encontremos en un rendezvous que jamás planeamos. Escucharé a lo lejos una carcajada producto de un podcast irreverente, o tal vez tu escuches unos audífonos reproduciendo a Sulfjan Stevens, o a 31 Minutos. Podría ser viendo las noticias, un reportaje sobre el movimiento ambientalista que está generando revuelo en el momento y encontrarme con que lo lideras tú. Cherchez la femme. Tal vez nos encontremos bailando, en una suerte de deja vu. Lo más probable, en todo caso, es que más temprano que tarde,  hablemos nuevamente, como gente civilizada, sobre temas irrelevantes, contemporaneidades o formalidades varias. Espero que si me vez aburrido, cansado de la rutina y la monotonía de nuestro rubro, me recuerdes la joie de vivre, me cuentes de tu vida y vayamos por un café, o demos una vuelta por alguna montaña, siempre que tu rodilla y mi estado físico lo permitan. Esperaré expectante a que te rías de mi pomposa escritura o decirme que algo que hago no es para nada propio de mí: Quiero decirte que en poco tiempo ganaste el derecho de poder decirme eso.

Espero que si alguna vez lees esto, sea una sonrisa lo que inunde tu alegre rostro, y perdones mi impertinencia por revelar lo que, al menos para mí, ha sido de las intimidades más grandes que he vivido. Merci pour tout.

Tres de la Mañana

Es tarde y hace frío. La soledad me abraza como el único abrigo que tengo, además de un tibio recuerdo de lo que era mirar a esa persona mientras se quedaba dormida en el asiendo del copiloto, acompañándome desde su inconsciente en una breve travesía al mar, a la arena, a la brisa, a la paz propia que produce aquel conjunto. Es demasiado tarde ya, y hace mucho, mucho frío. Las estrellas, instaladas en el firmamento, juegan a emparejarse y formar figuras, como burlándose de que mi única compañía fuera una luna que me miraba lastimeramente. Yo también la miro de la con estos ojos agarrotados de tanto buscar y noto que de ella escurre un delgado río que cae sobre mi cabeza.

Como una lagrima eterna, los pesares lunares recayeron en mis hombros fatigados, agotados por cargar con esa mochila que mi cabeza no deja ir. El ruido de la noche perdió la voz y las estrellas que iluminaban mi camino fueron escondiéndose tras los velos grises de algodón y agua. El río de lágrimas seguía cayendo sobre mi cabeza y ahora eran las nubes las que me acompañaban en el largo trecho que faltaba para llegar. Un aullido canino sonó agudo, lejano, y mi corazón respondió con un susurro. La luna se perdió entre los nubarrones grises, como avergonzada de su intensidad, su pasión, avergonzada de ser diferente a las estrellas. Me pregunto si se sentirá sola sin mi compañía, así como yo añoro tanto la suya.

Buscando un poco de calor, abrí mi pecho con el puñal que me atravesaba la espalda y de adentro solo salió humo, olor a trapos quemados, un destello apagado. Miré al cielo noctambulo y entre las cortinas grises pude ver a la luna escandalizada, llorando. No lloraba por estar sola, ni por tu ausencia, ni por la mía. Tampoco por el fuego entre mis costillas, la herida en mi espalda o la pesada mochila que llevo a todas partes. Las lágrimas que derramaba eran por no saberse brillante, por no poder bailar sola, por buscar las estrellas y añorar su fulgor, sin saber que ella es la luz más brillante, la dueña de la noche, única guía en la penumbra nocturna para quienes pernoctamos de día para vagar de noche. La luna lloraba por no quererse.

Tanta pena, tanto dolor, el verse a un lago espejado y aborrecer su reflejo, distorsionado por su propia concepción de la realidad, por su visión viciada. La entiendo tanto, como quien se rodea de sombras en búsqueda de alguna compañía, para terminar sintiéndome más sólo de lo que estaba antes. No hay peor soledad que la compartida, esa que te alieniza, te hace sentir un extranjero, un inadaptado. Camus tenía tanta, pero tanta razón. A veces, nos falta estar un poco más solos, apartarnos, respirar profundo y confiar en que estaremos bien, en que yo estaré bien y no necesito a nadie para estarlo. Tal vez la luna no puede vivir con la soledad y no soporta que las nubes la separen de la tierra que ella tanto añora. O tal vez ella llora por que entiende que, tarde o temprano, ella será su única compañía. ¿Por qué más podría llorar la luna?

Manantial Azul

Abrí mi pecho
Y salió humo
Dolor negro
Un corazón deshecho
Trama y desenlace
En una frase
Carbón y leña
Combustible, combustible.

Haría rimas
De mis palabras
Compungidas
¿Pero para quién?
¿Para mí?
No me importa
¿Para ti?
Ya no existes

Canciones tristes
Eco de la voz
Que resuena
En mi cabeza
¿Belleza?
No lo creo
¿Horizonte?
No lo veo

El río
Que nace
En mi ojo
Derecho
Apaga
El incendio
De mi corazón
Agarrotado
Cansado
De palpitar
Sin más razones
Que para vivir

Si la vida
Fuera solo una
Quisiera por siempre
Dormir

Casi Coherente

Camino coaccionado por la convicción de quien conoce las cosas cuestionándose creencias y conocimientos que, considerando causa y consecuencias, son conocidos como correctos, aunque confusos, casi capciosos, criticando la correcta concepción con que, quien quiere creerse creador de corrientes culturales, conceptualiza, cuidando las características que conforman el cuerpo y corteza, cuestiones cabalmente comprendidas cuidando el concepto completo, ya sea carente de corazón o carisma, coronando con crueldad el confesar cosas creadas como camino para convencer y corromper el carácter que caracteriza a quienes creen cualquier calumnia. Concluyendo, creo comprender que cosas consideradas como conceptos correctos, cualquier conocedor cualificado es capaz de caracterizar como corroborados considerando confusiones y cuestiones confabulativas. Creo que, complicado y confundido, caí en una conversación innecesaria, casi coherente.

martes, 18 de febrero de 2020

Juguemos un Poco

Crecer no es problema, sino olvidar. No me refiero a olvidar nombres o letras de canciones. Importante no me parece ya recordar las palabras de un poema o las alineaciones de tal equipo de futbol el año en que rompieron quien sabe que record. No, me refiero a olvidar sentir, y no solo eso, a manifestarlo de manera descontrolada, irreverente, honesta hasta la torpeza. Decir te quiero a tus padres, gritarlo en un salón lleno de gente sin sentir vergüenza alguna. Hacer de lo superfluo, esencial solo con el ímpetu vigoroso de la inocencia indiscriminada. Correr por los pasillos conversando con gente nueva, maravillarse con la diversidad. Que lo diferente sea novedoso y no extraño.

¿Qué es lo que mueve los sentimientos? Desde el compartimiento ubicado en el pecho, hasta salir de nuestros labios como una verdad imperecedera, las emociones son solo la abstracción de los pensamientos enmarañados, tratando de ser desenredados e hilados en un telar para darse a entender al mundo. O tal vez solo para entenderlos uno mismo. A veces me da la impresión que el olvido solo es un colador de lo esencial al momento exacto, priorizando a medida que uno avanza en la vida, dejando de lado la inocencia por la ambición, la curiosidad por la precaución, la libertad por la seguridad. Luego de unos pocos años, aun no siento que valga la pena el cambio.

Y me pregunto como volver a los antiguos valores infantiles que tanta alegría nos dieron. Para mi, la verdad, no son tantos años ¿Pero para mis padres? ¿Y sus padres? ¿La fuerza de la costumbre se puede olvidar a un costado de la acera como una colilla de cigarro? Tal vez nos hace falta paciencia, sentarnos en un parque y olvidarnos un rato de la sociedad, subirnos a un columpio, bajar por un resbalín, caminar bajo la lluvia, tomar un helado y terminar con un bigote sabor chocolate. Juguemos a ser niños hasta que se nos olvide que estamos jugando, pero tampoco olvidemos que hoy nos toca ser adultos. Seamos responsables, pero comprensivos, serios y divertidos, decididos y tiernos. No dejemos que el reloj nos consuma, pero tampoco nos perdamos en una caja de arena.

Desde Hornopirén

El movimiento inserto en la costumbre misma del viajero se vuelve inerte en el reposo calmo, en la fugaz pausa, el momento exacto. El saco donde descansan los pesares diurnos se transforman en sueños y la vida pasa por un instante que siempre parece demasiado corto. Relatos afloran junto el alba con olor a café, a te, a tostadas y mate. Raciones de marcha se ajustan al cinto y el peso del viaje, cada vez más liviano, se posa entre la nuca y la espalda para ser cargada hasta el próximo remanso. La brisa se roba mi gorra y una gaviota dirige el rumbo hacia la costa. Carreteras y transbordadores.

El cansancio que antes parecía general, ahora solo es estela del hambre que habita en los corazones, la curiosidad en las sonrisas, el horizonte en las miradas. Las pupilas como brújulas apuntando hacia adelante, al sur eterno y desconocido, misterioso e indómito. El calor tibio contrasta con la fría brisa que nos acompaña mientras atravesamos el mar abierto, intentando mantener la costa a la vista con los ojos entrecerrados tras celdas de largas pestañas. La vibración, propia de una embarcación ronrroneante, relaja los músculos hasta el nirvana, calmando el tiempo y dándole una merecida pausa a una planificación que se desarrolla sobre la marcha. De aquí en adelante nadie tiene muy claro donde vamos.

Para llegar rápido, viaja solo, liviano, a paso veloz y certero; pero para llegar lejos se precisa compañía amena, conversaciones largas, palabras honestas y un animo contagioso. Cuando los tobillos se hacen sentir, el agua escasea, la ruta se difumina y los minutos se hacen eternos, son las carcajadas, los relatos, las preguntas aparentemente estúpidas las que nos rescatan de los problemas pasajeros, propios de estas instancias donde la comodidad de la sociedad de concreto es removida de manera voluntaria.

El sonido de las aves marcando los compases, el murmullo del rio contrastado con la brisa y los brazos de los arboles meciéndose al son del éxtasis sureños. Una armonía frenética y suave, calma y descontrolada. Paradoja compleja que levanta hacia el cielo la mirada, mientras los pies reposan sus huellas sobre piedras y raíces. Caminos encumbrados llevan a paseos apacibles entre lluvia diurna, viento vespertino. El dormir se lleva los pesares y una vez el calendario se da cuenta, todo vuelve a su lugar de origen. Lo que sube baja, lo que se va, vuelve. Los corazones que un día partieron, hoy son un poco más grandes, más hambrientos, llenos de pequeños recuerdos del sur. Así, lo que comenzó por azar, termina por destino, tras un carrusel de experiencias y paisajes. La mochila se volverá a cerrar, con la certeza de ver la luz algún día. Más pronto que tarde, espero.

A Veces Escribo

A veces tomo el teléfono, me instalo en una nota en blanco y me pongo a pensar en que escribir. No es que alguien me lo hubiera pedido o si lo necesitara para algo. Ojalá nunca tener que necesitar escribir algo que me apasiona a la fuerza, porque no sería capaz de re leer ese trabajo bastardo. No, a veces solo me instalo en notas porque se me ocurre hacerlo, no por que tenga una idea o sienta que no he escrito hace mucho. No funciono así, la verdad. Hay días que escribo dos o tres cuentos, incluso más, y otras épocas en las que no escribo nada por meses. No se lo atribuiría a la inspiración ni a nada, solo a las coincidencias de la vida, de encontrarme frente a una nota en el momento de querer escribir algo. La verdad es que la mayoría de las veces me encuentro una idea para un cuento interesante, y se me olvida antes de que se me ocurra anotarlo. Cabeza de pollo dirán algunos. Otras veces alcanzo a anotarlo y lo dejo como un proyecto a futuro, ya sea por que no me siento con ganas de escribir o por qué no tengo tiempo. Ahí está otra cosa: soy tremendamente disperso y me cuesta retomar una idea cuando esta ya ha reposado, necesito ese envión inicial.

A veces ni siquiera se lo que escribo. ¿Será un poema? ¿Una décima? ¿Estilo libre? Tal vez escriba un cuento como corresponde, esos que tienen principio y final, o tal vez solo de vueltas sobre el papel hasta que encuentre que hable demasiado y lea todo una vez, para saber si tiene algún sentido o son solo divagaciones difuminadas por ideas que se enredan como audífonos en un bolsillo. Y si en el mismo bolsillo también hay unas llaves, dalo todo por perdido. No, a veces solo escribo y confío que las palabras me llevarán a algún lugar, que a la larga harán sentido. Se van armando como peldaños en una escalera y yo solo recorro el tramo, subiendo y bajando, zigzagueando erráticamente en un estilo que me gustaría decir propio, pero que probablemente alguien ya se lo adueño hace años. Me gusta pensar que a veces cuando escribo, hablo de tanta estupidez sin sentido que los que me leen, que hasta ahora no se si son muchos o pocos, se dan cuenta que cualquiera puede hilar dos palabras de una forma tal que hagan sentido, y decidan contar sus experiencias, una historia que se les ocurrió, un sueño loco, una anécdota divertida, un pesar doloroso o un recuerdo importante. Por favor escriban, escríbanlo todo, hasta que las palabras se cansen de ser conjugadas, manipuladas, entremezcladas. Hasta que las letras se aburran de tomarse de la mano para darle sentido al imaginario privado del departamento que cada uno de nosotros tiene entre ceja y ceja.

A veces escribo por que necesito sacar algo de mi pecho, aunque no sepa bien que es. Hoy fue así, puesto que sentía una congoja que no podía ahuyentar con nada, ninguno de mis trucos funcionaba. Lo intenté con mate y solo se me apuró la cuchara, me comí un pan con huevo y me sentí gordo. Hice unas flexiones y me sentí  tonto. Leí un rato un libro sobre reflexiones de vida, y se me ocurrió que en verdad nadie sabe nada de nada. Salí con mi mamá y eso me levantó el animo un poco. Aunque aún sentía el pesar en el pecho. Me dispuse a manejar y armé una lista de música perfecta para perder la voz cantando y gritando, y si bien eso me hizo sentir feliz, el peso no se fue. Vi los últimos capítulos de una serie increíble, y el peso que antes sólo molestaba pasó a ser un agujero que perforaba mi pecho. Me acosté en mi cama, ya medio rendido frente a la situación, cuando mi perrita se me abalanza encima y se encarama a mi costado, con todo el calor que hace hoy en día. Eso me levantó la cabeza y decidí escribir. Y aquí estoy, escribiendo.

Esto También Va a Pasar

Alguna veces me detengo a pensar y por un momento cruza mi cabeza el deseo de que mi vida fuera como una película. Ya saben, trama predecible, un conflicto a la mitad y que todo resultara bien al final. Me gustaría poder escuchar la música de esta película y así darme cuenta cuando son los momentos alegres, esos que hacen que el corazón del espectador se entibie, se apriete un momento, para luego soltar toda la emoción en un resoplido de alivio, una carcajada en conjunto conmigo, el protagoniza de esta película. Imaginen, aunque sea por un segundo, el poder reconocer esos instantes que en el futuro atesorarán por siempre, esos abrazos apretados de un abuelo que ya no vimos más, cantar una canción junto con amigos, como si el mañana no fuera nada más que una hipótesis, una teoría, donde el ahora se esconde entre risas estrepitosas que dan paso a cómplices miradas, un nuevo acorde y gargantas castigadas por tanto grito desentonado. Un sorbo de mate mientras manejo despreocupado, escuchando una canción en inglés que intento cantar, sin importarme si me se bien la letra o si solo hablo en un idioma que nadie más que yo entenderá jamás. Espero que algún día alguien más lo haga.

Me gustaría también saber cuando la música apunta al suspenso, al peligro, al inminente golpe que se aproxima trepidante. ¿Por qué? No lo se en realidad. No es como que pueda evitarlo ¿O si? Tal vez solo para poder prepararme, afirmar la cabeza y evitar caer a la lona con cada embate del destino. Cuando me lesione en la mejor temporada de mi vida, cuando reprobé mi primer examen. Cuando murió mi perro. Si tan solo me hubiesen avisado que esa sería su última noche, no me habría despegado de su lado. Si me hubieran avisado que esa relación que tanto trabajé por qué funcionara dejaría secuelas, tal vez habría tenido más cuidado, no me habría abierto tanto.

Tal vez de eso se trata todo esto. De aprender al paso que la vida es impredecible y que la tómbola nunca deja de girar. A veces tienes suerte y sacas un papelito que te deja ahí, perdido en un lugar del sur, escuchando la brisa planear sobre un lago cristalino. Otras veces toca avanzar a punta y codo entre la mierda, te peleas con tus padres y dices cosas que no te gustan. A veces una lágrima se aloja en tu cuenca y no tienes claro que es lo que te perforo el corazón esta vez, y te gustaría escuchar la canción de la película para saber si vas a salir de esta. El secreto está en que siempre se sale. No recuerdo quien fue el hijo de puta que me dijo esta frase, pero la atesoro como el único salvavidas en un momento complicado de mi vida: La mierda siempre sale a flote. A veces tendremos días que pensamos que todo se viene abajo, los pilares derrumbados y todo parece ruinas de lo que alguna vez fue una vida hecha y derecha. Otros días vamos a despertar y el sol va a entibiar el rostro con un calor único, esperanzador. Tu tranquilo que todo pasa.

Ode to Joy

She was cute as a flower
And dangerous like love
Nobody never owned her
Not even herself

Between a loving life
Full of certainty
Or the chaos of
Loneliness
She always seeked
The independent silence
The only drop of the rain
To fall out of the pond

Walked the road
Like she own it
Because she did
Or that’s what she felt
And what’s more important?
Knowing the truth
Even if you don’t accept it
Or just making it up

She had a fine mind
Enough to talk alone
And that’s everything
She ever needed

To be honest,
I really don’t know her
It was just a glance
A pickpocketing one
The way she looked
How she didn’t
The life we spend together
Never felt like one
The bench where we seated
To be alone together
Seems much more lonely now
While I’m remembering it

And thats all she ever was
Just a flipping coin
Where both sides
Told everybody to fuck off

I remember her fondly
Even if she don’t know me
Or who I am,
Or who I was, at all
But she was cute as a flower
And dangerous like love
Nobody never owned her
Not even herself

Momentos de Calma

Un cielo nublado que se siente demasiado cómodo como para querer quitarle la mirada de encima, un viento leve que levanta los pensamientos y los alza al vuelo como cometas que se olvidan del presente, del tiempo, del ser. El cálido abrazo del sol que se cola entre la resolana para entibiar la piel y los sentimientos que conserva, resguardados de las inclemencias del tiempo. El canto efímero de aves escondidas en las copas de árboles que se mecen suavemente al ritmo de notas agudas, trinares perennes. A lo lejos, un horizonte cómodo, contorno de montañas inexploradas, difuminadas por la distancia y el desenfoque, nos recuerda que la vida no solo se vive hoy, que hay algo más allá del sol, más allá del mar, más allá de ese cielo transparente. Algo reside en todos nosotros de manera inexcusable, y solo un número ínfimo de personas serán los que alcancen a conocer los recónditos pasajes de la realidad misma del existir propio. Tal vez nunca me pase a mi, y eso está bien también.

Un amigo en la adversidad, un can en la soledad, un roble en el desierto, un libro, un concierto. Una canción delicada, dedicada, un poema recitado con el sentimiento en la garganta. Una película que nos hace vibrar, que nos apela a pensar, sentir, llorar, gritar, vivir. Vivir. Un puzzle que sea un desafío y nos obligue a crecer, un acertijo que arranque una carcajada de las fauces de la complejidad. El amargo sabor de un mate compartido con un amigo del alma y una conversación pasajera. La arena atrapando los dedos al paso, el ruido del mar, de las gaviotas. El olor a pasto mojado, el disfrutar un deporte bajo la lluvia, el crujir de las hojas quemadas por el otoño. Los colores de la primavera, el olor a café en invierno. El sonido del roce de las hojas a medida que devoramos el contenido de un libro superfluo, dinámico, profundo, reflexivo. El peso de una frazada sobre la piel de gallina. La lengua de un perro recorriendo el perfil del rostro, el ronroneo de un gato al sostenerlo entre los brazos.

Paz y pertenencia son dos sentimientos que nos agolpan el pecho de vez en cuando para subir la escalera hasta llegar al tejado, sonrojar las mejillas, dibujar una sonrisa satisfecha y cerrar las cortinas por un instante, entregarnos al momento, al estar sin ser, al existir por qué si. Solo un momento de calma en un mar de tribulaciones puede devolver el color pastel al apagado monocromático de lo cotidiano. Tal vez nos olvidamos que la felicidad no está en ningún lado del todo, sino que un poco en cada lado.